Dos mozos lozanos posan en una calera junto al Cementerio de San Roque, en Monda
Pepe, que buena mañana echamos ¿eh?
Hace unos días me encontraba en el puerto de los Ventisqueros, en pleno Parque Nacional Sierra de las Nieves, un lugar inenarrable, conversando con su director, Rafael Haro, dónde habíamos acudido junto a otras personas para colaborar en la grabación de un programa de Canal Sur, ESPACIO PROTEGIDO, que tenía por objeto mostrar los valores naturales de este extraordinario espacio natural sin igual.
El reportaje lo podéis ver aquí:
https://www.youtube.com/watch?v=qTSVX6FrFvA
Rafael, un hombre afable e implicado la máximo con el Parque Nacional, me habló de las últimas actuaciones que había llevado a cabo con los voluntarios, como la recuperación de algunas caleras o de la vieja casa del Llano de la Casa, comentándome que habían descubierto algunos alfanjes. No, no se trata de ningún tipo de sable o espada, como se recoge en la RAE. En nuestras tierras el término alfanje se emplea, cada vez menos, para designar el espacio donde se armaba el horno de carbón, que formaba una superficie definida después de años, décadas o siglos usándose para este fin. Una de las muchas huellas de la actividad humana en estas montañas llamada a desaparecer, dado que el desuso provoca la degradación y la desaparición paulatinas… Es una palabra que, como muchas del mundo rural, se encuentra en trance de desaparición.
Estuvimos contemplando los varias veces centenarios pozos de nieve del lugar, los ventisqueros, disfrutando del aire puro y fresco que te regala esta sierra. Para mi sorpresa, Rafael me señaló la existencia de una pequeña sima que seguramente se usó para almacenar nieve y que convenientemente he bautizado como Sima de Rafael Haro o del puerto de los Ventisqueros, dado que hasta el momento no se le conoce nombre.
Sima de Rafael Haro o del puerto de los Ventisqueros
Junto a la sima, Rafael me mostró varias chozas en este paraje que yo no conocía, lugares donde se refugiaban los trabajadores de la nieve. 1Había estado en esos lugares decenas de veces en el marco de una investigación sobre los pozos de nieve y no conocía aquellas yacijas! ¡Aquello era queroseno para mi curiosidad y al precio que están los combustibles con la guerra de Irán! Los humildes y reducidos habitáculos, casi ergástulas, eran de roca caliza del lugar, dispuestas a hueso, en seco, sin argamasa. Siguiendo una tradición varias veces milenaria. Emocionado por lo nuevo y sorprendido a la vez, observando con ojo clínico el espacio, me percaté de la existencia de restos de tejas, de fragmentos de cerámica de uso cotidiano (asas, fondos de platos y lebrillos…) esparcidos por los suelos… Estaba que me salía del pellejo. Aquel era un lugar casi fosilizado en el tiempo. Ésto me devolvió a aquellos pocos años en los que, iluso de mí, estuve trabajando en el mundo de la arqueología. Entonces recordé una prospección que realizamos por una de las gélidas sierras de Teruel, la sierra de la Lastra, que llevamos a cabo ya entrado un ingrato y crudo otoño principiando este siglo. Una gran empresa pretendía instalar un parque eólico y como parte del estudio de impacto ambiental mandaron a un equipo de aguerridos arqueólogos (algunos lugareños nos llamaban “arqueologistas y otros, con mucha más inteligencia, “arqueólicos”) entre los que se encontraba el que estas letras escribe, para detectar y evaluar las afecciones de la obra que pudiera darse a posibles restos arqueológicos. Y es que esas sierras están preñadas de historia.
Restos de choza junto a la sima de Rafael Haro o del puerto de los Ventisqueros
En este lugar te hostiaban hasta hacerte llorar unos vientos helados que te mecían salvajemente, como si anduvieras borracho por la cubierta de una carabela, y que te atravesaban como metralla helada, penetrando hasta el tuétano de los mismos huesos. Tardaron en bajarme los cascabeles una semana. Recordé también más cosas, claro, como la agraciada moza de reconfortante y cálida sonrisa, turgentes pechos y generosas caderas a la que le agradaba el acento andaluz y que con inmensa simpatía nos atendía en el coqueto hotel donde nos hospedábamos en la localidad de Utrillas, -el Villa de Utrillas, que todavía permanece abierto- en el negro corazón de las Cuencas Mineras, pero esa es otra historia.
Como venía contando, en el marco de esas prospecciones en un cerro completamente decalvado, a unos 1.500 metros de altura, nos encontramos los desdibujados cimientos de unas cabañas prehistóricas que tenían forma circular. Parecían como pintados en la superficie terrosa y áspera. Alrededor se desparramaba multitud de restos de cultura material de aquellas sencillas familias que hacía miles de años se dedicaban a una ganadería de subsistencia: fragmentos de recipientes cerámicos de distinto uso, piezas de sílex, tierra carbonizada... No es tan diferente a lo que tengo ante mis ojos, pensé. En torno a los restos de chozas del puerto de los Ventisqueros había materiales cerámicos vidriados esparcidos y dispersos por un espacio de hábitat humano prestos a ser desentrañados, a ser interpretados. Fragmentos de tejas para las cubiertas, de asas de jarras, de platos donde comían y de ollas donde se preparaban sus guisos. Pero esos restos no eran iberos, no eran de Ildir, de Kekaro...; ni romanos, pues no eran de Octavio, de Atilio…; ni tampoco andalusíes, dado que no pertenecían a Muhammad, a Ali… Esos restos eran mucho más recientes en el tiempo, eran de Juan, de Manolo, de Pepe… de hace un par de siglos aproximadamente, de nuestros trastatarabuelos, gente que hablaba castellano y maldecía cristianamente, gente que bebía mosto y aguardiente de Yunquera y que comía sopas de pan.
