martes, 12 de octubre de 2010

MONDA Y LA RESERVA DE LA BIOSFERA SIERRA DE LAS NIEVES

Buenas tardes a todos, especialmente a Joni del “Mornal”, a quién va dedicada esta entrada, gran amante de esta tierra.

Aunque este blog trate sobre aspectos relativos a nuestro municipio, tenemos que tener en cuenta que éste se engloba, se circunscribe, en un espacio geográfico mucho más amplio y diverso. En tal sentido Monda se encuentra encuadrada en la Reserva de la Biosfera  de la Sierra de las Nieves, que se compone en total por  11 municipios, el nuestro más Istán, Ojén, Guaro, Tolox, Alozaina, Casarabonela, Yunquera, El Burgo, parte de Ronda y Parauta. Todas estas localidades se encuentran en el entorno del Parque Natural de la Sierra de las Nieves pero no todos participan territorialmente en él, ya que es un espacio de menor tamaño incluido en la Reserva de la Biosfera que por sus altísimos valores ambientales ha necesitado de una normativa específica de protección y gestión.

 
Plano de la Reserva de la Biosfera Sierra de las Nieves. En verde azulado se señala lo que es la delimitación comarcal, que tiene un carácter más administrativo.


Límites del Parque Natural, mucho más pequeño que la Reserva e incluido dentro de ella.

 Las Reservas de las Biosfera (catalogación otorgada por un órgano de dimensión internacional como es la UNESCO) son lugares donde Hombre y Naturaleza han convivido –y siguen conviviendo- durante milenios, donde el ser humano ha dibujado, ha modelado, unos paisajes a lo largo de la historia dejando su huella a través de antiguos asentamientos, de viejas explotaciones agrarias, de una arquitectura popular y tradicional específica,…y unas expresiones culturales muy diversas: religiosas como romerías, lúdico-festivas como las ferias y otras nuevas que esta nueva sociedad, como viva que está, va creando. Al mimo tiempo las Reservas de la Biosfera son espacios de alto valor ecológico, ambiental y natural donde existe una gran biodiversidad, pudiendo contarse también con especies endémicas. En definitiva, es un espacio de convivencia e interacción entre el ser humano y su medio ambiente, donde la voz cantante la tiene, evidentemente, el primero. Es importante saber que no se conforman como una realidad administrativa sino que su delimitación puede abarcar diferentes términos municipales de diferentes comarcas.

 
Man and Biosphere, Hombre y Biosfera. Anagrama de la iniciativa sobre Reservas de la Biosfera que integra un arco iris y una cruz egipcia, un Ank, símbolo de regeneración eterna.

Nuestra Reserva se encuentra en la zona occidental de Málaga, en un entorno muy montañoso integrado en las Sierras Béticas (arco montañoso que va desde Gibraltar hasta las estribaciones de Alicante, aproximadamente). 

El relieve andaluz es de gran complejidad y diversidad. Obsérvese este aspecto en nuestra provincia.

La diversa composición geológica de este vivo espacio ha dado lugar a diversos paisajes:

Las sierras blancas, más altas y conformadas por rocas calizas, lo que da lugar a la existencia de muchas cuevas y a que estas montañas sean unas grandes reservas de agua (de ellas nacen el Río Verde, Río Grande o el Río Turón), habiendo tenido tradicionalmente usos ganaderos y silvícolas aunque, todavía en algunas zonas más próximas a cauces fluviales y veredas, podemos ver tímidamente los restos de antiguos bancales –ya casi devorados por la naturaleza- que antaño albergaron plantaciones de vides con las que se elaboraba grandes cantidades de pasas que se embarcaban y se vendían en diferentes mercados del norte de Europa. Por otra parte Cueva Santa en Canucha y la sima de Camino Alto en ese mismo paraje, son dos espacios cavernosos que se dan en nuestro término, en relación a esa naturaleza caliza de la geología de esos dos espacios. Hay que indicar que los famosos pinsapos tienen en las sierras blancas su mayor área de expansión, estando situados casi todos en la denominada Sierra de la Nieve, entre Yunquera, Tolox, Ronda y Parauta (aunque en la cara norte de Canucha existen unos pocos y solitarios pinsapos). Este árbol, perteneciente a la familia de los abetos, es una especie muy apreciada y protegida ya que data de la época glaciar, donde hacía muchísimo frío, y ha sabido adaptarse a lo largo de los milenios a un clima mucho más cálido como es el actual.


