lunes, 4 de mayo de 2015

EL GENOCIDIO NAZI EN LA SIERRA DE LAS NIEVES. Nueve víctimas de la Sierra de las Nieves en el campo de concentración de Mauthausen


El título de esta entrada no es en absoluto gratuito ni peregrino. Tampoco es excesivo. De hecho es el más acertado de los que he barajado y el que mejor ilustra el contenido de este post. La palabra genocidio es dura. Terrible. Siniestra. Etimológicamente se encuentra formada por dos palabras, la griega genos, que significa raza o tribu, y la latina cidio, que significa matar. Fue creada en 1944 por un abogado polaco judío, Rafael Lemkin, para denominar la política nazi de crímenes sistemáticos contra la comunidad judía y otros grupos étnicos durante la II Guerra Mundial.

Si la buscamos en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua la palabra genocidio, aparece como única acepción la siguiente: Exterminio o eliminación sistemática de un grupo  social por motivo de raza, de etnia, de religión, de política o de nacionalidad. Entre los investigadores del genocidio nazi, a grandes rasgos, hay tres tendencias según se aplique unos criterios más o menos restringidos; por un lado están los que señalan cómo únicas víctimas del genocidio a los miembros de la comunidad judía, lo que conocemos por el Holocausto judío (Shoá, "La Catástrofe"); por otro lado están los que a éstos, suman otras minorías eslavas y a la etnia gitana; y finalmente están los que incluyen en ese genocidio a todas las víctimas de la maquinaria nazi de picar carne humana (a los anteriormente señalados habría que sumar disminuidos, homosexuales, gentes de izquierdas…). Siguiendo esta última línea se puede afirmar que el genocidio nazi durante la II Guerra Mundial acabó con la vida de entre 11 y 12 millones de seres humanos. Sus víctimas más numerosas se encontraban entre la comunidad judía que sumarían unos seis millones de asesinados, pero también se cernió sobre otras etnias, nacionalidades, credos, minorías… entre ellos miles de españoles. Fueron nueve vecinos de lo que ahora denominamos comarca de la Sierra de las Nieves los que, por distintas circunstancias, cayeron en manos de los nazis y fueron llevados a uno de los campos de concentración más terribles que se crearon. Sólo uno de ellos logró sobrevivir más de cuatro años a ese infierno indescriptible que a veces vemos recreado en películas y documentales.

Este año 2015 se cumplen 75 de la llegada de los primeros españoles a los campos de concentración nazis y siete décadas de su liberación. Esta es la historia de esos nueve hombres, de sus circunstancias y avatares, de sus sufrimientos, de sus vivencias… un pequeño homenaje a la memoria y al recuerdo de ellos y de todos los españoles y españolas que fueron víctimas del genocidio nazi, tanto los que murieron como los que sobrevivieron, tanto los que padecieron la privación de libertad, las torturas y las múltiples y macabras formas de asesinatos como los familiares y amigos que nunca más volvieron a verlos y sufrieron su ausencia.

Antes de entrar en materia quiero mostrar mi agradecimiento a una serie de personas que me han proporcionado información y datos valiosos para reconstruir parte de la memoria de una de esas víctimas y el único superviviente, Francisco Domínguez Fernández. Y quiero hacer los agradecimientos al principio porque esta entrada es tan larga que, para ser sincero conmigo mismo, no creo que se la lea entera ni mi madre: a Francisco Lara, de Tolox, por haberme puesto en contacto con otras personas que conocieron a Francisco Domínguez y que me han proporcionado información para contar su historia. Desde el grupo de facebook que dirige y su blog Imágenes  de Tolox lleva años realizando una encomiable e imponderable labor de recuperación de la memoria visual de Tolox y los toloxeños, un trabajo que el futuro le agradecerá. A Carmen López, de Tolox, por regalarme la memoria de su padre; a Francisco Elena y su esposa Rafaela Vera, por recibirme en su casa y compartir los recuerdos y las pocas pertenencias de su tío Francisco Dominguez conmigo; a María Victoria Elena, depositaria de la memoria de su padre, íntimo amigo de Francisco, por haberme acercado a sus familiares y haberme aportado numerosos y valiosos datos. Sin su ayuda el capítulo dedicado a Francisco Domínguez no podría haberse elaborado; a Anica Riveros por haberse interesado y haberme aportado sus recuerdos desde nuestra vecina Francia.



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Hace algunos años en los jardines de la Diputación Provincial de Málaga y por casualidad reparé en una maciza construcción en forma de muro de tez grisácea revestido, por ambas caras, de letras aceradas y resplandecientes. Me acerqué a indagar pues no tenía la menor idea de qué podría tratarse aquella mole. Cuando me aproximé lo suficiente pude ver que en ella se recogía los nombres de más de cien malagueños -con sus respectivos pueblos de origen- que habían sido víctimas de una de las mayores atrocidades de la historia de la Humanidad: el genocidio nazi. Cuando lo contemplé, no podía dar crédito a lo que tenía delante. Nunca llegué a imaginar que algunos malagueños hubieran pasado por aquel horror (y por otros anteriores, como acabaría enterándome) pues desconocía por completo esa historia que nunca nos habían contado, que no aparecía en los libros de estudio... Me licencié en Historia por la Universidad de Málaga y en aquel momento no tenía ni idea de estos acontecimientos ni de muchos otros de la historia reciente de nuestro país, no me da vergüenza admitirlo. 





Sombras de Luz. Monumento en los jardines de la 
Diputación de Málaga realizado por Rafael Alvarado que simboliza el triunfo de la memoria frente al olvido


De forma inmediata y un tanto torpe por la emoción, mi curiosidad me empujó a buscar alguna víctima procedente de Monda que por fortuna no hallé. Por el contrario sí pude descubrir que había ocho vecinos de la Sierra de las Nieves que habían sufrido y perecido en aquel horror inenarrable de los campos de concentración nazis. Todos ellos habían pasado por Mauthausen y algunos de sus campos anexos, como el mortífero Gusen o el siniestro castillo de Hartheim. Se trataba del morisco Diego Cantarero Ballestero; de los guareños Diego Ruiz Agüera y Felipe Fernández Sánchez; de los hermanos panochos Francisco Granados Ortiz y Gonzalo Granados Ortiz; del ojenete Diego Sánchez Ortiz; y de los yunqueranos José Mateo Rivas y Antonio Piñeiro Mateo.

Más adelante, cuando empecé a documentarme para elaborar esta entrada, me enteré de que otros malagueños habían sobrevivido al infierno nazi y, para gran sorpresa mía, uno de ellos era vecino del municipio de Tolox: Francisco Domínguez Fernández, del que trataremos de componer su historia más adelante.




Algunos de los nombres de nuestros vecinos en el 
monumento de la Diputación Provincial


De las 200.000 personas que se estima pasaron por este campo de muerte, sufrimiento, humillación, torturas, explotación y exterminio por el trabajo, se calcula que más de la mitad fue transformada en cenizas y elevada a los cielos en forma de un espeso e irrespirable humo, suerte de fosas comunes flotantes, después de meses o incluso años de grandes padecimientos. Los que sobrevivieron a aquel terrorífico infierno no han olvidado ese olor fuerte y penetrante a pelo, carne y hueso humanos incinerados que se adhería a las fosas nasales e impregnaba la ropa, el campo, todo el ambiente a varios kilómetros a la redonda... también la memoria y los recuerdos. Un olor a muerte al que forzosamente hubieron de acostumbrarse y del que no se han podido desprender en toda su vida.





Este año 2015, como se ha señalado, se cumplen 70 años de la liberación de los campos de concentración nazis y a pesar de que sobre este tema se han realizado infinidad de libros y artículos, recientemente se ha publicado un libro que reivindica su memoria: LOS ÚLTIMOS ESPAÑOLES DE MAUTHAUSEN, de Carlos Hernández de Miguel. Se calcula que en total, fueron más de 9.000 los españoles que pasaron por esos campos del horror, de los que sólo lograron sobrevivir alrededor de uno de cada tres. Este completísimo y necesario libro recoge sus avatares y los rescata del olvido.