Restos de materiales cerámicos y algo de metal, correspondiente a los
humildes utensilios de los trabajadores de la nieve
Entonces, reflexioné ¿estamos ante un legado etnográfico, como las eras, los molinos hidráulicos, las caleras... o ante un yacimiento arqueológico? Más bien lo primero, si, pero con metodología de estudio y de análisis de lo segundo, porque desde los años noventa en que falleció en Yunquera el último trabajador de la nieve, Francisco Sibajas, Catarrito, ya no existen neveros a los que preguntar, a los que entrevistar, de los que aprender… Cuando murió este hombre, el último jornalero de la nieve, el mundo de los pozos de nieve y del trabajo de los neveros pasó de ser un objeto etnográfico a uno arqueológico, al menos en la metodología de estudio. Cientos de años -o miles- de conocimientos técnicos se fueron con él en un último parpadeo. Un irrepetible tesoro de conocimientos evaporado para siempre… Bueno.
Ciertamente me puse un tanto melancólico porque inmediatamente llevé esas reflexiones a otros planos relacionados con otros antiguos oficios que hoy día tienen un carácter “etnográfico” en la medida en que algunos oficiantes, ya muy mayores, todavía viven y aunque no practiquen el oficio, atesoran todos los conocimientos, unos saberes verdaderamente ancestrales que se encuentran en vías de extinción... El mundo rural tradicional se muere de forma inexorable e irremediable, pensé. Mejor dicho, se transforma velozmente. Es la imparable rueda del tiempo, claro. Una sociedad tradicional, unos conocimientos, unas costumbres, unos saberes, unas formas de modelar, concebir y entender los paisajes… que van desapareciendo poco a poco de forma anónima, sin ruido, sin lamento. Que se va diluyendo “como lágrimas en la lluvia”… hasta que llegue el momento incluso en que dejen de ser recuerdos.
Andaba yo perdido en estos nostálgicos pensamientos cuando caí en la cuenta de que llevaba mucho tiempo -demasiado- queriendo hablar con el mondeño Pepe el Platito para que me contara -para que nos contara- como era el oficio de calero, como fue su experiencia y como se hacía la cal en Monda. Marqué su número en el móvil y me cogió el teléfono al primer toque. Hacia tiempo que Pepe esperaba mi llamada y contestó con un directo y musical: “¿VAAAMOOOOOO?” Pepe tenía, como mucha gente de su edad, lo que se llama “jambre de palabra”.
Creo que todo el que discurre por este minúsculo púlpito digital conoce a Pepe el Platito y a su hermano Miguel. Ambos se han dedicado por décadas a destripar el vientre pétreo de las sierras para transustanciar las rocas calizas en cal mediante un proceso de trabajo tan duro como fascinante.
Pepe es un hombre afable, con un sentido del humor insuperable. Ya lo conocéis. Curtido -muy curtido- por la experiencia y por los años, por los tiempos duros que le tocó vivir, pero con una actitud ante la vida, ante el mundo, admirablemente positiva y siempre mirando el lado bueno de las cosas a pesar de los reveses y adversidades que nos podamos encontrar en nuestra trayectoria vital. Al mal tiempo, siempre buena cara... buena cara y mejor vino. Pepe el Platito pertenece a una raza de personas que ya no nacen, a una generación que se extingue.
Me contó que con cuatro años se lo trajeron sus padres de Málaga. Su padre hacía churros, pero como no ganaba el suficiente dinero, la familia se fue para Monda. Su padre empezó a cocer cal y él, que era muy pequeño, lloraba por irse con él. Como la cal tampoco le dejaba mucho, también empezó a hacer carbón y llevar portes de leña. En estas tareas, Pepe, que ya contaba con cinco o seis años, ayudaba en lo que podía a su padre.
Describiendo un horno de cal
Un horno de cal, al menos de los que hay en el entorno del Parque Nacional Sierra de las Nieves y en gran parte de la montaña mediterránea malagueña, se conforma por una estructura cilíndrica que se presenta semienterrada para, por un lado, proporcionar protección frente a los vientos, por otro, facilitar las labores de carga y de descarga, y finalmente para concentrar mejor el calor en su interior y garantizar una correcta cocción. Se encuentra construida a base de mampostería con grandes rocas y su diámetro interno suele ser variable, de dos a cuatro metros, aproximadamente. No he tropezado con caleras de un diámetro excesivo por esta zona, dado que la cocción se vuelve más complicada. Únicamente hay en Monda una calera de gran diámetro en un arroyo junto al viejo camino del Lagar de Bartolón, por encima del Cementerio de San Roque. Según me contaron, sólo se echó una sola vez debido a que su tamaño era tan excesivo que la cocción de la cal salió mal.
Las paredes que conforma un horno de cal, dada su función y la necesidad de aguantar altas temperaturas, suelen ser muy gruesas, superando holgadamente el metro de espesor. Normalmente se ubican en laderas para facilitar su construcción y se compone de dos partes básicas: la caldera, en la base, que se encuentra soterrada, y el alzado, que podemos asimilar al tiro de un humero.
La caldera tiene forma de caldero u olla, siendo de forma semiesférica. Es el espacio dónde se iba depositando el combustible vegetal para la cocción de la roca caliza. Suele tener una profundidad de alrededor del metro, en algunos casos algo más, depende de las dimensiones del horno. El alzado o tiro que, como hemos dicho es de forma cilíndrica, se eleva un par de metros sobre la caldera, o algo más. En algunos casos desarrolla un menor diámetro en la cúspide, presentando un aspecto de tendencia levemente troncocónica. Se construye con rocas duras, no calizas, dado que a la primera cocción quedaría destruida.