Foto aérea de Sierra Blanca, donde se encuentra Canucha, zona que, merced a su composición geológica, su entorno es explotado para la extracción de áridos.


 
Vistas desde  un entorno geológico calizo como es el Torrecilla. Una de las mejores panorámicas que se pueden disfrutar en Málaga.

 Las sierras bermejas, cuyo aspecto rojizo se debe al origen de las rocas que las componen, de naturaleza ígnea (que proceden del interior de la tierra y en su momento ascendieron a muy altas temperaturas en forma de una masa de piedra fundida), muy ricas en metales que al contacto con el aire, se oxidan y adquieren esa tez rojiza. Aunque la ganadería y la silvicultura han tenido también una gran importancia en este tipo de sierras, desde antiguo se ha explotado la minería relacionada con el hierro, principalmente, destacando las famosas minas de Ojén. También en la sierra de Alpujata había algunas pequeñas explotaciones de hierro hace más de cien años que quedaron abandonadas por su baja rentabilidad.


Sierra Real, en Istán, claro ejemplo de formación geológica ígnea.


En último lugar se encuentran las denominadas sierras pardas, las más bajas y con relieves mucho más suaves y alomados, de sustrato arcilloso, que se han dedicado preferentemente a la agricultura, predominando el secano (olivo –sobretodo- y almendro) pero surgiendo el regadío en los espacios en los que mana agua o existe algún cauce fluvial. La mayoría de estas tierras se encuentran volcadas hacia el vecino y rico Valle del Guadalhorce, donde van a morir una gran parte de nuestros ríos y arroyos. Estas tierras, dada su fertilidad y riqueza, han conocido la mano del hombre desde la Prehistoria y son numerosos los vestigios arqueológicos que por esta área se encuentran (dólmenes, restos de talleres donde se tallaba la piedra, asentamientos, restos de hábitat en cuevas, molinos de mano,…) relacionados con la explotación del territorio, al igual que vestigios más recientes y otros más modernos, como los molinos tradicionales y las almazaras actuales.




Al fondo una sierra caliza, en el medio una sierra bermeja, sobre el municipio de Tolox y, en primer plano, unos espacios pardos orientados al cultivo.

En estos tres espacios el hombre, “surfeando” en las olas del tiempo, ha desarrollado los diversos oficios y actividades tradicionales que han llegado hasta casi nuestros días, contribuyendo a crear y transformar los diferentes paisajes de forma imparable hasta hoy, en que también los transforma y los seguirá transformando en el futuro. Las cuevas de los entornos calizos siempre fueron ocupadas por personas desde muy antiguo, por los primeros habitantes de la Sierra, en algunas de las cuales han quedado sus huellas plasmadas en forma de pinturas rupestres o donde aparecen restos de vasijas y otros utensilios. Pero también han sido ocupadas por los bandidos y bandoleros que encontraban en ellas un refugio y por los guerrilleros echados al monte tras la Guerra Civil, los maquis, que huían del orden establecido, así como cabreros que encontraban un refugio los días más aciagos.




Cueva de las Vacas o del Tajo de Jorox, en Alozaina.


También encontramos que durante la Revolución Neolítica, hace miles de años, el hombre comenzó a modificar estas tierras al convertirse en productor, en agricultor, restándole superficie al bosque originario y cultivando productos como el cereal a la vez que comenzaba transformar el medio ambiente al igual que construían los primeros asentamientos y los primeros cementerios, que eran tumbas colectivas, los llamados dólmenes. Otra importante actividad que se potencia en este momento –y que es muy anterior- es la ganadería, que contribuye a modelar el paisaje. 


Dolmen del Tesorillo de la Llaná, Alozaina.


Con la llegada de los comerciantes orientales (fenicios y griegos) llegan otros cultivos que la población indígena incorpora al territorio, como los almendros, las vides y el olivo que, poco a poco van tomando más superficie, más terreno, de lo que es hoy la Reserva de la Biosfera. A ello hay que unirle innovaciones tecnológicas como la rueda y el hierro que, en forma de arado, contribuía a conquistar más superficie para la siembra.


Cerámica griega que muestra la recogida de aceitunas.


Después de miles de años la cosa no ha cambiado tanto.