La UNESCO toma como referencia para la celebración de la liberación de los campos nazis la fecha del 27 de enero, día en el que fue liberado el tristemente famoso campo de concentración y exterminio de Auschwitz (Polonia) por las tropas soviéticas. En este lugar fueron asesinados e incinerados más de un millón de judíos. Más personas que habitantes tiene ahora mismo toda nuestra vecina provincia de Granada. Pero el campo de concentración de Mauthausen, donde había miles de españoles, por donde habían pasado unos 1.530 andaluces, unos 223 malagueños y nuestros nueve vecinos de la Sierra de las Nieves: el morisco Diego Cantarero Ballestero; los guareños Diego Ruiz Agüera y Felipe Fernández Sánchez; los hermanos panochos Francisco Granados Ortiz y Gonzalo Granados Ortiz; el  ojenete Diego Sánchez Ortiz; los yunqueranos José Mateo Rivas y Antonio Piñeiro Mateo; y el toloxeño Francisco Domínguez Fernández, no fue liberado hasta la mañana del 5 de mayo de ese mismo año por una avanzadilla de las tropas de los Estados Unidos. Francisco Domínguez fue el único que pudo verlo, que pudo vivirlo, que pudo disfrutarlo pues sus otros ocho compañeros alcanzaron la libertad algunos años antes a través de la chimenea del crematorio…




CONTEXTO HISTÓRICO

A finales de los años treinta del siglo pasado, ante la inminente victoria en la guerra de España del sublevado general Francisco Franco, más de 400.000 republicanos españoles entre los que se encontraban mujeres, niños, hombres y ancianos, junto con los despojos del Ejército Popular,  buscaron refugio en la vecina Francia ante el temor de las represalias de los vencedores. Riadas de refugiados, enormes mareas humanas, borbotones de personas, se atropellaban en la frontera francesa. Los supervivientes refieren como las autoridades galas los internaron en improvisados campos de refugiados en grandes descampados en el campo o junto al mar (Argelês-sur-Mer, Saint-Cyprien, Barcarês, Septfonds, Rivesaltes, Vernet d´Ariège), que carecían de unas mínimas condiciones de habitabilidad e higiene y donde padecieron continuas vejaciones. La alimentación era escasa y mala y había un gran hacinamiento que favorecía la proliferación de enfermedades contagiosas. Los piojos y las pulgas se hicieron dueños de los campos, el tifus, la disentería y la sarna fueron el pan nuestro de cada día. Miles de españoles (se calcula que alrededor de 15.000) no resistieron esas extremas condiciones y acabaron muriendo. La Parca se cebó especialmente entre niños y ancianos, siempre los más débiles y vulnerables…








Nos encontramos en un banco una escena dramática. Allí estaba  Antonio Machado con su madre, sentados en la plaza pública (de Banyuls, sur de Francia) como a las doce del medio día. Mi compañero Cillán me dice: “Fíjate quién está aquí, don Antonio Machado”. Nos acercamos. Era un hombre deseando la muerte. Su madre, acurrucada en sus brazos. Él con su sombrero caído, la barba crecida. Estaba tiritando. Hacía frío pero no tanto como para tiritar. Entonces yo, impulsivamente le di mi capote. Alcanzó a decir “gracias” malhumoradamente y nos dijo: “Estoy esperando a mi hermano Pepe”. La madre estaba dormida o enajenada de la vida mental” (Eulalio Ferrer, testimonio recogido en Los últimos españoles de Mauthausen, de Carlos Hernández). A los pocos días el gran poeta murió en el pequeño pueblo de Colliure, al sur de Francia, su madre lo seguiría poco después. En el bolsillo de su vieja chaqueta encontraron un papel donde había escrito sus últimos versos: Estos días azules y este sol de la infancia…






Las autoridades francesas, desbordadas ante tan incontenible avalancha humana, quizás el primer movimiento masivo de refugiados de la Historia, se vieron completamente superadas y trataron por todos los medios de que los españoles regresaran a España. Muchos acabaron haciéndolo, esperando que su escaso compromiso político en los tiempos precedentes no los señalaran, mientras que otros prefirieron quedarse en Francia ante una segura condena a largos años en un infame penal o el tener que vérselas a cara de perro ante un pelotón de ejecución. El morisco Diego Cantarero Ballestero; los guareños Diego Ruiz Agüera y Felipe Fernández Sánchez; los hermanos panochos Francisco Granados Ortiz y Gonzalo Granados Ortiz; el ojenete Diego Sánchez Ortiz; los yunqueranos José Mateo Rivas y Antonio Piñeiro Mateo; y el vecino de Tolox Francisco Domínguez Fernández, pasaron por todas estas vicisitudes pero los ocho primeros ya nunca volvieron a España, lo más cerca que estarían de ella sería a través del sentido recuerdo de sus familiares y amigos.


El Gobierno francés nos encerró en campos de concentración  como si fuésemos bestias. Allí moríamos de hambre, de frío y de todo tipo de enfermedades. No esperábamos ese trato del país de la “Libertad, igualdad y fraternidad” (testimonio de Ramiro Santisteban, prisionero nº 3.237 del campo de concentración de Mauthausen, recogido en el libro Los últimos españoles de Mauthausen, de Carlos Hernández)








A pesar de lo expuesto muchos testimonios de supervivientes españoles señalan que, a diferencia de las autoridades, el pueblo francés los trató con mucha más benevolencia e indulgencia, consciente de los durísimos momentos por los que estaban pasando las familias españolas y, ciertamente, como veremos más adelante, sería nuestra vecina  Francia la que le diera a los supervivientes una nueva oportunidad de rehacer sus vidas y labrarse un futuro.
  
Pero debemos tener presente los momentos históricos en los que nos movemos para entender estos tristes acontecimientos. En Europa se hacían fuertes los totalitarismos: el fascismo y el nazismo por un lado y el comunismo por otro. Alemania, tras la derrota en la Gran Guerra y las draconianas condiciones del armisticio que había tenido que firmar (tratado Versalles 1919) que la condenaban a unas condiciones de austeridad inéditas, se lanzó a una carrera armamentística y radical que se alimentó con los efectos de la gran crisis económica de los años 30 y que acabó llevando al poder por las urnas a un Adolf Hitler que no ocultaba sus ansias expansionistas a costa de los países vecinos (parte de cuyos territorios consideraba germanos) y su ideología racial excluyente, en la que el pueblo ario se haría con la supremacía en un Imperio, el III Reich, que duraría mil años. Rusia, que tras su revolución se había convertido en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas U.R.S.S. y había vivido una sangrienta guerra civil donde habían perecido millones de personas por efecto de la guerra, el hambre y la represión, y donde había desaparecido otras tantas tras las terribles purgas políticas de sus líderes mediante el asesinato o el envío a los gulags (la versión soviética de los campos de concentración), se encontraba dirigida por la férrea mano de Joseph Stalin, que tampoco ocultaba sus ansias de poder y sus apetencias territoriales.





En Italia había triunfado el fascismo de Benito Mussolini y en España, tras los difíciles años de la II República, el golpe de estado que la derrocó y la terrible Guerra Civil que había costado medio millón de víctimas y alrededor de medio millón de desplazados, se había impuesto por las armas una dictadura autoritaria o fascista (según unos u otros autores) que no disimulaba sus simpatías y complicidad con el fascismo y el nazismo (al menos al principio ya que cuando los aliados empezaron a ganar camino a los alemanes, la actitud de Franco cambió) así como su fuerte espíritu anticomunista y antijudío.



De otra parte se encontraban las democracias occidentales, con Francia e Inglaterra a la cabeza, países capitalistas y liberales vencedores en la Gran Guerra, junto con Estados Unidos y otros países,  que habían sometido al país germano a una paz tan extremadamente onerosa que le había supuesto grandes pérdidas económicas y territoriales, una herida por la que todavía respiraba el orgullo alemán y que fue aprovechada por Hitler para ganarse a la sociedad alemana y potenciar su política revanchista, belicista, expansionistas e imperialista. A pesar de que sus gobernantes no mostraban ninguna simpatía por el comunismo, temían a Alemania y a Hitler y las consecuencias de una nueva guerra.

De tal forma los republicanos españoles exiliados suponían para el gobierno francés, que recientemente había reconocido formalmente la Dictadura del general Francisco Franco, un gran engorro y contratiempo, un enorme problema, por lo que los presionaron para que se marcharan. Las tornas empezaron a cambiar cuando Hitler invadió Polonia. Francia -así como el resto de países- ya veía muy próxima la inevitable guerra, por lo que cambió su actitud hacia los españoles, que ahora serían necesarios para el ejército galo y para las compañías de trabajo. Muchos, ante las presiones de las autoridades francesas o por voluntad propia y esperando encontrar unas mejores condiciones de vida, se enrolaron en el Ejército -a través de la Legión Extranjera o los Batallones de Marcha- o en las Compañías de Trabajadores Extranjeros, lo que mejoró un tanto su situación pero no la negativa percepción que las autoridades galas seguían teniendo de estos vecinos del sur. Hemos de tener presente que a los españoles les precedía una mala fama como insurgentes, revolucionarios, asesinos de curas... imagen falsa que los medios pagados por la derecha española habían difundido por Europa.



