viernes, 27 de diciembre de 2019

EL COMERCIO DE LA NIEVE Y EL OFICIO DE NEVERO EN LA MONTAÑA MALAGUEÑA (SIGLOS XVI-XX). APROXIMACIÓN HISTÓRICA A UN RECURSO Y UN OFICIO DESAPARECIDOS




Hasta hace muy pocas décadas la montaña malagueña proporcionaba un medio de vida que daba de comer a multitud de familias y donde desde tiempos ancestrales se realizaba diferentes labores y oficios como la ganadería, el carboneo, la recogida de leña y plantas silvestres, numersos aprovechamientos silvícolas... Era un paisaje muy humanizado pero con los profundos cambios políticos y socioeconómicos de las últimas décadas, todas esas formas de vida que pertenecían a un ecosistema tan frágil, tan vulnerable, fueron desapareciendo paulatinamente hasta dejar a los entornos montañosos malagueños relegados a una actividad que se ha impuesto en los últimos años: el senderismo, que en multitud de ocasiones y a pesar de los pesares, puede llegar a ejercer un impacto negativo.

El oficio de nevero fue una de esas actividades que aprovechó uno de los recursos que la montaña proporcionó durante siglos hasta que por motivos climáticos, principalmente, escaseó: hablamos de la nieve. Esta entrada versa sobre el surgimiento del aprovechamiento y comercio de la nieve en las montañas malagueñas, sobre los pozos de nieve y los neveros, así como su expansión y su declinar hasta su total desaparición.


Introducción

Las montañas malagueñas forman parte del jovial y afilado arco montañoso de las Sierras Béticas, cordillera alpina que nace en Gibraltar y se extiende por toda Andalucía oriental siendo su composición geológica principal el de las rocas carbonatadas, especialmente calizas, entre las que surgen algunos destacados afloramientos de peridotitas como el singular macizo de Sierra Bermeja o la Sierra de Alpujata. Sus relieves más prominentes se encuentran en Sierra Nevada (Granada-Almería), Sierra de Tejeda y Almijara, Sierra de las Nieves y Serranía de Ronda (Málaga) y la Sierra de Grazalema (Cádiz). 




Su naturaleza geológica hace que domine en ellas las formas del relieve kárstico, donde encontramos barrancos, tajos, torcas y dolinas, lapiáces, toda suerte de abrigos, cuevas y simas... Toda la provincia de Málaga se encuentra ceñida a modo de cinturón por una erizada muralla montañosa donde se supera con holgura los mil metros sobre el nivel del mar y en la que encontramos alturas tan prominentes como el pico de la Maroma (2.066 msnm) en la Sierra de Tejeda y Almijara y el Torrecilla (1.919 msnm) en la Sierra de las Nieves; múltiples y extraordinarias formas del relieve kárstico, como el Torcal de Antequera, máximo exponente de este tipo de paisaje geológico; y donde también hallamos especies relictarias de gran valor ecológico como el pinsapo, que se aferra a la Sierra de las Nieves, donde existe la mayor masa mundial de este tipo de abeto, espacio natural protegido que en la actualidad está inmerso en su declaración como Parque Nacional. Por ello, en los últimos años, las montañas malagueñas se han convertido en un reclamo de primera categoría para el senderismo.









Se da la circunstancia de que entre los siglos XIV y finales del XIX, aproximadamente, tuvo lugar lo que los científicos han venido denominando como Pequeña Edad del Hielo, período en el que se produjo una bajada generalizada de las temperaturas provocadas no se sabe a ciencia cierta porqué causas. Unos estudiosos lo achacan a una menor actividad solar, otros a la liberación en la atmósfera de gran cantidad de partículas procedentes de varios poderosos volcanes, que habría creado una “película protectora” que mitigaría la radiación solar que llegaba a la superficie terrestre. Sea como fuere, lo cierto es que en esos siglos se asiste a un descenso de temperaturas que tuvo efectos a escala planetaria, en algunos casos devastadores: el avance de las superficies cubiertas por la nieve y las grandes olas de frío en Europa y Asia afectaron de lleno a la agricultura, la base del sistema socioeconómico de cientos de millones de personas, provocando terribles hambrunas que se vieron amplificadas por diversas epidemias, crisis políticas, guerras...


La conjunción de los factores altitudinales y climáticos, al menos entre los señalados siglos XIV y XIX, propició que muchas de las cumbres malagueñas mantuvieran unas notables cantidades de nieve a lo largo de muchos meses al año. Conocemos este detalle a través de los testimonios de numerosos eruditos y cronistas, que lo reflejaron en sus obras, y de las fuentes documentales, al menos desde el siglo XVI. De esta manera, a otros aprovechamientos tradicionales del monte mediterráneo como la ganadería, el carboneo, la silvicultura, la obtención de leña, la recogida de fibras vegetales (esparto, palma, etc.)... que llevaban implantadas desde hacía siglos, se sumaría una nueva actividad económica, en este caso importada y no sabemos de donde: la de los neveros.