Entre la caldera y el tiro o alzado existe un poyete o resalte, un saliente a modo de banco corrido cuya función ya explicaremos.
El horno de cal presenta un vano de acceso, una puerta, que se cierra con material pétreo a medida que se va armando el horno de cal, como describiremos más adelante. En algunos casos se le denomina antepecho. Tan sólo se deja una pequeña apertura en la parte inferior para cebar la calera denominada boquilla, aunque en también se le conoce por boca o boquera. La entrada al horno se presenta un tanto abocinada.
Su forma cilíndrica tiene la función de contener mejor la temperatura y de repartir mejor el calor.
Sección de un horno de cal
Los orígenes de la cal
Para descubrir el origen de la cal, una vez más, debemos dirigir nuestra mirada hacia Oriente, hacia la antigua Mesopotamia, hacia el lugar donde se despereza el Sol, ese incansable e inagotable astro que nos da la vida. Son numerosos los indicios documentados en distintos yacimientos arqueológicos que apuntan a un temprano uso de la cal.
En Turquía, aparecieron vestigios en varios yacimientos de empleo de cal. En la villa neolítica de Çatal Hüyük (6.000 a. J.C.) apareció una suerte de “enyesado” que recubre suelos y muros, y que sirve de soporte a determinadas pinturas. En esta misma región, en el yacimiento de Nevali Çori, aparecieron restos de utilización de mortero de cal en pavimentos que son más antiguos, al datar del 10.000 al 8.000 a. J.C.
En la ciudad fortificada de Jericó, de época neolítica y situada en la región de Cisjordania (Estado de Palestina), apareció la conocida como Máscara de Jericó, que no es sino una calavera cubierta con un emplasto de cal pulido, que data del año 7.000 a. J.C. En los restos de viviendas aparecieron suelos elaborados con morteros de cal.
menudo careto, para eso mejor que no te desentierren
A pesar de los muchos indicios sobre su uso en pavimentos y revestimientos en Europa durante la prehistoria reciente, no se conoce con claridad la técnica de calcinación que se llevaba a cabo.
Los egipcios y los babilonios también elaboraron y emplearon la cal en sus construcciones. Los romanos contaban con una industria calera muy importante, lo que no es extraño dado que sus construcciones, sus viviendas, sus ciudades… necesitaban grandes cantidades de cal que se empleaba en la construcción. De hecho, este ha sido su principal objeto hasta hace pocas décadas en el que el cemento sustituyó su papel como aglutinante.
Y en todos estos siglos y hasta los años sesenta o setenta de la pasada centuria, en el que echaron el cierre la mayoría de los hornos de cal, las técnicas no han variado mucho. Sino, escuchemos lo que nos dice Catón el Viejo en su Tratado de Agricultura, XLIV-XLV, De fornace calcaria, hacia el 160 antes de nuestra era:
Hágase el horno de cal de una anchura de diez pies, con una altura de veinte pies; en su cima, redúzcase el ancho en tres pies. Si el horno va a disponer de una sola boca, construida una gran cavidad en la parte más baja, suficiente para albergar las cenizas, de manera que no haya que sacarla y edificad bien el horno; hacedlo de manera que la solera (se refiere al suelo de la cámara de combustión) ocupe toda la superficie interior del horno.
Si el horno va a disponer de dos bocas, no hará falta construir una cavidad en la solera; cuando se quiera sacar la ceniza puede hacerse por una boca, alimentándose el fuego por la otra. Vigilad que nunca se apague el fuego; ni de noche, ni de día, ni en momento alguno.
Cargad el horno con buenas piedras, las más blancas y con menos manchas. Cuando construyáis el horno, dadle al pozo una gran inclinación (quiere decir que las paredes deben ser casi rectas); cuando hayáis excavado lo suficientemente, disponed el espacio para la cámara de combustión de manera que esté lo más honda posible y lo menos expuesta a los vientos; si no disponéis de espacio para hacer un horno lo bastante profundo, edificadlo de paredes altas con ladrillos o con adobes, ligado con argamasa; revístanse de enlucido por fuera los alzados. Cuando hayáis encendido el horno, si la llama sale por algún otro lugar que por la chimenea, colmatad ese lugar con barro y argamasa. Evitad que el viento entre en la boca; evitad sobre todo los vientos del sur. He aquí lo que te indicará que la cal está hecha; hará falta que las piedras de arriba estén cocidas; además, las piedras de abajo, ya calcinadas, se derrumbarán sobre sí mismas y la llama producirá menos humo.
Horno romano encontrado en Hungría, como puede apreciarse poco
cambiaron a lo largo del tiempo
Los romanos, gente práctica donde las hubiere, llevaron su civilización por las buenas y por las malas a todo el ámbito mediterráneo, próximo oriente, norte de Europa y las islas británicas. Y con ello su cultura, sus costumbres, su tecnología... de este modo expandieron la producción y el uso de la cal a toda aquella región que llegaban, junto con los hornos de cal.
Restos de un horno de cal hallado en Costwold, Reino Unido
En la América precolombina, particularmente en la región mesoamericana, también elaboraban cal a partir de la roca caliza en hornos. Los primeros indicios están documentados hace unos tres mil años. El desarrollo de esta actividad en tierras americanas fue completamente autóctono, sin influencias externas.
En las culturas mesoamericanas la cal tuvo un papel indispensable en su arquitectura, en su economía y en su vida cotidiana. Un ejemplo son las pirámides de Teotihuacán. Por otra parte, también empleaban la cal para la nixtamalización del maíz, proceso mediante el cual se cocían los granos de maíz en agua con cal, fundamental para crear la masa para las tortillas, sopes… Este procedimiento dura varias horas y ablanda la piel del grano, lo que mejora de digestibilidad, aumenta el nivel nutricional y la durabilidad de la masa.