Pero con los romanos se experimenta un cambio mucho mayor ya que fomentan una agricultura de exportación fundamentada en la trilogía mediterránea: el trigo, la vid y el olivo. Grandes espacios son roturados, preferentemente en zonas llanas, en vegas fértiles, para albergar estas especies, con lo que se contribuye a alterar y diversificar el paisaje. El bosque mediterráneo retrocede y el paisaje se va poblando de villas rurales, construcciones muy parecidas a nuestros cortijos tradicionales, desde donde se organiza la explotación del territorio y se transforman los productos agrícolas para, mediante numerosas calzadas y caminos, eran llevados al puerto de Málaga y transportados a numerosos puntos del Imperio.


 
Interior de una villa rural romana.

 
Una villa romana en su contexto espacial. Obsérvese como el paisaje que la rodea está debidamente organizado en parcelas con diferentes cultivos.



Los musulmanes contribuirán también a esta pluralidad de espacios que tenemos hoy en la Reserva ya que fomentan sobremanera el regadío, creando los paisajes de huertas asociados a arroyos y ríos, con sus acequias y bancales, amén de nuevos productos para el cultivo. El agua de los cauces fluviales es desviada y empleada en otros menesteres, como el alimentar los molinos o batanes, afectando a los mencionados cauces que ven mermadas sus aguas. Los andalusíes poseen también una agricultura de exportación basada principalmente en los frutos secos, como higos, almendras y muy especialmente pasas. Para ganar espacio para el cultivo de la vid (de la que se extrae la pasa) se abancalan laderas enteras, haciendo retroceder más el bosque y haciendo subir los cultivos más arriba, dejándonos esos paisajes de laderas escalonadas. Igualmente la mayoría de los pueblos con sus castillos tienen su origen en esta época. 

Huertas de Jorox, en Alozaina.
http://www.sierradelasnieves.es/album/albums/Alozaina/AL_P_jorox_Album.jpg

La llegada de los cristianos da lugar a fuertes cambios ya que siendo esta una zona montañosa introducen grandes cantidades de ganado que afectan negativamente a los espacios forestales los cuales, al perder demasiada cubierta vegetal y ser tan pronunciados, sufren fuertes procesos de erosión. A ello también contribuye la práctica del carboneo y la explotación maderera de la zona (construcción, cocina, calefacción,…). 


El exceso del carboneo, junto con otras prácticas, favoreció la desaparición de gran parte de la masa forestal.


A lo largo del tiempo la práctica ganadera excedió la capacidad de carga de algunos entornos serranos, como es el caso del pinsapar, que se vio muy mermado hace algunas décadas.

El fuerte retroceso que sufre la vid hasta casi llegar a desaparecer a finales del siglo XIX por la plaga de la filoxera, hace que casi todas se pierdan, por lo que empiezan a sembrarse gran cantidad de olivos en los espacios que llevaban ocupando las viñas desde hacía siglos. Igualmente los huertos, antaño llenos de vides, son repoblados con naranjos que hoy día están siendo desplazados por el aguacate, producto más rentable. Junto al olivo también se plantan almendros, pero en menor medida que aquel.


En Yunquera todavía se sigue manteniendo el milenario oficio de la explotación de la vid.

La minería del XIX también afecta gravemente a los paisajes de la Reserva ya que para fundir el metal necesitaban energía calorífica, que producían con el carbón vegetal que hacían los carboneros, afectando gravemente espacios como la Sierra Blanca, a las espaldas de Marbella. 


Restos de la ferrería de Río Verde de mediados del siglo XIX.

Aproximadamente en los años cincuenta y sesenta, para combatir el paro, la Dictadura llevó a cabo una importante labor de repoblación de espacios forestales a nivel nacional. En nuestro territorio se repoblaron con pinos muchos montes, que hoy día forman parte de la Reserva. Aunque la excesiva explotación forestal de la Sierra de la Nieve casi hace desaparecer al pinsapo, gracias a la acción humana se pudo reconducir esta situación y hoy día tenemos un pinsapar muy denso y vivo, gran 
 reclamo de visitantes y turistas. 


Pinsapar nevado.
 
En los últimos años se están produciendo fuertes cambios en el paisaje. En los años sesenta la emigración desde el mundo rural a ciudades industriales de España o al extranjero motivó el abandono de muchas fincas de labor que casi han sido “devoradas” –o recuperadas, según se mire- por la masa forestal. La construcción de los últimos años está motivando también un cambio en el paisaje al proliferar muchas viviendas en el medio rural.