 

Y es que a pesar de que el uso de la nieve para conservar y enfriar alimentos y bebidas, pero sobre todo para usos médicos, se conocía desde la Antigüedad en todo el Mediterráneo, Oriente y muchas zonas de Europa e incluso de Asia, la descomposición del imperio romano provocó que su utilización y aprovechamiento cayeran en desuso o se redujeran a una mínima expresión durante siglos en las amplias zonas que estuvieron bajo su dominio. A partir de la transición de la época Medieval a la Moderna, con el advenimiento de la Pequeña Edad del Hielo y la recuperación de tradiciones médicas que hundían sus raíces en tradiciones grecolatinas, en los reinos hispanos y otros lugares de Europa, se reimplantó la costumbre del uso del hielo, especialmente para fines médicos, proliferando a partir del siglo XVI los tratados que muestran los beneficios del hielo; así tenemos a  Francisco Franco con el Tratado de la nieve y del uso della, de 1569; a Nicolás Monardes con el Libro que trata de la nieve, de 1571; a Francisco Micón, con Alivio de los sedientos, de 1576... entre muchos otros. Muchos de estos tratados y libros tenían como base o inspiración obras científicas de reputados médicos musulmanes que habían tenido acceso a obras de médicos grecorromanos (Hipócrates, Galeno, Dioscórides y Aristóteles) y habían estudiado los efectos médicos del hielo, como Ibn Sina/Avicena (Afshana/Uzbekistán 980 - Hamadán/Irán 1037). En tierras malagueñas podemos destacar al farmacólogo y botánico Ibn al-Baytar al Malaqui (¿Benalmádena?, 1180 – Damasco, 1248), que en relación a los efectos del hielo y la nieve recogía en su obra Libro recopilatorio de medicinas y alimentos simples -de gran influencia en biólogos y herboristas europeos hasta el siglo XIX- lo siguiente:

El hielo y la nieve, cuando son puros y sin mezcla de impurezas que los conviertan en nocivos y no descomponen el agua ni la enfrían desde el exterior ni se echan en ella, son agua sana y no se diferencia grandemente de las condiciones de sus partes, (...) el agua fría en dosis equilibrada es la más conveniente para los que gozan de buena salud, aunque perjudica al nervio y a los que tienen tumores en las vísceras.












A los usos médicos le siguieron velozmente los gastronómicos, para enfriar bebidas, conservar alimentos, elaborar helados... y no son pocos los que mantienen que fue Marco Polo quien trajo a Europa las primeras recetas para la elaboración de éstos procedentes de China. 

La nieve a la intemperie se conserva muy mal, como sabemos. Por ello para su preservación durante meses había que guardarla en determinados lugares. Parece ser que en un primer momento se guardaba en receptáculos naturales, como cuevas y simas, a los que rápidamente se sumaría los llamados pozos de nieve. Ahí tenemos la famosa sima de la Maroma, en Sierra Tejeda y Almijara, y numerosas simas y cuevas en la Sierra de las Nieves, como la sima de Juan Pato la del Peñón de los Enamorados, que todavía conservan muros artificiales en su interior para retener la nieve o en su exterior, para la instalación de los mecanismos de izaje y extracción (poleas, garruchas...). A la sazón, para ilustrar lo afirmado, en 1629 el vecino de Yunquera Miguel Martín de los Riscos solicitó la concesión de la explotación de una sima y una cueva en la sierra de Yunquera, así como la autorización de la construcción de un pozo de nieve:

Que en el término de la dicha villa había una sierra y en ella una sima, y que era grande, donde se podía encerrar mucha cantidad de nieve para vender (...). Suplicó que se hiciere merced de la dicha cueva y sima, y que en ella pueda hacer pozo y encerrar nieve, sin que otra persona lo pueda hacer...














Pozos de nieve hubo por toda la España peninsular e insular, de muy diversas formas, tipologías y tamaños y con características y denominaciones particulares en determinadas regiones; desde los enormes pozos de las sierras de Mariola y Aitana (Alicante), conocidos como cavas, hasta los de la Sierra de Tramontana (Mallorca), donde los receptáculos para conservar nieve eran rectangulares y se encontraban cerrados por una cubierta de vegetación a dos aguas como si de casas se tratara, conocidos, de hecho, como cases de neu, casas de nieve, pasando por los de Constantina (Sevilla), que se surtía del hielo producido por la congelación del agua en pequeños depósitos, siguiendo la tradición persa de los yakhchales, los “fosos de hielo”, y sin olvidar el singular pozo de nieve excavado en la roca viva que se oculta bajo el castillo de la Mota, en Alcalá la Real (Jaén). Incluso en lugares tan próximos a los trópicos como en algunas de las islas del archipiélago canario hubo pozos de nieve y algunas cuevas que se abastecían de las cumbres nevadas. Además de los pozos, en muchos lugares donde no había nieve o ésta era escasa, pero hacía mucho frío, se construían pequeñas balsas o alberquillas para introducir agua que se congelaba durante la bajada nocturna de las temperaturas. Los bloques de hielo se extraían al despuntar el día y se introducían en los pozos para su conservación. Son muchos los que están convencidos que las piletas del Tunio en la Sierra del Palo, tenían esta función, mientras que otros albergan algunas dudas.