Pirámide del Sol, en Teotihuacán
Muy interesante todo esto de la América prehispana, la verdad, mucho, pero volvamos a nuestra tierra porque sino, me pierdo.
La cal en Monda. Viaje al origen de un oficio milenario
¿Y cuándo empezó a producirse la cal en Monda? Esta es una cuestión bastante interesante pero la respuesta es un tanto alambicada, porque no se guarda memoria de ello. Por este motivo tenemos que tirar de otras fuentes históricas, como los archivos y no sólo bucear entre viejos y apolillados manuscritos, sino entender lo que cada escribano con su propia letra, recogía. De esta manera hemos podido documentar en Monda la producción de cal al menos desde la segunda mitad del siglo XVI.
Efectivamente, en 1571 tras la expulsión de los moriscos, el marqués de Villena recibió una información pormenorizada de las rentas que tenían en las villas del antiguo reino de Granada, entre las que se encontraba Monda. El marqués percibía, entre otros ingresos, las alcabalas del magran y la tercera parte de todos los diezmos (décima parte del valor de la mercancía) de cal, ladrillo y tejadillo.
Esta es la referencia documental más antigua que hemos encontrado, pero por fuentes indirectas sabemos que la cal se venía elaborando desde mucho antes. Al menos desde época romana. En la zona del Estacar hace algún tiempo aparecieron restos constructivos romanos. Entre aquel naufragio de ladrillos, tégulas, cerámicas de uso cotidiano… que otrora habían compuesto una villa rural o una mansio, esto es, una posada en el camino (recordemos la cercanía de la calzada romana), se podía observar fragmentos de muros de mampostería y ladrillo unidos por un mortero que empleaba como aglutinante la cal.
Dando un salto cronológico bastante grande, en el castillo de la Villeta, en su fase constructiva nazarí (1232/1238-1492), y seguramente en momentos anteriores, se emplearon cantidades masivas de cal para su construcción. Ahí están sus torres y sus ajadas murallas, cada vez más deterioradas, que han aguantado en pie mal que bien durante más de seiscientos años sin ningún tipo de mantenimiento. Ahí está su aljibe, sabiamente construido con ladrillo de barro cocido e impermeabilizado con un enlucido interno abundante en cal. Ahí se encuentran los restos de algunas humildes viviendas, edificadas con mampostería y tapial, donde la cal fue el elemento aglutinante profusamente empleado, exactamente igual que en nuestras viviendas tradicionales hasta hace muy pocas décadas.
Así que puede que algunas de las caleras de nuestro pueblo sean mucho más antiguas de lo que ciertamente pensamos. Pero lo cierto es que el oficio, los conocimientos técnicos, los saberes asociados a la producción tradicional de cal… son antiquísimos.
Siguiendo con nuestro viaje histórico, la cal también está presente en la construcción de la Iglesia Parroquial de Santiago Apóstol. En 1605 se realizaron importantes obras en el templo. De ellas se conserva un plano y algunos documentos muy importantes como las Escrituras de condiciones y adjudicación de las obras en la Iglesia de Monda en 1605, gracias a las cuales conocemos el alcance de las obras realizadas en estas fechas. Estas se centraron primordialmente en la eliminación de las humedades y las goteras del tejado ya que, al parecer, este se calaba dañando las estructuras de soporte de la cubierta. Por este documento sabemos que el portal de la iglesia ya estaba construido, pero no era igual que el que hoy conocemos:
...Y ansi mismo se adereçara el enmaderado y el tejado del portal que está delante de la dicha yglesia...
Además de las humedades, el arquitecto Pedro Díaz detectó como el testero de la capilla mayor se encontraba en tan mal estado que ordenó su derribo y su reconstrucción desde los cimientos. En el documento estableció la composición de la argamasa de cal y arena, el ancho de los muros, la profundidad de los cimientos, la calidad de los materiales, la técnica a emplear... Es un documento que no tiene desperdicio y que se puede consultar en el libro MONDA EN EL RECUERDO, de donde se ha tomado esta información.
La obra, finalmente, se remató el uno de junio de 1605 en el malagueño Pedro Amador en 180 ducados, tras haber hecho una propuesta de rebaja de 20 ducados sobre el precio estimado de la obra. Tenían un plazo de duración de dos meses, según el documento, y, entre otras cosas, el maestro que se quedara con las obras debía aportar por adelantado el material:
Yten el maestro en quien se rrematare esta dicha obra a de poner a su costa todos los materiales necesarios para hacer la dicha obra, ansi de cal y arena y ladrillo y piedra y teja y madera para la dicha obra y para andamios y agua y sogas y espuertas y clabos y todo lo necesario para hacer la dicha obra que la fabrica no la de dar más el dinero en que se le rrematase.
De lo expuesto se puede extraer el tema de la producción de cal, que se empleaba para argamasa mucho antes que para vestir los muros y paredes de nuestros pueblos. Indirectamente se nos está dando un valioso testimonio sobre los caleros, los hombres que elaboraban la cal y que en nuestro pueblo han tenido una honda raigambre.
La presencia del aprovechamiento de la cal también lo encontramos en 1633 al tropezarnos con otro documento del Marquesado de Villena. Se trata de la Relacion de lo que es y vale a vuestra excelencia su estado Tolox y Monda en que consisten sus rentas lo que cada una y todas juntas montan. Vecindad y sitio de los dichos lugares calidad dellos y condición de sus veçinos (AHN, Nobleza, Frías, C. 717, D. 32) donde se recogen el valor de las rentas del marqués, entre las que se encuentra la cal:
Balor de las rentas de Monda años de 1632
Diezmo de cal texa y ladrillo quatro ducados y medio vale
Suma de las cantidades en que estan arrendadas las rentas de Monda este año de 1633
Cal texa y ladrillo en seis ducados valen Renta de Monda y cargo desta quenta año de 1632
El diezmo de cal texa y ladrillo le tubo
arrendado Pedro de Liñan veçino de la dicha villa en quarenta nueve reales y
medio que valen mil seisçientos y ochenta y dos maravedis.