PRISIONEROS DE LA WEHRMACHT

Los españoles, como soldados y trabajadores de las Compañías de Trabajadores Extranjeros, fueron enviados a distintos puntos de Francia. La mayoría encontró su destino en el norte, junto a la frontera con Alemania, donde fueron llevados para construir y reforzar -infructuosamente, como los inmediatos acontecimientos mostraron- infraestructuras defensivas. Los franceses depositaron su confianza en la mítica y finalmente inútil Línea Maginot , que acabó siendo obviada por los alemanes al acceder al país galos a mediante la invasión de los Países Bajos. La avanzada maquinaria bélica alemana actuando con su táctica de blitzkrieg, “guerra relámpago”, tardó escasas semanas en invadir Francia y llegar a París encontrando por el camino escasa resistencia. Algunos testigos refieren que ante la llegada del ejército germano muchos oficiales franceses que habían sido movilizados recientemente, abandonaron a sus soldados por miedo a perecer en el combate, lo que provocó el desmoronamiento de las fuerzas francesas y que miles de soldados fueran tomados como prisioneros por los alemanes, entre ellos los mencionados españoles.






Los prisioneros franceses y españoles fueron enviados a los stalags (abreviatura de Stammlager), los campos de prisioneros alemanes en suelo Alemán donde los recluyeron nada más detenerlos. Allí los trataban siguiendo con mayor o menor rigor los convenios internacionales, por lo que las condiciones no eran excesivamente duras. Algunos supervivientes españoles puntualizan que incluso estabaan mejor que en algunos campos de refugiados franceses.

Por la documentación conservada conocemos los stalags por los que pasaron nuestros vecinos; en el XI-B Fallingbostel, el morisco Diego Cantarero Ballestero, el guareño Felipe Fernández Sánchez, el panocho Francisco Granados Ortiz y los yunqueranos José Mateo Rivas y Antonio Piñero Mateo; por el stalag I-B Hohenstein, pasó el guareño Diego Ruiz Agüera; por el XII-D Trier, el panocho Gonzalo Granados Ortiz y el toloxeño Francisco Domínguez Fernández; finalmente y procedente de Angulema, el ojenete Diego Sánchez Ortiz, el único que no pisó un stalags sino que fue directamente llevado a Mauthausen desde esa ciudad francesa.



Localización de los stalags











Tras la invasión de Francia, el armisticio fue firmado por el Mariscal Pétain, anciano militar francés que simpatizaba con el fascismo y que colaboró con los alemanes, quedando como representante del gobierno títere de la Francia no ocupada con capital en la ciudad de Vichy. Pétain, que había sido embajador en España, medió para mejorar las condiciones de vida de los prisioneros franceses y recuperar a cuantos pudiera, no así de los españoles, a los que no reconocía como miembros del ejército francés y a los que no tenía en consideración. Tampoco el gobierno franquista se interesó por ellos. Y eso a pesar de que el gobierno Alemán comunicó en varias ocasiones y oficialmente la situación de los españoles al gobierno español, del que obtuvo la callada por respuesta. En septiembre de 1940 hubo una reunión del Ministro de Gobernación de Franco, Ramón Serrano Suñer, con toda la cúpula del III Reich para tratar sobre la entrada de España en la II Guerra Mundial, entre otros muchos asuntos, como la situación de los españoles en los campos de prisioneros germanos... A partir de esa fecha los prisioneros de guerra españoles empezaron a ser conducidos metódicamente desde los campos de prisioneros de guerra a los campos de concentración y exterminio nazis. Son muchos los investigadores e historiadores que postulan que el gobierno franquista se desentendió por completo de la suerte y el nefasto destino de aquéllos sentenciando a la mayoría, con su actitud pasiva y complaciente, a un horrible final después de años de sufrimiento.

Por tanto, los prisioneros españoles acabaron siendo enviados a los campos de muerte nazis y la gran mayoría acabó dando con sus huesos en el siniestro Mauthausen (Austria) y sus mortíferos campos anexos como Gusen, entre otros.



EL CONVOY DE LOS 927

En agosto de 1940 llegó a Mauthausen un tren atestado de prisioneros españoles procedentes de la ciudad francesa de Angulema. Se le conoce como el Convoy de los 927 (por ser éste el número de deportados) o Convoy de Angulema. Del cercano campo de refugiados de Les Alliers los alemanes tomaron a 927 españoles, hombres, mujeres, niños, ancianos, familias enteras en las que muchos de sus integrantes trabajaban en granjas y campos de la zona… los montaron en un tren y, pasando por Poitiers, Orleans, París, Estrasburgo y Munich, los condujeron finalmente a un pequeño pueblo austríaco del que ninguno había oído hablar nunca, pero del que jamás olvidarían su nombre los que lograron sobrevivir: Mauthausen. Los llevaron engañados, haciéndoles creer que los mandaban a la Francia no ocupada por los alemanes. El viaje duró cuatro interminables días con sus noches. Los prisioneros se encontraban hacinados en vagones de madera destinados al transporte de animales en unas condiciones completamente insalubres y deplorables, con unos bidones de metal en el que hacer sus necesidades y que expedían un fétido y persistente olor. El superviviente natural de Barcelona José Alcubierre, que ha prestado su testimonio en incontables ocasiones, iba en ese convoy con sus padres y ha narrado en numerosas ocasiones su inquietante experiencia en el traslado. Se trataba del primer convoy de prisioneros de guerra civiles de la Historia.




Al llegar a Mauthausen, los alemanes hicieron bajar a todos los varones mayores de 13 ó 14 años, unos 470, que fueron separados de sus familias ante el llanto y el sufrimiento de sus mujeres, madres, hermanas, hijas... Allí la mayoría encontraría una dura existencia y una siniestra muerte; de los 470, sólo sobreviviría el 13%. Iban vagón por vagón preguntando: wie alt, wie alt, que quiere decir qué edad tienes. A la que pasabas de los 10 años ya te decían, raus, raus, y nos sacaban fuera del tren. No podías ni despedirte de la familia (testimonio de Jesús Tello recogido en el Suplemento de El Mundo nº 486 de 6 de febrero de 2005).

El resto de los componentes del convoy, mujeres y niños, unos 457, fueron llevados por los alemanes a España y entregados a la Guardia Civil tras un largo viaje de varios días con sus noches encerrados en los vagones. Allí les esperaba la prisión, la persecución, el ostracismo social, la represión y la angustia de no saber de los familiares recluidos en Mauthausen en muchos o años o ya nunca en la vida.

Tenemos motivos fundamentados para pensar que el vecino de Ojén Diego Sánchez Ortiz, nacido el cuasi primaveral miércoles nueve de marzo de 1892 en esta bonita población de casas blancas que se desparraman tranquilas por las faldas de una sierra y de 48 años de edad, iba en ese convoy. Sabemos que ingresó en Mauthausen el sábado 24 de agosto de 1940 (el mismo día que los alemanes bombardearon Londres por vez primera en esta nueva guerra mundial) procedente de Angulema, el día que llegó el convoy. Por  ello  inferimos que se encontraba en el campo de Les Alliers y que fue trasladado con los otros 926 deportados. Lo que desconocemos es si tenía familia y si en ese momento estaba con ella.