De tal forma en el tránsito de la Edad Media a la Moderna se combinaron varios factores que dieron lugar a la explosión de una actividad económica relacionada con un nuevo recurso de la montaña mediterránea como es la nieve: la disponibilidad y relativa abundancia de este blanco meteoro a lo largo de muchos meses al año debido a la altitud de determinadas montañas y la bajada de las temperaturas; la reintroducción de la costumbre del uso del hielo con funciones médicas primero (inspiradas en tradiciones grecolatinas), y su extensión a usos lúdico-gastronómicos seguidamente; y, por último, la existencia de potenciales mercados de consumo próximos a las zonas de acopio y conservación de nieve, como Málaga y otras poblaciones de las provincias de Cádiz y Sevilla además de sendas capitales, en nuestro caso.



La explotación de la nieve y 
el comercio del hielo 
de las montañas malagueñas

En tierras malagueñas no tenemos constancia del aprovechamiento de la nieve por parte de los musulmanes, a diferencia de lo que ocurre en la vecina Granada, donde encontramos determinados testimonios de algunos cronistas a finales del siglo XV, como Alonso de Palencia (Palencia, 1423-Sevilla, 1492)que se hace eco de su uso por las clases altas nazaríes, aunque de forma muy puntual, en su obra Anales de la Guerra de Granada, según apuntaba Nicolás Monardes (Libro que trata de la nieve): 

Los Reyes de Granada, por auctoridad Real, usavan en los meses de gran calor y Estío, beber las Aguas que bevían, enfriadas con Nieve.

En la siguiente centuria, ya en época morisca, aparecen más noticias sobre el uso de la nieve granadina, que nos trasladan ciertos viajeros y diplomáticos extranjeros ya entrado el siglo XVI, como Andrea Navagero (Venecia, 1483-Blois, 1529), en su obra Viaje por España:

A cinco o seis leguas de Granada hay una elevadísima montaña, que por tener siempre nieve se llama Sierra Nevada, y no enfría mucho la ciudad en el invierno, porque está al Mediodía, y en verano la refresca con sus nieves, de que usan mucho para beber en Granada en los grandes calores (...) Con esta nieve suelen muchos enfriar agua y vino cuando hace demasiado calor.

Pero hasta ese momento las nieves de Sulayr tenían un aprovechamiento menor, sin tener nada que ver con la notable expansión que tendría posteriormente su comercio a partir de época cristiana.

Volviendo a las montañas malagueñas, se piensa que inicialmente el aprovechamiento de la nieve debió ser algo muy puntual en distintos lugares de sus montañas y muy poco extendido. A la sazón la primera noticia que tenemos sobre la explotación de este blanco meteoro en nuestras montañas se refiere al Alférez Mayor de Ronda, Gregorio de Santisteban. Este personaje, que fue un destacado militar en Flandes, en una fecha tan temprana como 1565 obtuvo del monarca Felipe II la autorización para la explotación de las nieves de las sierras rondeñas y de sus alrededores: 

El Rey por cuanto habiéndonos hecho relación por parte de Gregorio de Santisteban, mío Alférez de la ciudad de Ronda, que algunos años acaecía nevar en aquella ciudad y que la nieve que ansí caía ninguna persona la había acostumbrado a guardar y suplicándonos que porque quería edificar algunas casas en que se pudiese conservar para que se aprovechasen de ella en verano los que quisiesen de que se (ilegible) a beneficio a la dicha ciudad y a los demás de la comarca, le diésemos licencia para que él y no otras personas por algún tiempo pudiese guardar la dicha nieve y venderla a la dicha ciudad y su tierra y dos leguas alrededor. Por una mía cédula firmada de mi mano fecha en Madrid a seis de marzo del año pasado de mil y quinientos y sesenta y cinco le dimos la dicha licencia por tiempo y espacio de quince años, con que si alguna la quisiese guardar y beneficiar para su casa, lo pudiese hacer


Extracto del pleito entre Gaspar de Mondragón e Isabel de Aguilera de 1580,
donde se recoge la noticia de Gregorio de Santisteban
(Archivo Real Chancillería de Granada)


Este testimonio documental, sin duda el más antiguo que se conoce hasta la fecha de la explotación de la nieve en las montañas malagueñas -al menos de forma regulada y autorizada por el Rey- nos muestra varias cuestiones importantes: primero, la existencia de un recurso que no era aprovechado por los lugareños o que recibía un aprovechamiento mínimo, como manifiesta el alférez; en segundo lugar, el tema de las “casas en que se pudiese conservar” la nieve, o sea, está hablando de los primeros pozos de nieve que, si hacemos caso al documento, se edificaron en esa misma fecha, 1565, y posiblemente fuesen los primeros que se implantaron en las montañas malagueñas con técnicas importadas de no sabemos todavía donde. En tercer lugar y no menos importante, el área que se reservaba para recoger la nieve: la tierra de Ronda y dos leguas alrededor de ella, por lo que se invadía las jurisdicciones de Yunquera y Tolox, lo que a la postre generaría multitud de litigios, enfrentamientos y problemas gracias a los cuales se generó un gran volumen de documentación a través de la cual podemos conocer múltiples aspectos no sólo del negocio de la nieve y su explotación, sino también de la evolución del clima en la sierra a lo largo de los siglos.