Lo que halle cobrado de las partidas referidas y la data de esta quenta es la siguiente.
Primeramente cobro el diezmo de cal texa y ladrillo de Françisco Liñan don Sancho Ortega de Vega de que le dio reçivo su fecha en Monda a veinte y dos de março deste año son mill seis cientos ochenta y dos maravedis.
Como se ve, era una tasa que recaía sobre los materiales constructivos, no sólo sobre la cal.
Interior de la iglesia durante las obras de reforma en los años noventa del pasado siglo
En el siglo XVIII, hacia su mediación, tenemos que echar mano del Catastro de Ensenada, pero hemos encontrado poca cosa en relación a la producción de cal. De hecho, no se recoge a ningún calero. Debía haber personajes que desempeñaran varios oficios, según la época del año y según las necesidades. De cualquier forma, hay que precisar que a este documento, aún con todas las buenas intenciones, debido a su finalidad fiscal se le solía “escapar” datos.
No obstante, en la respuesta n.º 33 del catastro vemos como el único albañil que había en el pueblo en aquellos momentos, un tal Pedro Durán Sanguino, realizaba pocas obras al año. El documento señala a otro albañil, pero ya "jubilado" al ser mayor de edad. Ello indica que el sector de la construcción en esos momentos no era muy dinámico, por lo que inferimos que la actividad de la cal no debía ser tampoco muy trascendente.
A finales del siglo XVIII contamos con el testimonio del religioso malagueño Medina Conde recabado en su Suplemento. Respecto al tema que tratamos, recoge la importancia de la actividad de los caleros al señalar la abundancia de cal:
“No tiene su termino salinas algunas, tierras, arenas, ni canteras de jaspe, marmol, y alabastro, yeso, ni otras expeciales, pero las ay de cal con abundancia, y de minerales solo se ha dejado ver uno de alcaparrosa en el centro de la poblacion, el qual expele muchas prociones en el estio.”
Por estos datos inferimos que a finales del XVIII el pulso constructivo en Monda debió revestir ya cierta importancia.
En conclusión, el oficio de calero en nuestras tierras es muy antiguo, ancestral, y tiene una profunda e irrepetible vinculación con nuestros paisajes y nuestro paisanaje.
El trabajo de los caleros
Vamos a pasar a describir de forma general como era el proceso de producción tradicional, ayudado por Pepe el Platito. Un sistema que no ha variado mucho a lo largo de miles de años. Acompañaremos el texto con algunas de las fotos que le hicimos al yunquerano Rafael Sánchez, el Pintao, el hombre con mejor sentido del humor y capacidad para contar chistes que he conocido, y que echó la última calera de la Sierra de las Nieves. Dónde quiera que estés, Rafael, te mando un fuerte abrazo.
A nuestra pregunta de cómo se hace un horno de cal, Pepe, escueto, nos aclara como se arma: "un horno de cal es muy sencillo, pero hay que trabajar mucho". Y, ciertamente, hay que trabajar mucho.
Lo primero, antes de empezar nada, era preparar el horno. Este debía limpiarse bien por dentro si había sido usado anteriormente, que era lo más común. Luego los caleros, asistidos por sus peones o ayudantes, tenían que revestir con barro las paredes interiores del horno. El objeto de esta operación no era otro que dotar de un aislante térmico al horno para una mayor eficiencia en la combustión de los materiales y concentrar una mayor temperatura. Para cocer la roca caliza correctamente el horno debía mantener una temperatura constante de entre 900º a 1000º.
Paralelamente otros operarios, otros peones, iban acopiando grandes cantidades de matorral, madera, materia vegetal... para los largos días de cocción. De esta manera también se ayudaba a tener el monte limpio y había menos riesgo de incendios. Esta operación podía realizarse también días o semanas antes de “echar el horno”.
Pero sin duda, la tarea más dura era la del acopio y preparación de la roca que iba a parar al horno. Los caleros y sus trabajadores debían extraer la roca caliza del vientre de las montañas a base de picos y barras metálicas, de forma totalmente manual, así como partir las rocas con porrones en porciones manejables y transportarlas a lomos de bestias hasta los hornos de cal. Unas veces las zonas de acopio estaban más próximas, pero otras estaban más alejadas, con lo que el trabajo era más sufrido.
Pepe recuerda que al principio la extraía en los Llanos de Pula, pero que más adelante la acopiaba del Pecho Montano, con notable esfuerzo.
El siguiente paso era el de armar el horno. Esto sólo podía hacerlo el maestro calero gracias a su experiencia, habilidad y conocimientos ancestrales heredados de un aprendizaje basado en la observación y en la práctica. El calerero iba seleccionando las rocas más apropiadas para la tarea y las iba colocando en el poyete corrido en el interior del horno de la siguiente manera: la primera hilada, descansaba sobre el poyete; la siguiente, sobresalía un poco y se calzaba por detrás para que no cayera; la siguiente, un poco más… de tal forma que iba formando una falsa cúpula por aproximación de hiladas en cuyo culmen se introducía el llamado “clavo”, conocida en el mundo del arte como clave, el elemento pétreo que cerraba la bóveda y ejercía de cuña. Una vez completa esta operación y sobre esta falsa cúpula se rellenaba el resto del horno con ripios y trozos de rocas hasta arriba a la vez que se iba cerrando el acceso a la calera, el antepecho, dejando en la base un pequeño vano que daba a la parte inferior del horno, a la caldera. El horno se coronaba con una gran torta de barro que a modo de tapadera de olla tenía la función de retener el calor de la combustión y concentrarlo en la cocción de las rocas calizas. Esta torta no lo tapaba herméticamente, sino que se separaba el borde interior de la caldera unos diez o veinte centímetros, para favorecer el tiro. Si se cerrara herméticamente, el fuego se ahogaría y se apagaría, malográndose la cocción.