Desde que huyó de Ojén temiendo por su vida, ya nunca más volvió a probar las pasas en aguardiente ni el anís que hiciera mundialmente famoso a su pueblo natal, aquel que Picasso inmortalizara en uno de sus cuadros y que le traía el sabor de su tierra. Debemos imaginarlo angustiado, aterrado y confuso, como el resto de los prisioneros que desconocían su destino, en un vagón lleno de gente de todas las edades, de familias enteras que se dirigían a lo desconocido, personas tan asustadas y desconcertadas como él que compartían un reducido y apretado espacio en un ambiente espeso, asfixiante y cargado de irrespirable humanidad. Más miedo a la llegada a la estación de Mauthausen, tras días de hambre, sed, desasosiego, incertidumbre y mal descanso. Poco a poco los prisioneros notan como el tren va perdiendo velocidad hasta que se detiene en la oscuridad de la noche con un agónico sonido metálico. Todos se agolpan nerviosamente en las finas rendijas del vagón ganadero para ver qué ocurre afuera. Están desorientados y aterrados por la incertidumbre ¿Dónde estamos? ¿Qué va a pasar? ¿Qué va ser de nosotros? Al medio día siguiente se abren las puertas desde el exterior y los SS hacen su siniestra purga obligando a bajar a los varones mayores de 13 ó 14 años entre empujones, golpes, insultos y gritos en una lengua ininteligible aderezada con los culatazos de sus fusiles y, de cuando en cuando, mordidas de sus perros. Diego Sánchez Ortiz, vecino de Ojén, a sus casi cincuenta años de edad y mucho sufrido a sus espaldas en los años precedentes, con muchos seres queridos y amigos dejados atrás para siempre, toda una vida… es obligado a bajar atropelladamente con el resto de compatriotas españoles. Su edad, avanzada para aguantar las inhumanas condiciones del matadero de Mauthausen, será un hándicap para su superviviencia. Todos son conducidos al campo a paso ligero entre más insultos y empujones. Allí los desnudan, rapan, rasuran, desinfectan y les dan el sucio uniforme de prisionero con un número que en adelante será su nombre. La mayoría de ellos acabarían consumidos por los duros trabajos y las malas condiciones de vida. Todos no. En el convoy iban unos 60 mutilados de la Guerra Civil Española, personas no aptas para los trabajos que imponían los nazis. Éstos desdichados fueron directamente asesinados sin ningún tipo de piedad e incinerados en el crematorio.



El gélido viernes 24 de enero del año siguiente Diego Sánchez Ortiz fue trasladado a Gusen (un siniestro sub-campo dependiente Mauthausen y tristemente famoso por haber perdido la vida allí miles de españoles) junto con otros presos españoles como Miguel Alcubierre (padre del superviviente José Alcubierre) en el que sería el primer traslado de españoles a ese horrible sub-campo. Con él iban otros vecinos de la Sierra de las Nieves: Diego Ruiz Agüera, de Guaro; Francisco Granados Ortiz, de Istán; y los yunqueranos José Mateo Rivas y Antonio Piñero Mateo. Allí continuaría su sufrimiento hasta pocos meses después pues falleció el martes 27 de mayo de 1941 a los 49 años de edad, el mismísimo día en que los buques de la Royal Navy celebraron una gran victoria hundiendo el mítico acorazado alemán Bismark en aguas del Atlántico Norte, uno de los más poderosos barcos de guerra del momento.




EL SISTEMA DE EXTERMINIO NAZI. LOS CAMPOS DE CONCENTRACIÓN

Los primeros campos que construyeron los nazis se levantaron en los años treinta y estuvieron destinados a sus propios detractores y enemigos políticos, así como a todo tipo de delincuentes, criminales, enfermos mentales, mutilados… Ese sería el germen del siniestro sistema concentracionario nazi, el que acabaría con la existencia de más de once millones de personas.

Con la llegada al poder en los años 30, Hitler puso en marcha un programa de esterilización y eutanasia dirigido hacia la misma población alemana con gravísimas consecuencias sociales y humanas. Decenas de miles de personas con problemas psiquiátricos y físicos fueron asesinadas y sus cuerpos incinerados. La cifra exacta nunca se sabrá, pero algunas estimaciones apuntan entre 100.000 y 200.000 muertes. Esta práctica facilitó a los SS el trabajo en los campos de concentración que se erigieron cuando estalló la guerra, donde ya contarían con una sanguinaria experiencia.

Las condiciones en los campos nazis eran indescriptibles. El hambre voraz, el frío sepulcral, la continúa violencia ejercida sobre los presos, las reiteradas palizas, la falta de higiene y atención médica adecuada, las duchas de agua fría, los extenuantes trabajos y horarios laborales, los brutales experimentos médicos…  Aunque la vida en ellos no valía absolutamente nada, no fue hasta ya avanzada la guerra cuando los nazis decidieron aplicar la denominada “solución final” para exterminar a los judíos. Finalmente entre once y doce millones de seres humanos fueron asesinados y reducidos a cenizas y humo en la mayor barbarie de la historia de la Humanidad. Sólo entre judíos y rusos las cifras se elevaban hasta alrededor de diez u once millones de víctimas, el resto lo componían personas de otras nacionalidades (franceses, polacos, checos, españoles…) o religiones. Centenares de miles de gitanos desparecieron entre nubes de humo y cenizas.






La mayoría de los campos habían nacido con el objeto aprovechar a los presos como fuerza de trabajo prácticamente esclava. Pero eran tan duras las condiciones, que caían a millares.

No sólo el III Reich y las empresas fundadas por los nazis fueron los beneficiarios de esta mano de obra esclava que trabajaba en la industria de guerra a través de empresas gestionadas directamente por los nazis, en explotaciones agrícolas, en la construcción, en las fábricas… también importantes empresas alemanas como IG Farben (un conglomerado de empresas  químicas donde se encontraban, entre otras, BASF, Bayer o Agfa), BMW, Junker, Krupp, SIEMENS… aprovecharon el tirón y usaron a los presos en sus fábricas obteniendo unos pingües beneficios. Del otro lado del Atlántico otras grandes empresas colaboraron con el régimen nazi a través de sus filiales como General Motors, Ford, Standard Oil… que se encontraban dirigidas por empresarios muy poderosos que simpatizaban con Hitler y eran abiertos antisemitas, anticomunistas y antisindicalistas. Andados los años, muchas de estas empresas o sus filiales debieron abonar millonarias indemnizaciones por el uso de la mano de obra esclava que durante años le proveyeron los nazis.




“VOSOTROS, LOS QUE ENTRÁIS, DEJAD AQUÍ TODA ESPERANZA”. MAUTHAUSEN, EL INFIERNO EN LA TIERRA

En la Divina Comedia de Dante, era estas las palabras con las que recibían a aquellos que iban a ingresar en el Infierno y que bien pudieran haber servido a los centenares de miles de desdichados que ingresaron en uno de los infiernos terrenales más horribles y perversos que han existido: el campo de Mauthausen y sus subcampos anexos, donde fueron inhumanamente asesinadas y masacradas por el régimen nazi más de cien mil personas, entre ellas miles de españoles y andaluces y más de 150 malagueños. Entre los últimos, ocho vecinos de la Sierra de las Nieves: el morisco Diego Cantarero Ballestero; de los guareños Diego Ruiz Agüera y Felipe Fernández Sánchez; de los hermanos panochos Francisco Granados Ortiz y Gonzalo Granados Ortiz; del ojenete Diego Sánchez Ortiz; y de los yunqueranos José Mateo Rivas y Antonio Piñeiro Mateo. Sin embargo, un noveno vecino de la Sierra de las Nieves, el toloxeño Francisco Domínguez Fernández, sobrevivió a Mauthausen, como veremos más adelante.
A pesar de que Mauthausen estaba a cargo del comandante Ziereis, el recibimiento de las nuevas partidas de “ganado humano” las solía realizar el siniestro y brutal capitán Bachmayer, al que los españoles, por su aspecto físico manifiestamente distante de la pureza y superioridad de la raza aria (era bajo y bastante moreno de piel), le acabaron apodando de distintas formas “el gitano”, “el negro”…. Sus palabras de bienvenida no podían ser más funestas: Habéis entrado por la puerta, pero de aquí solo saldréis por allí decía mientras señalaba teatralmente la humeante chimenea del crematorio. De hecho, más de la mitad de los españoles corrió esta indeseable suerte y, entre ellos, ocho vecinos de la Sierra de las Nieves.


Ziereis y Bachmayer, dos despiadados asesinos


Había varios tipos de campos de concentración y Mauthausen era del tipo III, a dónde enviaban los presos que los nazis consideraban que no iban a tener ninguna posibilidad de reinserción social. De tal forma los españoles compartieron campo con delincuentes comunes y asesinos (más tarde ingresarían presos políticos y de otras nacionalidades), muchos de ellos elevados a kapos (contracción de Kamaraden Politzei), presos que vigilaban a otros presos y que solían maltratar al resto con extrema brutalidad y, con frecuencia, asesinarlos con total impunidad compitiendo en sadismo con los propios SS. Algunos testimonios señalan que eran más odiados incluso que muchos SS. Cuando liberaron el campo, muchos fueron linchados. Los que escaparon, fueron detenidos, juzgados y condenados, la mayoría, a la pena capital. Algunos sólo pasaron pocos años en la cárcel... Entre ellos llegaron a haber kapos españoles que fueron muy odiados y temidos.