Rápidamente, tras la iniciativa de Gregorio de Santisteban otros vieron en la nieve un importante recurso y fuente de grandes beneficios, proliferando las explotaciones y los pozos; así en 1580 tenemos noticia de como las nieves de la jurisdicción de Tolox eran explotadas como se ha señalado, por la rondeña Isabel de Aguilera, que entabló un litigio con el sobrino de Gregorio de Santisteban y heredero del beneficio de las nieves rondeñas, Gaspar de Mondragón, un apellido que en Ronda no pasa desapercibido. Sin embargo, en Yunquera, las primeras noticias sobre la explotación de la nieve las tenemos en los primeros decenios del siglo XVII.

Conocemos los centros productores de nieve y sus destinos, así como los procesos de almacenaje y comercio meridianamente bien, aunque se nos escapan determinados detalles... En lo que se refiere a las zonas productoras en las montañas malagueñas, en el sector occidental nos encontramos con los escasos neveros de la Sierra del Palo y las polémicas pilas del Tunio, estudiados por Manuel Becerra Parra. A continuación, el sector de la Sierra de las Nieves, la mayor zona productora de Málaga y la mayor de Andalucía, tras Sierra Nevada (Granada) y Sierra Mágina (Jaén), en proceso de estudio por Diego Javier Sánchez Guerra, siguiendo el camino abierto por Juan Bardón Garcés, Andrés Sarriá Muñoz y María Dolores Pérez de Colosía, que ya han realizado algunos interesantes y pormenorizados trabajos, especialmente el primero de ellos, y que ha localizado documentalmente alrededor de tres decenas de receptáculos artificiales y naturales. Hacia el norte, nos encontramos con los de la Sierra del Jobo, lindes con la provincia de Granada, que abastecieron a Archidona y Antequera, principalmente. Por último, hacia el sector oriental, nos encontramos con los neveros y pozos de nieve de la zona de la Ajarquía, en la Sierra de Tejeda y Almijara, minuciosamente estudiados y publicados por Rafael Yus Ramos y Purificación Ruiz García. Por otra parte, según testimonian los investigadores Manuel Becerra Parra y Javier Martos, en Sierra Bermeja, cerca de Los Reales, se localiza al menos un pozo de nieve, aunque imaginamos que debió haber más. Se trata de un interesante descubrimiento que extendería el oficio de nevero a una sierra netamente litoral y a uno de los espacios naturales más singulares de la Península Ibérica por su naturaleza geológica. De confirmarse, estaríamos ante el pozo de nieve más meridional de Europa continental y quizás el único que se encuentra ubicado en un entorno geológico compuesto por rocas peridotitas. No obstante, entendemos que este pozo, del que todavía no hemos hallado huellas documentales, debió tener poco uso a lo largo del tiempo. 

















Por otro lado, albergamos la sospecha de que en la zona del Torcal de Antequera, puntualmente, pudo haber existido algún aprovechamiento de nieve en algunos momentos determinados, pero esta es una hipótesis que, aunque adelantamos, por el momento no está confirmada. Por otra parte, no conocemos noticias de la conservación de nieve en los montes de Málaga y su comercio; su poca altitud (el punto culminante de la Cresta de la Reina está a 1032 msm) y las influencias marinas dada su relativa proximidad al mar, habrían creado unas condiciones adversas que impedirían la eficiente conservación de este meteoro.


En estos lugares la altitud, el frío y las intensas nevadas dieron lugar a que en la mayoría de los años en que duró la Pequeña Edad del Hielo, hubiera nieve en abundancia y que ésta permaneciera en las cumbres a lo largo de muchos meses. Para que durara más tiempo, para que llegara a la estación estival y a los meses de más calor en los que era consumida, era almacenada y transformada en hielo en los llamados pozos de nieve, en arrimadizos (acumulaciones de nieve prensada en superficie), pucheros (hoyos donde se prensaba y conservaba la nieve), simas y cuevas. Con todo lo que más abundaba eran los citados pozos de nieve, de los que hay muchas tipologías en la geografía peninsular e insular; los que malviven en las sierras malagueñas eran del tipo ventisquero, que la investigadora Guadalupe Pizarro define como:

...excavaciones de escasa profundidad, sin cubierta de obra pero protegida por muros, generalmente semicirculares o circulares, de cierta altura. El muro cerraba una vaguada o depresión del terreno y servía para aprovisionarse de nieve sin construir un pozo de almacenamiento propiamente dicho. Este tipo de estructuras se conserva aún en poblaciones de montaña andaluzas como Valdepeñas de Jaén, la Sierra de las Nieves en Málaga, y Sierra Nevada.