Tras todas estas actuaciones y preparativos había llegado el momento de encender el horno, que previamente a las operaciones anteriores, la caldera se había llenado con combustible vegetal: matorral, ramas, madera… Esta labor estaba reservada al maestro calero y la realizaba arrojando una mata ardiente al interior de la caldera. Durante tres días y dos noches el horno debía ser alimentado con matorral para mantener constante la temperatura de cocción de la roca caliza. Si la temperatura caía, la hornada se perdía y había que empezar de nuevo. De este modo los caleros debían turnarse para que, durante el tiempo de cocción, al horno le faltara forraje y bajara la temperatura, lo cual daría en una mala cocción de la roca y, posiblemente, su deshecho. De ahí el refrán de estar más caliente que las alpargatas de un calero.
Durante la noche los caleros aguardaban a los llamados “lirios”. Esto no es más que un bellísimo efecto óptico en el que el fuego que exhala la calera, alcanza algunas tonalidades violáceas.
En el interior de la calera y mediante la temperatura sostenida, la roca caliza se deshidrataba liberando anhídrido carbónico y transformándose en cal viva (óxido de cal). Al contacto con el agua la cal viva se transforma en hidróxido de calcio, liberando mucho calor. A este proceso se le llama popularmente apagado de la cal.
Finalizada la cocción había de esperar varios días para que la temperatura bajara y el horno se enfriara. Una de las señales de que la cocción había sido buena era que la torta de barro que coronaba la calera se hubiera hundido unos centímetros, dada la pérdida de volumen de la roca por evaporación. Tras ello se procedía a sacar la roca ya transformada en cal y meterla en capachos y sacos para su transporte cargadas en bestias como burros o mulos. La cal se vendía en Monda, pero también se llevaba a los pueblos limítrofes, donde era muy apreciada por su calidad.
Interior del horno tras haberse apagado, mirad como han quedado las rocas
en que están sobre ella
Mientras unos desmontan el horno,
otros van llenando los sacos
Pepe cuenta que “Yo cogía el borrico con ocho años y lo llevaba cargado de cal a Guaro, a Tolox, a Coín, a Alhaurín… y me ponía en las esquinas a llamar a las mujeres: ¡Eeeeeeooooo la caaaaaa! ¡Eeeeeeooooo la caaaaaa!”
Pepe el día de la entrevista
Esta actividad ha perdurado hasta hace muy pocos años en Monda y todavía hay familias de caleros mondeños, como los Platitos y los Garranchos, que guardan memoria de ello y atesoran unos conocimientos técnicos verdaderamente ancestrales y muy valiosos. En Monda todavía se conserva decenas de caleras, de estas pequeñas industrias artesanales de cal, que resisten al inexorable paso del tiempo y la engreída desmemoria.
Para ser más ilustrativos, compartimos el vídeo que grabamos hace unos años con la yunquerana Maricarmen Rodríguez, la Trilliza, cuando el también yunquerano Rafael Sánchez, el Pintao, echó la última calera de la Sierra de las Nieves. No tiene desperdicio:
https://www.youtube.com/watch?v=VhIlBkKjACU
La calera de los Platitos
No podemos no dedicarle unas palabras a la calera de los Platitos, en el camino de Alpujata. Una de las últimas industrias rurales que enmudeció definitivamente hace unas décadas por su enorme valor etnográfico y cultural.
Aunque Pepe y su hermano Miguel han echado muchos hornos de cal por todo el término municipal de Monda, los conocemos más por haber construido y explotado la gran calera que hay junto al camino de Alpujata, que desde hace décadas dormita sombreada por varios eucaliptos, apagado ya para siempre su ardoroso vientre. Es un lugar casi arqueológico y pocos saben que a tan sólo unos metros había una antigua calera de la que apenas se conserva un trozo, dentro del almacén anejo.
Su horno, su calera, cuenta con bastante historia porque pocos saben que en su construcción se emplearon ladrillos altamente refractarios procedentes de una fábrica de Antequera que no me han sabido precisar y de las instalaciones siderúrgicas construidas en los años veinte del siglo XIX junto al río Verde, en Marbella: las ferrerías de La Concepción (1826), de la que se conservan algunos restos y la de El Ángel (1828), totalmente desaparecida por la presión urbanística. Así es, ese horno de cal guarda en sus entrañas una parte importante de la historia del desarrollo industrial español. Es la calera de mayores dimensiones de toda la Sierra de las Nieves. Yo, al menos, no conozco ninguna otra de tamaño similar.
¿Quien no se acuerda de los famosos llaveros y del lema publicitario?
"Su pueblo blanquito con cal Platito"
El uso de la cal
La cal ha tenido muy diferentes usos a lo largo del tiempo, tanto en Monda como en la Sierra de las Nieves. Pero el mayor empleo que ha recibido ha sido como aglutinante para la construcción. El uso de la cal para vestir las paredes de las casas es mucho más reciente en el tiempo y posiblemente se generalizó en el siglo XVIII o en el XIX. No es que no se usara, es que se usaba menos en épocas pasadas, aplicándose a las jambas de puertas y ventanas principalmente, porque su función era desinfectante y por esos espacios pasaban muchas manos que no solían tener buena relación con el jabón. El caso es que con la proliferación de numerosas epidemias en esos siglos y a falta de otras medidas, la tendencia general fue la de encalar enteramente las casas, tanto por dentro como por fuera. y no sólo las viviendas, los edificios públicos y religiosos donde se aglutinaba mucha gente, también se encalaron ocultando en muchas ocasiones bellísimas pinturas decorativas.