Pero es que el hombre, a lo largo de la Historia, ha dotado de su memoria todos estos espacios dándoles a cada uno de ellos una serie de nombres relacionados con episodios bélicos, usos del territorio, diferentes episodios,…como Puerto de la Refriega, en referencia a las guerras de los moriscos; Alpujata, antiguo vocablo hispanoárabe que significa alberca, por el uso de espacio irrigado que ha tenido y tiene el lugar; etc,… Además de la biodiversidad en materia biológica, podemos decir que hoy día existe también una fuerte biodiversidad cultural ya que en los últimos lustros la afluencia y afincamiento en la Reserva –especialmente en los pueblos que, como Monda, se encuentran más próximos a la Costa del Sol- de personas provenientes de diferentes países está enriqueciendo y diversificando más el acervo cultural serrano.

El mundo sigue y da vueltas, y vueltas, y vueltas. Y más vueltas. Y mientras las siga dando seguiremos actuando sobre el territorio así que, cuando miremos un paisaje en nuestra Reserva de la Biosfera, no estaremos viendo una foto fija sino  el fruto de la convivencia entre el Hombre y la Naturaleza a lo largo de la Historia, a lo largo de cientos de generaciones, hasta nuestros días. Recomiendo un pequeño ejercicio para cuando tengáis un poco de tiempo. Es muy sencillo. Consiste en apagar la tele y dejar de ver a personajes como la “irreciclable” Belén Esteban (que no se como se pondrá la corona de “princesa del pueblo” con las dos protuberancias que le han crecido) o esas telenovelas sudamericanas plagadas de mujeres neumáticas y “suarceneguers” caribeños. Dejar de jugar a esos juegos tan macabros de la “pleiesteision”, que nos hacen estar fijos a una pantalla durante horas, y  volver la mirada hacia nuestra Reserva. Y sentirnos afortunados por vivir en uno de los 564 espacios más exclusivos del mundo (incluso más exclusivo que la Milla de Oro, por supuesto).


Otra imagen más del pinsapar.


Aprovecho estas letras para comunicaros que los días 22, 23 y 24 de Octubre, en El Burgo, se van a desarrollar unas Jornadas sobre Gestión Forestal en el Parque Natural de la Sierra de las Nieves que serán bastante interesantes. Más información en el siguiente enlace:

Un saludo y hasta la próxima.

Diego Sánchez.











lunes, 23 de agosto de 2010

LOS MOLINOS "MORISCOS" DE ALPUJATA.

Hola a todos. Especialmente a Eduardo que en varias ocasiones me ha animado a tratar este tema.

Hoy vamos a hablar sobre los cada vez más olvidados molinos “moriscos” que hay en el paraje de Alpujata, sobre el origen  y el funcionamiento de esos bellos ingenios hidráulicos que hunden su origen en los oscuros siglos medievales e, incluso, hay quienes lo están buscando en la Antigüedad.

En la zona de Alpujata se encuentran, además de una extensa red de acequias y alberas que dan vida a sus primorosas huertas, tres molinos harineros que aprovechaban la fuerza motriz del agua para hacer girar y girar sus incansables piedras y, con ello, producir harina para elaborar pan que, como todos sabemos, es parte de la base de nuestra alimentación desde hace milenios.

 
Vista del paraje de Alpujata, del que ya se ha hablado anteriormente. Bajo unas sierras rojizas por        sus altos componentes de rocas férricas, se extiende el vergel de las huertas de Alpujata.
(Imagen Diego Sánchez).

Estos tres molinos entran dentro de la categoría de molinos de rodezno, ya que la rueda de madera que transmite el movimiento a las piedras molturadoras recibe ese nombre. Pero ¿Cómo funcionaban? ¿Qué hacían allí? ¿Son verdaderamente árabes? ¿Cuando dejaron de ser empleados? La primera y segunda preguntas van íntimamente relacionadas. Este tipo de molinos está pensado para ser instalado en zonas de escaso caudal fluvial y en zonas accidentadas, agrestes, como es el lugar donde se encuentran. Tienen varios elementos comunes, a saber, en primer lugar el cubo, que era una construcción cuadrangular realizada en una sólida obra que se colocaba en la parte posterior del molino y en una posición más elevada. Interiormente tiene un tubo que reduce su diámetro a medida que baja hasta llegar a la parte inferior del molino donde se encontraban los cárcavos, normalmente dos bóvedas de medio punto realizadas con materiales de obra más resistentes debido al peso que debían soportar, como sillares o ladrillos de barro cocido de grandes dimensiones. 