El proceso de deshumanización empezaba nada más llegar, después de días hacinados en vagones de tren donde los más débiles iban perdiendo la vida por el camino y en peores condiciones que los animales. Se les desposeía de todas las pertenencias, se les quitaba la ropa, les rasuraban la cabeza, el pelo de todas las partes del cuerpo y les rociaban una sustancia que les quemaba la piel y servía para desparasitar, agua de zotal rebajada. Luego les conducían a las duchas y tras ello, les proporcionaban unas incomodísimas chanclas o zuecos de madera, un traje de rayas azules denominado drillich que llevaba un número, en adelante el nombre del prisionero. Muchos refieren que el uniforme que les daban tenía agujeros de bala y manchas de sangre… Lo cierto es que los uniformes eran reutilizados; normalmente, cuando se llevaba a una víctima al crematorio, se le quitaba la indumentaria para vestir a los nuevos presos que debían llevarlo durante meses o años. Ya no eran personas, ya no eran seres humanos, eran “trozos”, como les llamaban con desprecio sus verdugos, eran los rotspanier, rojos españoles.

Dentro del campo cada nacionalidad o grupo tenía un símbolo de identificación. Los uniformes a rayas de los españoles llevaban un triángulo azul, el color reservado a los apátridas, con la S de spanier en su interior: apátridas españoles… el verde era para los presos comunes, el rojo para los políticos, el negro para antisociales y las estrellas amarillas para los judíos.





Fue en los dos primeros años de la década de los cuarenta cuando llegó el grueso de presos españoles, también la época de mayor mortandad entre los reclusos. A partir de 1942 las condiciones mejoraron un poco dado que los alemanes necesitaban mano de obra para sus industrias de guerra dado que sus ciudadanos eran mandados a los distintos frentes. El resto de los prisioneros españoles y en mucho menor número, llegó más adelante. Se trataba en la mayor parte de miembros de la Resistencia francesa capturados por los alemanes.

También fueron detenidas muchas mujeres españolas, la gran mayoría por colaborar con la Resistencia. Ellas también pasaron grandes penurias y atrocidades. Se calcula que fueron unas 400. Algunas fueron a parar a Mauthausen después de pasar por algunos campos, como Ravensbrück. El trato que recibían por las SS de la sección femenina era especialmente brutal; con muchas mujeres se realizaron experimentos médicos que acabaron con sus vidas entre terribles agonías o que les dejaron secuelas de por vida. Los niños pequeños y los recién nacidos por lo  normal, eran asesinados sin la más mínima de las contemplaciones.  






Señalar que también hubo judíos españoles y sefardíes que sucumbieron en el genocidio nazi. El régimen franquista también se desentendió de ellos. Los que se salvaron lo hicieron gracias a los cónsules españoles en países europeos que pusieron en riesgo sus propias vidas proporcionándoles pasaportes y salvoconductos. 

Tenía muy pocos años cuando empezó la persecución de la comunidad hebrea en Alemania. Mi padre siempre me decía: “No te preocupes, a nosotros nunca nos pasará nada porque  somos los protegidos de Dios”. Cada vez que yo le preguntaba las razones por las que no podía jugar en la calle con mis amigos o no podía entrar en las tiendas, él me repetía lo mismo: “No te preocupes, Dios nos protege”. Y claro, cuando llegué a Auschwitz con nueve años y vi cómo moría la gente a  mi lado, me pregunté dónde estaba Dios. Veía sacar muertos de la barraca cada mañana. Los agarraban por las piernas y los tiraban en un carro para llevarlos al horno. Y seguía preguntándome dónde  estaba Dios. Por eso he odiado, a partir de ese momento, cualquier tipo de representación religiosa. Tenía una rabia en mi interior que creo que es lo que me salvó. La rabia fue lo que me empujó a querer sobrevivir. (Testimonio de Siegfreid Meir, en Los últimos españoles de Mauthausen, de Carlos Hernández).





Hubo un día en Mauthausen en que se vivió un momento verdaderamente épico. Fue el día en que murió el primer español de este campo de concentración, el vecino de Fuengirola José Marfil Escalona, lo que sucedió un caluroso 26 de agosto de 1940, dos días después de llegar el Convoy de los 927. En su honor los españoles guardaron un minuto de silencio con el permiso de las autoridades del campo. Es el único acto conocido de estas características. Su hijo, José Marfil Peralta, que también sobrevivió a este infierno, vivió para contarlo.




En la fecha del suceso, 26 de agosto de 1940, sabemos que había dos vecinos de la Sierra de las Nieves presos en este campo de concentración. Uno de ellos era Diego Ruiz Agüera, uno de los dos vecinos de Guaro que perecieron en Mauthausen. Diego Ruiz había nacido el domingo 6 de octubre de 1912, seguramente en el seno de una familia de campesinos, y tenía 28 años cuando el viernes nueve de agosto de 1940 llegó a Mauthausen después de haber padecido la Guerra Civil, la huida a Francia, el internamiento en los campos de concentración galos, la posible participación en una compañía de trabajo y la captura por los alemanes. El frío viernes 24 de enero del año siguiente fue trasladado con billete sólo de ida a Gusen, donde aguantó hasta el martes 18 de noviembre de ese mismo año, muriendo sin haber llegado a los treinta años de edad. También se encontraban allí, recién llegado en el Convoy de los 927 el ya mencionado vecino de Ojén Diego Sánchez Ortiz. Es posible que al menos el primero participara en ese pequeño pero grande homenaje que le rindieron a José Marfil Escalona y que muchos supervivientes recuerdan con un vivificante orgullo.



CONDICIONES Y TRABAJO

Las condiciones de alojamiento eran igualmente inhumanas. En algunos casos había cientos de personas que dormían en el suelo, en finos colchones de paja y repartiéndose una apestosa manta entre varios desdichados con un frío terrible. De noche debían dormir de lado porque eran cientos de personas las que atestaban los barracones; si te levantabas para ir a la letrina, te quedabas sin hueco. Esos eran los barracones de entrada, reservado para los nuevos miembros que debían pasar una cuarentena. Más tarde los pasaban a otros barracones donde había literas de varios pisos que estaban igualmente atestadas de seres humanos, dado que cada cama de cada litera la debían compartir dos personas. Aquella masa humana era presa una y otra vez de legiones de pulgas y piojos. 








Muchos recuerdan el hambre tan atroz que pasaron. Por la mañana, antes de formar en la appellplazt (plaza de la Llamada), agua sucia caliente que había que imaginarse era café con un mendrugo de pan. La siguiente comida, después de horas de extenuante trabajo en la cantera y en otros lugares, sopa de nabos y patatas. A la hora de repartir la comida los presos no querían ponerse al principio de la fila, pues los trozos de patatas y nabos estaban en la parte baja del caldero; si llegabas el primero, solo te tocaba caldo. Eso es lo que había todos los días. Por la noche, un pan negro y duro a repartir entre varios y más sopa, si quedaba... El hambre suponía uno de los mayores maltratos físicos y psicológicos proferidos a los presos. Los bajísimos niveles de nutrición unidos a las duras condiciones laborales le facilitaban sumamente el trabajo a la muerte. Para que nos hagamos una idea, el peso medio de los presos estaba entorno a los 40-45 kg. Eran esqueletos andantes, eran auténticos espectros, como referían los primeros norteamericanos que llegaron al campo en mayo de 1945.




El trabajo era una forma de exterminio a través de la explotación. En las inmediaciones de Mauthausen había unas importantes canteras de granito, las de Wienner-Gräben, donde trabajaban gran parte de los presos en condiciones de extrema dureza. La mente paranoica de Hitler había puesto a trabajar a los arquitectos del régimen nazi para que le diseñaran la capital del que sería su soñado Imperio, Germania. Se necesitaba el granito para la construcción de los nuevos edificios y de las nuevas arquitecturas que simbolizaran el invencible régimen nazi para el pavimentado de las calles,  la construcción de monumentos, mausoleos…  Pero por fortuna su Germania sólo llegó a materializarse en forma de maqueta.