La iglesia de Monda albergaba pinturas decorativas en su interior y posiblemente en su exterior. Las que pudieran haberse conservado, desaparecieron con el repicado de las paredes durante la restauración de los años noventa. Aún así, en algunas partes, aún pude verse algo de pintura decorativa, pero muy poca. Tampoco olvidemos que casas con la de Doña Eduvigis y la del Doctor Jiménez Encina, bajo la pintura (desde hace muchos años ya no se les aplica cal) ocultan preciosas composiciones pictóricas que imitan elementos constructivos como el ladrillo y el sillar, en la primera de ellas, además de incluir representaciones humanas, algo que es mucho más singular, en la segunda. Y esas representaciones se realizaron para ser expuestas, para ser vistas, para ser admiradas y sus dueños, respetados. En algún post trataremos sobre ellas, pero recomiendo encarecidamente la entrada que en su fabuloso blog de viajes realiza Francisco Antonio Jurado Romero, Viajeros en Corto, dedica a ambas en su ruta de las casas pintadas: Inmuebles en calle Doctor Jiménez Encina nº 2 y 8 Monda (pueblo):
https://viajerosencortomalaga.com/073012001c04t05.html
Como decía, el empleo de la cal para enjabelgar las paredes de las viviendas dio lugar a otro oficio, el de las encaladoras, mujeres que se dedicaban a encalar las viviendas del pueblo por las personas que eran requeridas. En Monda, que yo recuerde, entre otras muchas, encalaban Isabel la Juma; María la Perita; Marta González… y aunque fue un trabajo primordialmente femenino, también lo ocuparon algunos hombres, como es el caso de Pepe Jiménez (Pepe el Pintor o Pepito el Cabezón), al que nunca le gané una partida de parchís.
Allá iban con sus cañas, sus brochas, sus gorras y su ropa de faena, sus cubos de zinc, sus trapos y cartones para proteger los suelos… y su enorme sacrificio, pues era un trabajo muy duro y mal pagado.
Ellas han sido protagonistas de un oficio que seguramente pasaba de madres a hijas y que aun no siendo tan antiguo como el de calero, ha calado más, mucho más, en el imaginario colectivo. Porque fueron ellas y no otras personas, las que con un trabajo colectivo y anónimo, sin saberlo, crearon uno de los mayores iconos del sur de Europa: los pueblos blancos de Andalucía. Ahí es ná.
En Monda existen multitud de caleras y un bonito proyecto sería el de documentarlas, recuperarlas y ponerlas en valor, junto con otros elementos del paisaje y con la memorias de los caleros. Veamos algunas de ellas, aunque hay muchísimas más.
Calera en el camino del arroyo del Viejo
Esta calera estaba junto al Alcazarín y fue destruida sin más,
en su interior conservaba las piedras mal
cocidas de su última cochura
Caleras en la Sierra de las Nieves
En la Sierra de las Nieves existen cientos de caleras, vasos de caleras u hornos de cal, puede que miles… al igual que en otras sierras de la provincia de Málaga. Ello es la prueba tangible de que el de calero o calerero ha sido una de las actividades más importantes y más antiguas no sólo en la Sierra de las Nieves, sino también en toda la provincia de Málaga. Se trata de humildes construcciones, no las podemos comparar, por ejemplo, con las caleras de Morón.
Casualmente, en lo que a la Sierra de las Nieves se refiere, “he encontrado” dos de ellas en algunos documentos de archivo cuando estudiaba el tema de los pozos de nieve. En un documento de 1731 que forma parte de un extenso pleito mantenido entre las ciudades de Ronda y Málaga por las lindes en la Sierra de las Nieves, tenemos constancia de que entre el Llano de la Casa y el Puerto de los Ventisqueros (Yunquera), se hallaban otros pozos y receptáculos de nieve. Uno de ellos era el denominado pozo de la Calera. La información nos la proporciona un tal Marcos Martín, vecino de Ronda y capataz de la “sierra de la nieve”, en una declaración recogida en el mencionado pleito entre Ronda y Málaga: …save y le consta que la ciudad de Malaga esta en el gose y uso, en la sierra de Yunquera de su juridicion de un pozo llamado La calera, otro los Vallesteros, otro la asperilla; el que llaman el puerto del cuco, y ttres posos en la añada del oreganal… El nombre de este pozo pudo venir de la existencia en sus proximidades de un horno de cal, muy numerosos en esta sierra.
En otro documento de 1615 también se menciona otra calera en las inmediaciones de la Sierra de las Nieves, junto a la denominada Cueva de Duarte, posiblemente localizada en término municipal de El Burgo.
No existe un registro ni un inventario de estas humildes construcciones en ninguno de los municipios de la Sierra de las Nieves, pero su abundancia es pasmosa. Las encontramos en todos ellos en cantidades importantes, lo que nos muestra la importancia del empleo de la cal hasta hace muy pocos años. Casi todos, por no decir todos, son del estilo de los que nos encontramos por Monda. Sólo hay uno en toda la Sierra de las Nieves, que yo sepa, que siguiendo el esquema tradicional se construyó con unas mayores dimensiones y una mayor capacidad de cocción: la ya mencionada calera de los Platitos, en el camino de Alpujata.