 Interior de uno de los cubos de los molinos "moriscos" de Alpujata.
(Imagen Diego Sánchez).

En los cárcavos se encontraban los rodeznos, las ruedas o turbinas de madera que dispuestas en posición horizontal transmitían el movimiento a las piedras de moler, que se encontraban  sobre los cárcavos, donde se localizaba el molino propiamente dicho y todas las herramientas que necesitaba el molinero. A veces también se encontraba la vivienda del mismo y algún pequeño almacén. Los rodeznos eran de madera, pero en el norte de España y en alguna zona de Granada se han encontrado algunos escasos ejemplares realizados en piedra.


 Cárcavos de uno de los molinos de Alpujata.
(Imagen Diego Sánchez).



Dibujo de un rodezno.
http://www.telecable.es/personales/astur/ingenios/foto13.jpg

El funcionamiento era muy sencillo. Una acequia conducía el agua a los cubos y bajaba hacia los cárcavos empujando, a través de una pieza con forma de embudo llamada saetín, el agua a las palas o cucharas de la rueda o rodezno. Como el tubo interno del cubo iba reduciendo su diámetro a la vez que bajaba, el agua, al salir por el saetín, salía en menor cantidad pero llevaba una gran fuerza debido a la enorme presión a la que se veía sometida, de ahí que la obra del cubo fuese muy sólida y consistente. El rodezno tenía una barra en el centro, el palahierro, que transmitía la fuerza giratoria a las piedras molturadoras que se encontraban arriba, en la sala de molienda, logrando molturar el cereal.


Este dibujo representa una reconstrucción ideal de uno de los molinos "moriscos" en  funcionamiento.
(Dibujo Diego Sánchez).
El agua usada para la molturación volvía al cauce fluvial o era reconducida mediante acequias para ser aprovechada para el riego y no dejarse perder. Por este motivo este tipo de molinos suelen aparecer en casi el cien por cien de los casos asociados a espacios de huerta y regadío, asociados a la inmaterial cultura del agua cuya herencia hemos recibido de nuestro pasado hispanomusulmán.

El molinero era quien llevaba el molino, su media naranja, y quien realizaba la molienda. Ésta comenzaba con el cobro de la maquila, el molinero solía cobrar en grano el diez por ciento de lo que se iba a moler. Tras ello iba vertiendo el resto en una tolva que se encontraba sobre las piedras, las cuales presentaban en el centro un agujero para echar el grano. Accionando una llave daba paso al agua y empezaba la molienda con un empujón a la piedra superior o molinera, que era móvil, frente a la inferior o solera, que era fija. El cereal caía por un agujero en el centro de la piedra y pasaba por entre ambas avanzando hacia el exterior a medida que se molía y convertía en harina siendo expulsada y recogida en un cajón para ser ensacadas posteriormente. Las piedras del molino tenían tela que cortar. No había máquinas para hacerlas por lo que debían ser extraídas en las proximidades de los molinos a ser posible. Una ardua tarea, pero no tanto como el transportarlas hasta el ingenio hidráulico, donde el esfuerzo arrancaba sudores a mares. Una vez en el molino las caras internas de ambas piedras eran picadas, se les hacían unas estrías para favorecer la molturación del cereal y evitar que las piedras se calentaran por el rozamiento y se quemaran. Cada cierto tiempo había que desmontar las piedras y volverlas a picar porque las estrías se gastaban, otra penosa tarea para la que el molinero se veía ayudado de una rústica cabria, una grúa para levantar las piedras. Había que ser maestro molinero para poder tallarlas ya que si se cometía el menor error de cálculo y no se hacía bien, se corría el peligro de que las piedras rozaran más de la cuenta y llegasen a partirse. Cuando una piedra se gastaba era reaprovechada como mesa, para realizar algún paso sobre una acequia, para formar parte de alguna obra,… No era sencillo el trabajo del molinero, pero frente a otros antiguos oficios era una labor menos penosa y menos dura.

 
Vista interior de un molino de rodezno donde podemos observar la cabria, la tolva y las piedras.

Juego de piedras de moler de uno de los molinos moriscos.
(Imagen Diego Sánchez).