De hecho el Puerto de los Ventisqueros, en Yunquera, debe su nombre a la existencia de cinco o seis de estos pozos de nieve de tipo ventisquero, entre los que se encuentra uno de los pozos de nieve que más conflictos y litigios generó entre las poblaciones de Ronda, Tolox y Málaga en la Sierra de las Nieves: el pozo de la Regierta.
La nieve tenía una propiedad. En algunos casos era privada, como en la Sierra del Palo, que pertenecía al Marqués de Cuevas del Becerro, señor de Montejaque y Benaoján; en otros pertenecía a los concejos de determinadas poblaciones, como acabó ocurriendo en Ronda cuando los herederos de Gregorio de Santisteban perdieron sus derechos de explotación de la nieve, o la ciudad de Málaga, que desde el siglo XVII al XIX tuvo la propiedad de la explotación de las nieves y pozos de Yunquera  y que previamente había estado en manos de la familia de Juan Clavero de León, de Archidona, que habían arrendado previamente los derechos de explotación de parte de Andalucía al empresario de origen catalán Paulo Charquías/Pablo Xarquíes -autorizado por Felipe III a principios del siglo XVII para la explotación de todos los hielos del reino- pero esa es otra historia en la que no vamos a entrar para no enredarnos más y salirnos de nuestro tema. Consultadas las fuentes documentales se observa el interés que tienen los consejos de las poblaciones más importantes en monopolizar la explotación de las nieves para sacarla pública subasta, dados los buenos beneficios que reportaba.

El procedimiento era muy similar en casi todos los lugares: los ayuntamientos o concejos abrían un plazo para recibir las ofertas o posturas al abasto de la nieve. Las personas interesadas, bajo las condiciones impuestas por los municipios y que afectaban a precios, lugares de venta, condiciones de abastecimiento... hacían sus propuestas económicas, incluyendo, en algunas ocasiones, determinadas cláusulas como que se les entregara los pozos limpios -cosa que ocurría en contadas ocasiones- y que los caminos serranos por donde transitaran las bestias cargadas de hielo estuvieran arreglados.

El abastecedor de la nieve o nevero cuya postura era aceptada debía organizar la limpieza de los pozos, las contrataciones de personal para las tareas de almacenaje de nieve, el transporte desde las montañas hasta las ciudades y su distribución en éstas, realizar el abono de los múltiples impuestos y gravámenes... lo que suponía cubrir unos enormes gastos con su propio capital. En la montaña y tras las primeras nevadas, buscaba capataces y peones que llenaran los pozos de nieve, las simas y cuevas, que conformaran los arrimadizos... para su posterior apertura en la época de mayor consumo, que era durante el período estival. Los pozos se llenaban de nieve que se prensaba con pisones de madera para transformarla en hielo en capas de un grosor regular separadas por paja hasta conformar una semiesfera que se recubría de materia vegetal comprimido, tierra muy apisonada y, en el caso específico de los pozos de la Sierra de las Nieves, se cubría con esteras de esparto para una mayor protección, como hemos tenido ocasión de comprobar en distintas ocasiones en las fuentes documentales. Un detalle hasta el presente poco conocido y que ya observó en su momento Juan Bardón Garcés en su estudio. La labor de recogida y llenado del pozo era realizada por una serie de peones dirigidos por un capataz de la nieve.

En el momento de la apertura de los pozos adquirían su protagonismo los arrieros, que debían llevar grandes cargas de hielo a los destinos requeridos en un periplo que podía durar de una a varias jornadas. El hielo era extraído en bloques por la tarde-noche bajo la supervisión del capataz -que verificaba el peso de las piezas- cuando las temperaturas eran menos rigurosas, y cargado en bestias que los llevaban a lugares a veces muy distantes, como veremos. La carga de los bloques de hielo se hacía en serones en los que se introducía paja muy fina llamada tamo -que en muchos casos se obtenía de las eras según los testimonios orales a los que hemos tenido acceso- y se envolvía en mantas, para preservar mejor la carga y protegerla del calor.


Las altas temperaturas unida a la duración del viaje hacía que la carga se fuera derritiendo poco a poco, llegando a su destino sólo una porción de lo inicialmente cargado y haciendo aumentar el precio del producto. Los riesgos de los arrieros no sólo lo entrañaban los calores, pues la caída de una o varias bestias de carga podía dar al traste con toda la mercancía provocando grandes pérdidas y no olvidemos, por otra parte, que algunas de las sierras estaban infestadas de bandoleros, por lo que los transportistas iban en grupos más o menos numerosos a los que en ocasiones se solía sumar algunos viajeros que han dejado en algunos relatos ciertas informaciones relacionadas con los arrieros del hielo. De tal forma entre los siglos XVII y XVIII, para el abastecimiento de grandes ciudades como Cádiz o Málaga, se formaban cuadrillas de arrieros que conducían decenas y decenas de bestias cargadas de hielo todos los días. Una vez llegados a su destino, la carga se introducía en pozos urbanos y neverías desde los que era distribuida a comerciantes, médicos, heladeros, botilleros... Como curiosidad señalar que para el abasto de hielo a la ciudad de Cádiz en verano, entraba cada día un convoy de alrededor de ochenta bestias, unas cargadas con hielo, otras de refresco, otras con vituallas... procedentes de la Sierra de las Nieves y de otros lugares como la Sierra del Palo o la Sierra de Grazalema, que tardaban varios días en llegar desde sus lugares de procedencia.