La vida media del trabajador de la cantera estaba entre los seis y nueve meses. Con grandes rocas cargadas a la espalda y durante todo el día, los condenados debían subir una escalera que al principio tuvo 140 peldaños irregulares y que tras una reforma, se quedó en 186 peldaños del mismo tamaño: la llamada, por razones obvias, escalera de la muerte. Tenían que hacer ese siniestro recorrido varias veces al día y lo realizaban miles de personas. Muchos se quedaban por el camino, muertos por la extenuación, por los disparos de los SS o por las palizas de los kapos. Algunos no aguantaban y se tiraban al llegar al final de la escalera por un precipicio de medio centenar de metros. A éstos los SS les llamaban despectivamente los paracaidistas. Otros muchos, en vista de su debilidad física, eran lanzados al vacío por los mismos captores sin atisbo alguno de humanidad… Si te tocaba trabajar en la cantera, ya sabías que tu vida iba a durar unos cuantos meses, en el mejor de los casos. Si uno no podía más y soltaba el pedrusco, caía sobre el que estaba atrás, y éste sobre el otro. Moría mucha gente. Los SS empujaban a los más débiles desde arriba del todo de la cantera, por el precipicio. Yo he visto morir a mucha gente así, con el salto del paracaidista que le decía. Mauthausen era un campo de exterminio. Primero tenías que dejar tus fuerzas y luego, a la basura (testimonio de Jesús Tello recogido en el Suplemento de El Mundo nº 486 de 6 de febrero de 2005).



No sólo se trabajaba en la cantera, los nazis también organizaban partidas de trabajadores, los denominados kommandos, para tareas agrícolas, la construcción de barracones y del muro perimetral de la prisión (en principio estaba rodeado por una valla electrificada que se fue sustituyendo por el muro y mientras se hacía, muchos presos, perdida la esperanza, se suicidaban arrojándose a la valla para morir electrocutados), en las oficinas, en los talleres… muchos presos españoles pudieron sobrevivir gracias a desempeñar unos trabajos no tan extremadamente extenuantes y tener unas condiciones alimenticias algo mejores. Los nazis eran prácticos, necesitaban obreros cualificados, artesanos, trabajadores especialistas… para sus tareas diarias. Ellos sobrevivieron y pudieron contar y denunciar al mundo las atrocidades de los nazis.

Fueron muchas las empresas de la zona las que emplearon esta mano de obra esclava pagándole a los SS la mitad de una jornada laboral por preso suministrado. A medida que avanzaba la guerra se instalaron en las inmediaciones industrias armamentísticas donde también debían trabajar miles de presos. Uno de esos grupos de trabajo formado por españoles, el kommando poschacher, fue el que logró poner a salvo miles de negativos de las sádicas fotos que hacían los SS de sus tropelías que luego se utilizarían en los juicios contra los nazis y que sirvieron para mostrar al mundo su barbarie.





Cuentan algunos españoles que no eran infrecuentes las ocasiones en las que algunos SS o kapos trataban de obtener favores sexuales de algunos presos aprovechando el hambre y la necesidad. A los más jóvenes, prácticamente niños, debían controlarlos permanentemente para que nadie se les acercara con oscuras intenciones dado que, como se ha dicho, en este campo, junto a los presos políticos, había muchos delincuentes comunes y entre ellos pedófilos y pederastas.

En estos campos de la muerte había muchas formas de que te arrebataran la vida, múltiples maneras de morir a cual más cruel y sádica: bajo una granizada de palos, golpes y patadas propinadas por los SS o por los kapos;  gaseado en las duchas o asfixiado por los gases de la combustión en los camiones en que eran trasladados; congelado tras duchas heladas o la introducción en barriles de agua gélida; despeñado voluntaria o forzosamente en la cantera; atravesado por los 5.000 voltios de la alambrada electrificada que inicialmente rodeaba el campo, voluntaria (suicidio por desesperación) o forzosamente, a manos de los captores (suicidio por obligación); por puro agotamiento físico y desnutrición (había gente que se acostaba y ya no se levantaba); mediante inyección letal; despedazado, literalmente, por los perros de los SS que habían sido entrenados al efecto; ahorcado al son macabro de la banda de música del campo… El final era el mismo para todos los desdichados: la insaciable boca del crematorio que era incapaz de calmar su perpetua hambre de cadáveres humanos; mientras más carnaza se le echaba, más esqueléticos y espectrales cuerpos reclamaba… Además del espeso humo que constantemente vomitaba su chimenea, desprendía de forma permanente un abominable y penetrante olor a carne humana quemada que se extendía por el campo y sus alrededores y al que los presos hubieron de acostumbrarse, como lo harían con tantísimos otros horrores.




GUSEN

Gusen era el infierno, mucho peor que Mauthausen. Nos pegaban a todas horas. Yo cogí el tifus y no me fue nada bien porque en la enfermería no te atendían. Lo único que hacían era poner inyecciones de gasolina en el corazón (Testimonio de Elías González Peña, en Los últimos españoles de Mauthausen, de Carlos Hernández)


El campo de Mauthausen tenía decenas de sub-campos dependientes, como el de Gusen, donde muchos españoles encontraron un horrendo final a manos de “médicos” que los sacrificaron con inyecciones de fenol, benzina o gasolina que iban aplicadas directamente en el corazón. Allí mandaban a los más enfermos, engañados, diciéndoles que se encontrarían en mejores condiciones. Al principio muchos lo creyeron, pero era una gran falsedad. Todo era una gran mentira que no hacía más que amplificar la maldad y la crueldad de sus torturadores y de sus verdugos. En Gusen debían realizar duros trabajos, se les sometía a duchas frías en las que muchos perdían la vida. En las duras noches de invierno, los sacaban al patio y los volvían a rociar con una manguera por lo que muchos morían de congelación en menos de media hora y había que despegarlos del suelo helado…






Fue en este lugar donde perecieron la mayoría de nuestros compatriotas, entre ellos seis de los vecinos de la Sierra de las Nieves: el morisco Diego Cantarero Ballestero (muerto el jueves 13 de noviembre de 1941 a la edad de 31 años); los guareños Felipe Fernández Sánchez (muerto el lunes 27 de enero de 1941 a la edad de 34 años) y Diego Ruiz Agüera (muerto el martes 18 de noviembre de 1941 a la edad de 29 años), que desde que huyeron de Guaro, ya no volvieron a deleitarse de la cromática y aromática floración de los almendros en enero; el panocho Gonzalo Granados Ortiz (muerto el domingo 26 de octubre de 1941 a la edad de 45 años), el vecino de Ojén Diego Sánchez Ortiz (muerto el martes 27 de mayo de 1941 a la edad de 49 años) y el yunquerano Antonio Piñero Mateo (muerto el martes 14 octubre de 1941 a la edad de 41 años).








EL CASTILLO DE HARTHEIM
El palacio de Hartheim se encuentra en la población de Alkoven (Austria) y fue construido en el siglo XVI por una familia aristocrática. En este lugar los nazis ubicaron unas instalaciones de exterminio que funcionaron entre 1940 y 1944 y donde se practicaba el exterminio masivo por gas. Inicialmente allí eran enviados para arrebatarles la vida personas con enfermedades físicas o psíquicas y más adelante, también los presos que se encontraban en un estado de debilidad extrema. En Hartheim, además del exterminio por gas, también se realizaban experimentos médicos diversos, como la crioterapia o la inyección de fenol directa al corazón. Los presos eran llevados allí engañados, les decían que era un lugar para reposo. Al principio muchos lo creyeron, pero luego llegaron las noticias de lo que realmente ocurría en este siniestro lugar y, además, los compañeros que iban ya no volvían...

En Hartheim fueron exterminadas casi 20.000 personas de las cuales alrededor de 500 tuvieron el negro privilegio de ser españolas. De ellos, dos de sus víctimas eran vecinos de la Sierra de las Nieves, el panocho Francisco Granados Ortiz, muerto el martes 19 de diciembre de 1941 a la edad de 37 años y el yunquerano José Mateo Rivas, muerto el viernes 14 de octubre de 1941 a la edad de 35 años. Atendiendo al sistema de exterminio en Hartheim debemos suponer que ambos fueron desposeídos de su segunda piel, desnudados, introducidos apretadamente y sin miramientos en la cámara de gas junto a otros presos e inhumanamente gaseados. Y poco después, incinerados, borrada su presencia física. Muy probablemente ambos conocían su destino…







La edad media de los ocho vecinos de la Sierra de las Nieves que murieron era ya elevada como para sobrevivir a un campo de concentración nazi.  A eso hay que sumarle que los años 1941-1942, que se conocen como el bienio negro, fueron los más duros para la supervivencia de los presos. En esos años murieron la mayoría de los españoles que ingresaron en Mauthausen y sus campos anexos ya que las condiciones fueron extremadamente duras. A partir de ese momento y dado el transcurso de la guerra, los alemanes mejoraron un tanto las condiciones de los presos a los que necesitaba como mano de obra esclava en la industria armamentística.