El tipo de molino de rodezno es muy antiguo, hay quien apunta a la época medieval y quien señala la época antigua cuando rastrean su antigüedad. Tampoco se sabe a ciencia cierta su origen geográfico, unos defienden que proviene de la zona de China, otros del corredor Sirio-Palestino, hay quien lo ubica en el norte de Europa y otros los sitúan en la Península Ibérica,… Pero frente a los que defienden un origen único, monogenista, y una posterior difusión, están empezando a surgir voces que apuntan hacia un origen múltiple, poligénico, esto es, que aparecieran en distintos puntos sin que hubiera una transmisión de conocimiento entre distintas zonas geográficas.

En nuestro caso los molinos que se encuentran en Alpujata, a pesar de tener el calificativo de “moriscos”, no pertenecen a esa época, el siglo XVI, sino a fechas muy posteriores. Dos de ellos aparecen por primera vez recogidos en un documento de finales del siglo XVIII y no en otras importantes fuentes escritas como el Libro de Apeo o el Catastro de Ensenada. El tercero no aparece en ninguna fuente documental. Tampoco se menciona ninguno de ellos en el Diccionario de Pascual Madoz, a mediados del siglo XIX, por lo que hemos de suponer que, posiblemente, ya no estuvieran en funcionamiento para esas fechas o no un hubiesen sido recogidos en este documento. 


 En esta imagen podemos ver uno de los molinos en un estado bastante ruinoso, en primer plano observamos sus cárcavos.
(Imagen: Diego Sánchez).

Estos molinos forman parte de un paisaje muy diverso donde la exuberante y selvática vegetación del arroyo de Alpujata, con sus helechos, moreras, enredaderas, adelfas,… contrasta con el cuidado y lo ordenado de los cultivos de las tablas y terrazas de los callejones de Alpujata. A través de la acequia madre de Alpujata se puede realizar un bonito recorrido para conocerlos, pero es un tanto peligroso por lo que, si alguien se aventura, se recomienda que “gaste mucho cuidado” y que no se meta dentro de las estructura de los molinos ya que presentan cierta ruina y podría ser un tanto arriesgado. 


Imagen de otro de los molinos del arroyo de Alpujata. Como puede verse se conserva  algo mejor que el anterior, pero sigue siendo peligroso entrar dentro.
(Imagen: Diego Sánchez).

El que nuestros molinos “moriscos” no sean tan antiguos como se cree no les resta valor porque, entre otras cosas, para su construcción en fechas tan relativamente recientes siguen empleando una técnica más que sobradamente milenaria. Ello muestra que esa tecnología ha sido lo suficientemente buena y funcional para las sociedades rurales de hace mil años y de hace cien, incluso en algunos casos de hasta hace sesenta años, fechas en las que empezaron a ser desplazados por industrias harineras más modernas que los hicieron languidecer apagando el tremendo y gutural RUM-RUM de sus piedras cuando molían. Algunos ofrecieron una resistencia tenaz y numantina ante los nuevos aires de cambio y trataron de transformarse, de modernizarse, convirtiéndose en las popularmente denominadas “fábricas de luz” (no es el caso de ninguno de los nuestros) que, ante la escasa potencia que ofrecían, fueron apagando poco a poco la luz de su vida, quedando derruidos, olvidados o siendo aprovechados como almacenes de aperos.

En todos los pueblos de la Sierra de las Nieves quedan restos mudos de estas magníficas industrias artesanales rurales. En Istán hay uno que funciona como el primer día, a pesar de tener más de 150 años. Es el molino de Pepe Aguilar. Lo conozco personalmente y he tenido la oportunidad de verlo funcionar molturando maíz, del que luego hicimos un buen pan, del que más tarde dimos buena cuenta con un par de botellas de vino tinto y una buena “fritá” de papas, cebollas y huevos. Pero hoy día, en muchas partes de nuestra geografía, están siendo restaurados y empleados como casas rurales, iniciativas que los están haciendo revivir y haciéndoles descubrir nuevos amaneceres. En el panocho Río Molinos aun se mantienen algunos, al igual que en el bellísimo paraje de Jorox, pedanía de Alozaina. Pero molineros, las verdaderas almas de estos ingenios, cada vez quedan menos. El tiempo, imparable, los devora. Pero aun peor que el tiempo es el olvido. El mencionado Pepe Aguilar en Istán y Miguel Sánchez en Alozaina, propietario del molino “El Abuelo”, son de los pocos que quedan y que he tenido la fortuna de poder entrevistar, contribuyendo con sus  preciados testimonios en la redacción de estas humildes letras.

Un saludo y hasta pronto.

© Diego Javier Sánchez Guerra.