La nieve de la Sierra de las Nieves alcanzó distintos y distantes destinos; la procedente de Yunquera abastecía íntegramente a la ciudad de Málaga, al menos hasta principios del siglo XIX en que pasó a gestionarse por el Ayuntamiento de Yunquera; las de Ronda y Tolox, se dirigieron a otros lares como Ronda, numerosas poblaciones de Cádiz (Cádiz, Olvera, Jerez de la Frontera, Tarifa, Algeciras...) y Sevilla (Sevilla, Marchena, Osuna, Carmona...), así como la propia Gibraltar. Incluso logró atravesar el Estrecho y en frecuentes ocasiones abasteció a la ciudad de Ceuta. Las nieves de la Sierra del Palo, sumadas a las de Grazalema, también buscaron destinos gaditanos, principalmente, aunque también llegó a alcanzar poblaciones sevillanas. Las nieves del Jobo iban a parar a Archidona y Antequera, primordialmente, mientras que las de la Ajarquía, de las que le botánico Edmund Boissier nos ha dejado un detallado relato, tenía Vélez-Málaga y otros núcleos costeros como principales destinos. En algunas ocasiones puntuales llegó a abastecer a la ciudad de Málaga cuando las de Yunquera no fueron suficientes para cubrir la demanda. Sobre los neveros que existían en este lugar y el negocio de la nieve en Canillas de Aceituno nos da buena cuenta de ellos el botánico Edmond Boissier en su visita realizada hacia 1837:

…a solo trescientos pies por debajo del punto culminante; hay allí unas bandas calizas horizontales entrecortadas por grietas y fracturas parecidas a las que se observan en algunos puntos del Jura; se ha aprovechado esta exposición fría y elevada para establecer unos ventisqueros. Son sencillamente unas cavidades circulares de unos diez o doce pies de diámetro y seis de profundidad, en las cuales se almacena la nieve durante el invierno; se cubre después, primero con ramas, después con tierra, y se conserva así todo el verano. Un buen número de ventisqueros estaban dispuestos en los alrededores, unos abandonados, otros llenos o en explotación.


Principales destinos del hielo de la Sierra de las Nieves entre los siglos XVI-XIX
(Elaboración propia)



Los usos de la nieve 
y el hielo

En el caso del macizo montañoso compartido por Yunquera, Ronda y Tolox llegó a ser tan sumamente importante la explotación y el comercio de la nieve que aunque los lugareños de cada localidad conocían este lugar por Sierra Blanca de Tolox o Sierra Blanquilla, los toloxeños; Sierra de Ronda, los rondeños; y Sierra de Yunquera o Sierra Nevada de Yunquera, por los yunqueranos, entre otras muchas denominaciones que no podemos traer aquí, empezó a ser conocida como Sierra de la Nieve o Sierra de las Nieves, especialmente por los malagueños, porque de allí procedía el hielo procedente de la nieve que se consumía en la ciudad.

La Sierra de las Nieves en un dibujo de 1782
(Medina Conde)

Otro topónimo relacionado con la nieve que se impuso con el tiempo es el de Maroma. Al parecer el punto culminante de Sierra Tejeda y Almijara recibe este nombre por la maroma o cuerda gruesa de gran resistencia que se empleaba para extraer la nieve de la sima del mismo nombre. 

En la Antigüedad el uso más extendido que había tenido la nieve y el hielo era con funciones médicas (reducir inflamaciones, luchar contra la fiebre, calmar dolores...) y secundariamente gastronómicas (conservar alimentos, enfriar bebidas...). Andado el tiempo la finalidad gastronómica se fue ampliando y diversificando pues a la conservación de alimentos y el enfriamiento de bebidas, siguieron la elaboración de helados, sorbetes, bebidas refrescantes... En el siglo XVIII en Málaga había diversos puestos donde se vendía hielo que se adquiría para elaborar helados, enfriar bebidas, elaborar refrescos como la aloja, para usos médicos (reducir inflamaciones, fracturas, rebajar las fiebres...),... y es que en momentos de grandes epidemias los concejos municipales se preocuparon de que el hielo no faltara a los enfermos para combatir las fiebres y evitar que se propagaran las enfermedades y afectaran a más población, como hemos tenido ocasión de ver en algunos documentos archivísticos. El consumo de hielo aumentaba en la ciudad cuando se celebraba alguna festividad, había más actividad en el puerto o se declaraba alguna epidemia. 