Pero por el contrario y a pesar del enorme legado patrimonial material, en la Sierra de las Nieves no existen apenas entrevistas a caleros y a trabajadores de la cal, por lo que ese patrimonio inmaterial se va a evaporar sin dejar prácticamente huella.
Conclusiones
El oficio de calero y su legado material, las caleras u hornos de cal, se están perdiendo tanto en Monda como en todo el ámbito del Parque Nacional Sierra de las Nieves, amén de amplias regiones de España y del mediterráneo. Sería necesario llevar a cabo algunas actuaciones para preservar en la medida de lo posible todo este legado cultural material e inmaterial en nuestro territorio.
Al tenor de lo expuesto, una de las acciones que en mi opinión sería impepinable y muy urgente llevar a cabo sería la de entrevistar a los caleros que aún vivan. Conocer a través de ellos el oficio, las técnicas y su relación con los paisajes y otras actividades, sería necesario antes de que se acaben marchando todos. Junto a los caleros, sería necesario entrevistar a mujeres mayores ¿Y por qué? Porque eran ellas las encargadas de apagar la cal y emplearla en encalar las casas, las fachadas... con sus brochas y con los ya extintos extensores de cañas que han venido siendo sustituidos por los más prácticos y duraderos de aluminio. De esta manera se obtendría una visión más completa del recorrido de la cal, desde que era piedra, hasta su aplicación en las paredes.
Por otra parte, también sería necesario inventariar y documentar todas las caleras y hornos de cal que queden, para potenciar sus valores culturales y en la medida de lo posible, emplearlas para actividades de interpretación del patrimonio o integrarlas en rutas, actividades senderistas… Incluso se podría (y debería) crear rutas en la que se integraran las caleras y otros elementos de nuestros paisajes, como los corrales ganaderos y otras estructuras, pudiendo crearse elementos interpretativos que incluyeran imágenes, textos e incluso vídeos cortos a través de aplicaciones móviles, al objeto de poner en valor nuestros paisajes tradicionales.
Igualmente, se pueden y deben organizar charlas, exposiciones, trabajos con alumnos y estudiantes... con el fin de dar a conocer este oficio, esta tradición, esta parte fundamental de nuestra cultural local reconociendo a estas personas y su aportación a nuestros legados comunes para fomentar la cohesión social a través de la puesta en valor de nuestro patrimonio cultural inmaterial y material.
No existe de forma seria y oficial, INCREÍBLEMENTE, ni un sólo centro de interpretación en toda la Reserva de la Biosfera Sierra de las Nieves que tenga como objeto la puesta en valor de nuestro mundo agrario tradicional, de sus paisajes, de la figura de los trabajadores y trabajadoras del campo y de nuestra cultural popular rural (gastronomía, celebraciones tradicionales, costumbres…). Y no me lo puedo creer.
Algunos me diréis que me estoy dejando fuera lugares como la Casa Museo Marigloria, en Monda, y la Casa Museo deArtes Populares, en Tolox. Pues no. Por supuesto que reconocemos ampliamente que las pioneras iniciativas en Monda y Tolox -por cierto, a cargo de mujeres-, son invaluables e irreemplazables, lo que ocurre es que estos espacios -al margen de otras cuestiones- están concebidos más desde una perspectiva museística decimonónica y estática que desde una proyección más interpretativa, más dinámica, más activa, más participativa... A pesar de que atesoran y cuidan de un patrimonio material tradicional que de no ser de esta manera se habría perdido para siempre, no acaban de funcionar como un elemento irradiador, potenciador y dinamizador de la cultura del mundo agrario y popular en la Sierra de las Nieves. Particularmente para sus propios colectivos vecinales.
Un espacio como éste en una Reserva Mundial de la Biosfera y en un Parque Nacional es, a todas luces, necesario para dos cosas principales:
En primer lugar, de cara al propio territorio y a sus propios habitantes, al objeto de fomentar y apuntalar nuestra identidad, nuestra idiosincrasia (guiño a Martín el Pajarillo). Se da la circunstancia de que el mundo rural tradicional ha caído bajo una visión negativa tanto por colectivos ajenos al mismo, como por los propios habitantes de las zonas rurales, que suelen ver “el campo” como algo atrasado, desvinculado de la modernidad, carente de interés, de oportunidades… y lleno de “catetos”, entre los que yo me encuentro ¡y a mucha honra, cojones!. Es verdad que tenemos problemas de servicios, de infraestructuras, de financiación… pero eso no es óbice para que no conozcamos y reconozcamos de dónde procedemos y nos sintamos orgullosos de nuestros orígenes, de nuestras raíces, de nuestro patrimonio, de nuestra cultura… de lo que somos.
Un espacio, decía, que no sea sólo un centro de interpretación al uso a los que estamos acostumbrados, donde se exhiban aperos de labranza y otros enseres del mundo rural tradicional, sino que además de ser custodio de esos elementos lo sea también del patrimonio cultural inmaterial, de la memoria y sea potenciador y dinamizador de nuestra cultura, de nuestras tradiciones, de nuestras celebraciones, de nuestros productos agrarios...
En segundo lugar, por supuesto, para servir de “bienvenida”, de “recepción” a los visitantes del territorio. Un espacio donde el que llegue, entienda, comprenda y respete a las personas que están, su idiosincrasia, sus tradiciones, su cultura, sus raíces, sus historias, a su territorio…
En la Sierra de las Nieves poseemos unos increíbles paisajes culturales preñados de patrimonio y de historia. Recordad, cuando veáis una calera o a Platito, o a la Juma…, el inmenso acervo cultural que llevan dentro. Probablemente, sin ser plenamente consciente de ello.
Pero bueno, con Pepe y Antonia nos despedimos.
(c) Diego Javier Sánchez Guerra






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