En su libro EL AGUA DE LA MEMORIA, Miguel Ramos Morente ha conseguido rescatar parte de la historia de los hermanos de Istán, Francisco y Gonzalo Granados Ortiz. Ambos ejercían el duro pero necesario oficio de molinero en río Verde y eran hijos de Frasquito el Molinero. Istán ha tenido una gran tradición molinera, de hecho el río que mana del nacimiento de Sierra Blanca se llama río Molinos por lo numerosos que eran éstos desde tiempo inmemorial. Hay que imaginarse a ambos hermanos dándole la necesaria forma acucharada a los álabes de madera del rodezno, surtiendo de agua a los cubos o picando las piedras, moliendo el grano y recogiendo la harina… No sabemos en calidad de qué llegaron a Francia, si como civiles refugiados o como soldados. Tras padecer durante un tiempo la hospitalidad de los campos de refugiados franceses, ingresaron en la 40ª Compañía de Trabajadores Extranjeros. Fueron mandados al frente, donde los capturaron los alemanes y los enviaron a distintos stalags. Que amarga despedida debieron experimentar porque seguro que a esas alturas eran conscientes de que después de todo lo que habían pasado y por lo que estaban pasando, ya nunca jamás se volverían a estrechar entre sus brazos, ya nunca volverían a su pequeño y amado pueblo de Istán ni a picar las piedras del viejo molino familiar, hoy ahogado por las aguas del pantano de la Concepción casi como la memoria de ambos.

Los dos acabaron en Mauthausen pero con tan mala suerte que al día siguiente de ser enviado Francisco al sub-campo de Gusen, llegó Gonzalo procedente de Trier. Desde que se separaron, no se volvieron a ver. Trabajaron hasta la extenuación y murieron en distintos lugares, Gusen y Hartheim, con casi dos meses de diferencia y, quizás, sin saber el uno del otro…


CARTAS DE GONZALO GRANADOS

De Gonzalo Granados, que era militante en la UGT, se conservan tres cartas y una tarjeta postal dirigidas a su esposa entre octubre y noviembre de 1940, antes de ser llevado a Mauthausen y cuando todavía tenía la condición de prisionero de guerra que, por  su enorme interés, reproducimos:


Primera carta:

Querida esposa será mi mayor alegría que al recibo de esta, goces de perfecta salud en unión de nuestros queridos hijos. Yo sigo bien hasta la hora presente. Ana sabrás cómo tu muy deseada carta fue en mis manos la que me llenó de alegría, la cual fue contestada enseguida pero tengo tan mala suerte que a los pocos días fui trasladado a Alemania que es de donde te envío estas cortas líneas. Espero con ansia tu contestación. También te digo si sabes algo de mi padre me lo comuniques y al mismo tiempo me dirás cómo lo pasa que es lo que más me preocupa. Sin otras cosa por el momento, memorias para todos, abrazos para los niños y tú los recibes de tu esposo que lo es Gonzalo Granados.


Segunda carta (10 noviembre 1940)


 Querida esposa me alegrará que al recibo de estas cortas letras te encuentres bien en compañía de nuestros queridos hijos  y sobrina, yo bien. Esta es para decirte que ya hace como un mes que te escribí una carta. Donde me encuentro ahora me dirás si la has recibido, también me dirás si has tenido noticias de mi hermano. También me dirás si sabes algo de mi padre. Yo hace unos días que le mandé  una tarjeta postal; Ana medirás cómo lo pasas por esa, si los niños van al colegio y si aprenden mucho, que me acuerdo mucho de ellos, me dirás si vives donde antes. No te podrás figurar los deseos que tengo de veros a todos. Ana a ver si puedes escribir a mi hermano Miguel para ver si podemos tener relaciones con él. Muchos besos y abrazo para los niños y sobrina y amistades y tú recibe el cariño de tu esposo que desea verte.



Tarjeta postal (16 de noviembre 1940)

Mi querida esposa. Me alegraré que al ser esta en tu poder disfrutes un buen estado de salud en compañía de nuestros queridos hijos y sobrina. Yo quedo bien por el momento. Ana llevo tres tarjetas escritas y espero contestación tuya. Muchos besos y abrazos para los niños y sobrina.


El 3 de noviembre 1945 Manuela Ruiz, vicepresidenta del Comité de París de la Cruz Roja de la República Española, remite carta a la esposa de Gonzalo transmitiéndole la triste noticia:

Estimada compatriota: su esposo el prisionero de Guerra Gonzalo Granados  Ortiz, nacido el 22 de marzo de 1896 en Istán (Málaga) internado en el stalag VIII C (matricula 57086) (otras fuentes lo sitúan en el stalag XII D Trier) transformado por las autoridades alemanas en deportado político, fue trasladado el 25 de enero de 1941 al K.L. Mathausen (matrícula 4.941) de donde fue transferido e l 17 de febrero de 1941 a Gussen, falleciendo en este último campo el 26 de octubre de 1941. Rogándole acepte usted nuestro más sentido pésame, nos reiteramos suyos afectísimos.



LIBERACIÓN/AUTOLIBERACIÓN DE MAUTHAUSEN

El saldo español en los campos nazis ha sido terrible. Hubo más de 8.700 deportados según unas estimaciones mientras que otros indicios apuntan a más de 9.000, la mayor parte en Mauthausen, de los que murieron más de 5.000. Sólo sobrevivieron alrededor de 3.000 españoles.

La liberación acaeció el día 5 de mayo de 1945. Más que liberado, fue autoliberado. Fue un auténtico desastre. Ante el avance de las tropas aliadas las autoridades del campo recibieron la orden de acabar con la vida de todos los presos que quedaban y la de los habitantes de los pueblos cercanos para borrar todas las huellas de sus tropelías y que no hubiera pruebas del genocidio ni de la barbarie que habían perpetrado. Pretendían meterlos en unos kilométricos túneles subterráneos excavados por los presos para albergar fábricas de armamento a cubierto de los bombardeos aliados para, más tarde, dinamitarlos con toneladas de explosivos para que todos murieran brutalmente sepultados. Pero la cercanía de las tropas aliadas hizo que los SS y vigilantes del campo se marcharan sin llevar a cabo su sanguinario plan después de haber instalado todos los explosivos en los túneles.






Cuando el campo se quedó sin vigilantes cundió la violencia y el desorden. Los kapos que resultaron capturados fueron apaleados, asesinados y sus cadáveres sanguinolentos y macerados a palos, expuestos públicamente. Los presos buscaron comida en Mauthausen y en las granjas de alrededor. Muchos murieron de mortales atracones porque sus estómagos llevaban años acostumbrados a la aguada sopa de nabos y patatas y no resistieron comidas más contundentes. Otros perecieron por sus heridas y sus enfermedades. Había cientos de cadáveres esparcidos por todas partes que nadie recogía…



LOS ESPAÑOLES ANTIFASCISTAS SALUDANA LAS FUERZAS LIBERADORAS. Escrito en ruso y también en inglés, la última palabra fue pintada con precipitación pues no estaba terminada cuando estaban llegando los americanos.


El cinco de mayo de 1945 los presos salen a recibir a las fuerzas americanas, entre ellos suponemos que se encontraba el toloxeño Francisco Domínguez Fernández, el único superviviente de los nueve vecinos procedentes de la Sierra de las Nieves.

Una vez se normalizó la situación, los distintos presos volvieron a sus países de origen. Pero no todos; a los españoles no los reclamaba ningún Estado y permanecieron un mes más en el campo. En su momento el gobierno del general Francisco Franco ya se había desentendido de su negra suerte y no podían volver a la tierra que los vio nacer y por la que tanto se habían sacrificado, pues bajo la dictadura española muchos podrían haber sido encarcelados o directamente fusilados. Ante la presión de otros presos y de la opinión popular francesa, nuestra vecina Francia se convirtió en su país de acogida, en su patria de adopción, dándoles la nacionalidad y una nueva oportunidad, una nueva vida y un futuro. No sería fácil para ninguno de ellos salir para adelante y rehacer sus vidas, y mucho menos hacerse un hueco en la historia y en la memoria. Regresar a España en los primeros años, siquiera de visita, podría haberles costado la vida a muchos. Algunos tardaron en abrazar nuevamente a sus madres más de 20 años mientras que otros ni siquiera pudieron hacerlo, el tiempo siempre contaba en su contra...