En la actual plaza de la Judería, junto a calle Granada, hubo uno de estos almacenes de hielo urbanos, que las fuentes documentales para el caso de Málaga llaman “entamaderos” (posiblemente derivado de la palabra tamo antes citada,  siendo lugares donde la nieve quedaba cubierta de tamo o entamada para su conservación) y no pozos, como en otros lugares (Sevilla o Cádiz, donde dieron lugar a nombres de calles y plazas), en los que se expedía el hielo procedente de la Sierra de las Nieves y en menor medida, los años que no nevaba en ésta o en que las nieves eran escasas, de Sierra Tejeda y Almijara o incluso de Sierra Nevada. El nombre de plaza del Pozo de la Nieve se barajó para este espacio, pero finalmente se impuso el de Plaza de la Judería, más mediático y acorde con las finalidades turísticas y especuladoras del lugar y la imagen que pretende vender la ciudad de Málaga en los últimos años como destino pretendidamente ligado a lo "cultural", que que verdaderamente va ligado a un turismo masivo, especialmente de cruceristas, donde lo "cultural" se ha mercantilizado in extremis.




Eran tales las ganancias que en ocasiones reportaba a la ciudad de Málaga el hielo que sacaba al abasto que a veces se empleaba en determinadas obras de infraestructuras, como ocurrió en 1647, donde tenemos noticia que los beneficios del pozo de Porticati (Yunquera) se invirtieron en las obras de construcción del muelle de la ciudad, parte del cual ha salido a la luz recientemente con las obras del metro y de remodelación de la Alameda Principal.


 El puerto de Málaga en el siglo XVII.
Alonso de Oviedo



El fin de los neveros y 
de los pozos de nieve

Desapareció la nieve y desaparecieron el oficio de nevero, la cadena de comercio y abastecimiento, las interminables procesiones de bestias cargadas de hielo, los arrieros, los pozos y ventisqueros, los hombres de la nieve, la memoria de los paisajes neveros, del oficio y sus técnicas... No sólo podemos achacar su desaparición al cambio del clima con el aumento de las temperaturas andado el siglo XIX y el inexorable retroceso de las nieves, porque la llegada del frío industrial en esa misma centuria a las grandes ciudades supuso un importante varapalo al negocio de la nieve y el hielo naturales a nivel nacional. Además, los médicos del XIX ya veían que el hielo procedente de las montañas en algunas ocasiones, más que ayudar a sanar, contribuían a propagar las infecciones cuando no provocaba otras, porque era recogido, almacenado y transportado de forma poco higiénica. En los galenos del siglo XIX se fue percibiendo ese hielo de las montañas como algo más negativo que positivo. 

No tenemos una fecha fija del final de la actividad en las montañas malagueñas porque el oficio fue languideciendo, muriendo poco a poco. En la Sierra de las Nieves, donde parece que la actividad perduró más tiempo, se viene aceptando el año de 1.930 como el último en que se llenó un nevero en el puerto de los Ventisqueros, en Yunquera, según testimonio del último nevero yunquerano: Miguel Macías Doña (1908-2006), recogido por Miguel Merchán Toledo. Sin embargo, algunas fuentes orales apuntan a que su comercio se mantuvo en años posteriores, muy avanzada la década de los cuarenta del siglo XX, pero ya prácticamente de forma marginal buscando como destino algunos pueblos no muy distantes para sus fiestas estivales y en no pocas ocasiones como distracción para ocultar la verdadera mercancía de contrabando, de extraperlo, en el Tiempo de la Jambre, en los durísimos años de posguerra.

Por otro lado, los pozos de nieve no son sólo restos de un oficio perdido, un patrimonio cultural que atesora técnicas de construcción y explotación con miles de años de tradición en proceso de declive a merced de la vegetación, la meteorología, el olvido... también son un valioso indicador de los cambios climáticos a lo largo del tiempo tal y como hemos tenido oportunidad de comprobar en la Sierra de las Nieves, donde los pozos más antiguos eran los que en la actualidad se encuentran en las cotas más bajas, como el restaurado de los Corrales, en el Puerto del Saucillo, o el de Porticate, en el paraje del mismo nombre y aún por localizar, pues cuando subieron las temperaturas, la nieve se fue quedando en las zonas más elevadas, donde hubo que edificarse otros pozos o ventisqueros mientras dejaban de usarse los anteriores.




La nieve fue un bien caro al principio, cuando empezó a despegar el negocio, pero con el tiempo logró estar al alcance de amplias capas de la sociedad y reportó unos enormes beneficios a los neveros, a los comerciantes del abasto de la nieve, a pesar de que se quejaban continuamente del poco rendimiento que decían obtener. Del comercio de la nieve “negra” o de contrabando, nada sabemos, pero en la picaresca España de El Lazarillo de Tormes y de Rinconete y Cortadillo, sospechamos que debió ser importante porque en algunos contratos de abasto, especialmente en Málaga, se prohibía a los neveros vender la nieve que sobrase en otros destinos y que no iba a consumirse en Málaga. Por tanto, creemos que en no pocas ocasiones el nevero comunicaba a la ciudad de Málaga unas cantidades de hielo almacenadas menores a las que habría en realidad, para, con ello, poder disponer de cierta mercancía para vender de contrabando a un precio libre y no limitad por el cabildo malagueño evitando también el pago de tasas e impuestos y extrayendo unos mayores beneficios, en parte no declarados.

Del negocio de la nieve extraían pingües beneficios las más de las veces los neveros, las ciudades y la Hacienda Real vía impuestos porque era un producto sometido a muchos gravámenes, pero lo cierto y claro es que los trabajadores de a pie, los que se ocupaban de recoger la nieve, llevarla pesadamente en sus espaldas a los pozos y comprimirla, obtenían muy poco salario, pues se encontraban muy mal pagados y trabajaban en unas condiciones de frío extremo y sin preparos adecuados.


Apenas han quedado huellas perceptibles de lo que realmente fue una actividad económica de gran importancia en gran parte de la montaña malagueña: malviven algunos pozos devorados por la vegetación y los sedimentos, fagocitados por el olvido (realmente pocos si hacemos caso a los recogidos en las fuentes documentales), aunque en el Parque Natural Sierra de las Nieves podemos contemplar dos de ellos restaurados por los responsables del Parque Natural; algunas casuchas, pero nada de las numerosas chozas que hubo y que sirvieron de refugio a los neveros junto con algunos abrigos y determinadas pequeñas cuevas, que aparecen mencionadas con frecuencia en las fuentes documentales y en los testimonios escritos de viajeros, botánicos y estudiosos. Menos asociados al comercio de la nieve son muchos de los senderos que llevaban a los pozos y que debían empedrarse por el enorme tránsito de mercancías, no sólo de hielo, también carbón, leña... y que hoy día se mantienen “vivos” gracias a los grupos de senderistas. En el Parque Natural Sierra de las Nieves todavía podemos apreciar algunos de ellos.  

Pero la huella de los neveros va mucho más allá, pues es también literaria y documental; muchos cronistas, viajeros y botánicos recogieron el trabajo de los neveros en sus escritos, como Simón de Rojas Clemente, Edmund Boissier, Francis Carter... pero muy especialmente el primero de ellos nos ha trasladado datos de gran interés, y en los archivos históricos de muchas poblaciones podemos encontrar una preciosa información sobre el abasto y el suministro de la nieve, su comercio, los conflictos que generaba su aprovechamiento.... Junto a las fuentes literarias y documentales también debemos destacar las orales, recogidas, en el caso de la Sierra de las Nieves, a través de algunas entrevistas realizadas a neveros y arrieros hace más de dos décadas en un proyecto que puso en marcha la Mancomunidad de Municipios de la Sierra de las Nieves y su Entorno dirigido por su gerente, Tomás Rueda Gaona, y que hoy día son una auténtica joya documental. Quizás sean estos los únicos testimonios orales de neveros y arrieros que trabajaron con la nieve, aunque ya de forma tardía, inmortalizados en cintas magnetofónicas.

El oficio de nevero pervive en algunos países de América del Sur, donde se le conoce como hielero porque el comercio se sostenía en la extracción de hielo natural de las altas montañas, de viejos volcanes adormecidos, y su acarreo a los puntos de consumo. En esas regiones los pozos de nieve no eran muy frecuentes. Allende el mar los conquistadores hispanos llevaron la tradición de la explotación y consumo de la nieve, así como las técnicas de conservación, y trajeron de vuelta a Europa recetas de helados hechos a base de frutas exóticas. Entre ellos hubo un malagueño natural de Mijas, Miguel de Agustín de Olmedo y Troyano (padre de José Joaquín Eufrasio de Olmedo y Maruri, abogado, político, poeta y prócer de la patria ecuatoriana) que detentó el abasto de la nieve durante varios años en la ciudad ecuatoriana de Guayaquil durante la segunda mitad del siglo XVIII, donde sabemos que construyó cuatro pozos en la Ciudad Vieja para la conservación del hielo procedente del volcán del Chimborazo.




La desaparición de este oficio en nuestras tierras anunciaba tempranamente la muerte o retroceso de otros oficios tradicionales de las sierras malagueñas arrollados por el progreso y por los profundos cambios socio-económicos que se despegaron tras la Segunda Guerra Mundial y las consecuencias de la brutal expansión del ciclo del petróleo, cuyos efectos llegaron tardíamente a una España lastrada por una dictadura de cuatro devastadoras décadas, tales como el de espartero, el de carbonero, el de leñador, el de arriero, cabrero, apicultor... Así, en las últimas décadas, la montaña malagueña ha ido perdiendo gran parte de sus formas de vida, gran parte de su identidad y cultura, gran parte de su componente humano...

Un antiguo trabajador de la nieve de Yunquera, Francisco Sibajas, Catarrito, resumía el final de un oficio y de una época con estas sencillas palabras:
Un día vino uno con gaseosa y helados... y se acabó el ir al ventisquero.



El yunquerano Francisco Sibajas, Catarrito,
uno de los últimos trabajadores de la nieve. 
(Foto familia Sibajas)



Un saludo y hasta la próxima entrada.

                                                                     © Diego Javier Sánchez Guerra




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