Tras la liberación-autoliberación los comités que representaban a cada una de las nacionalidades del campo y que se habían formado secretamente con el objeto de dar cobertura y apoyar a los compatriotas que lo integraran, se comprometieron a cumplir un juramento durante el tiempo que les quedase de vida para dar a conocer el infierno del que habían sido víctimas y no se repitiera jamás:

Al fin las puertas de uno de los campos más terribles y más sangrientos se abren, las del campo de Mauthausen. Partiendo en todas las direcciones, volveremos libres a nuestros países liberados del fascismo. Los prisioneros, a quienes todavía ayer amenazaba la muerte de la mano bestial del verdugo fascista, expresan su reconocimiento desde lo más profundo de su corazón, a las naciones aliadas victoriosas y liberadoras y saludan a todos los pueblos en su libertad reconquistada. 

Tras una estancia de varios años en el campo, comprendemos mucho mejor el valor de la fraternidad de los pueblos. Fieles a este ideal, juramos mantener nuestro espíritu de solidaridad y unión para continuar la lucha contra el imperialismo y el fanatismo nacional. El mundo fue liberado de la amenaza hitleriana gracias al esfuerzo común de todos los pueblos y merced a este mismo esfuerzo nos ha sido devuelta nuestra amada libertad, tan deseada por todas las naciones.

La paz y la libertad son la garantía de la felicidad de los pueblos y de la construcción de un mundo sobre nuevas bases de justicia social y nacional. Es esa la única ruta hacia una colaboración pacífica de las naciones y de los pueblos. Ya reconquistadas nuestra libertad y la de nuestros países, queremos guardar en nuestra memoria la solidaridad internacional del campo. Recogida tan sabia enseñanza, queremos marchar por un camino común, el camino de la libertad indivisible de todos los pueblos, el camino de la mutua comprensión, el camino de la colaboración en la gran obra de construcción de un mundo nuevo, justo y libre.

No olvidaremos jamás los sangrientos sacrificios que los pueblos tuvieron que hacer  para reconquistar la felicidad de todos. Recordando la sangre derramada por todos los pueblos y los millones de seres humanos sacrificados, asesinados, inmolados por el fascismo nazi, juramos no abandonar jamás el camino que nos hemos trazado. Sobre la base de una comunidad internacional queremos erigir a los solados de la libertad caídos en esta lucha sin tregua, el más bello monumento: EL MUNDO DEL HOMBRE LIBRE.

Nos dirigimos al mundo entero para decirle: Ayúdanos en nuestra tarea ¡Viva la solidaridad internacional! ¡Viva la libertad!

En nombre de todos los que fueron presos en Mauthausen:
Ceskoslovensky Narodni Vybor Revolucni
Comité Español
Comité Franco-Belga
Comité Griego
Deutsches Kommittee
Comitato Nazionale Italiano
Jugoslovenski Odbor
Magyar Bizottsag
Osterreichischer
Nationalausschub
Komitet Polski
Russkij Komitet
Délégé pour les Albanèses
Délégé pour les Hollandais Suisses
Der Delegiere für Luxemburg
Délégé pour les Roumains

Mauthausen, 16 de mayo de 1945.


Tras la guerra, los prisioneros liberados se ganaron el respeto y la admiración de sus países,  impulsaron asociaciones y dieron a conocer al mundo en actos públicos, entrevistas, publicaciones… los horrores por los que habían pasado y la crueldad de los campos nazis. No fue éste exactamente el caso de los republicanos españoles. Los pocos que volvieron a nuestro país estuvieron la mayor parte de su vida condenados al silencio y al olvido.

Sin embargo, la mayoría de los verdugos y asesinos, consiguieron escapar. Algunos se suicidaron tras matar a sus familias para no ser capturados con vida, otros fueron capturados y sometidos a juicios sumarísimos obteniendo muchos la pena capital y otros, sólo algunos años de cárcel. Pero lo cierto es que la gran mayoría de los responsables logró huir de la justicia cambiando de identidad o huyendo a países donde encontraron protección como fue el caso de España y otros países de América del Sur...




FRANCISCO DOMÍNGUEZ FERNÁNDEZ. UN TOLOXEÑO CON BILLETE DE IDA Y VUELTA AL INFIERNO


Como señalaba al principio de este post, no fue hasta que lo tuve muy avanzado que no me enteré de que un vecino de Tolox, Francisco Domínguez Fernández, había sobrevivido al genocidio nazi. Para mí fue una gran sorpresa el descubrir que un vecino de nuestra comarca había logrado salvar la vida en Mauthausen. Rápidamente me puse en contacto con Francisco Lara, de Tolox, para que me ayudara a buscar algunos parientes o conocidos que me pudieran hablar de él, pues su descubrimiento me ha hecho cambiar necesariamente el enfoque de esta entrada al para hacerle un hueco y darle el protagonismo que necesariamente se merece.



Carné de deportado de Francisco Domínguez


El resultado sobre la indagación a cerca de Francisco Domínguez y la búsqueda de información sobre su persona, sus vivencias y tribulaciones, dieron como resultado otra entrada en este blog que a continuación se enlaza:





LOS GRANDES OLVIDADOS  DE ESPAÑA


Recuérdalo tú y recuérdalo a otros
cuando asqueados de la bajeza humana,
cuando iracundos de la dureza humana:
Este hombres solo, este acto solo, esta fe sola.
Recuérdalo tú y recuérdalo a otros.


                                                         Luis Cernuda, 1936


En nuestro país, tanto a los españoles que fueron asesinados como a los que sobrevivieron al horror de Mauthausen y otros campos, se les ha negado su lugar en la historia y en la memoria. Durante la Dictadura franquista (por motivos evidentes) y durante la Transición (por motivos también evidentes) fueron completamente postergados y alejados de los libros de historia. Más difícil explicación y ninguna excusa tiene el haberse mantenido su ignorancia durante los más de treinta años de democracia en España cuando en países como nuestra vecina Francia, su patria de adopción, se les rindió (y se les rinde) numerosos homenajes y se les profesa un gran respeto. Los  españoles que sufrieron los campos nazis han sido víctimas dobles, por parte del nazismo y sus aliados y por parte de la historia. El no recordarlos supone volverlos a mandar nuevamente de cabeza al averno de Mauthausen a manos de sus sanguinarios verdugos y torturadores; a sus mortíferas canteras; a los afilados colmillos de los perros guardianes;  a sus gélidas y piojosas yacijas; a sus asfixiantes cámaras de gas; a sus hambrientos crematorios… El no rememorarlos supone condenarlos nuevamente a la más infame de las muertes. 

Aunque muchos miles murieron asesinados en los campos, exterminados por el trabajo, la violencia de la que eran víctimas y las condiciones infrahumanas, fueron decenas los que murieron años más tarde a consecuencia de las fatales secuelas físicas y psicológicas. Muchos fenecieron por las enfermedades que habían adquirido y las secuelas que arrastraban, otros no soportaron el seguir viviendo con esos recuerdos, con esas desgarradoras experiencias y acabaron con sus propias vidas mediante el suicidio. Otros, siete décadas después, todavía siguen padeciendo horripilantes pesadillas en los que los SS o los kapos vienen a buscarlos por las noches, cuando les alcanza el sueño, y sólo encuentran la libertad por las mañanas cuando la luz del amanecer los rescata. El testimonio al respecto que me resulta más espeluznante y extraordinariamente conmovedor es el del cordobés Juan Romero, que rememora una de las veces que los alemanes llevaban a un grupo de judíos para gasearlos: Una vez llegó un convoy de judíos en el que había hombres, mujeres y niños. Era un grupo de más de treinta o cuarenta personas. Pasaron delante de nosotros y una niña, pequeñita, me miró y sonrió… me sonrió un poquito. La pobre niña, ignorante, no sabía a dónde iba. Su cara y su sonrisa la sigo viendo por las noches, cuando me voy a la cama. Nunca he podido olvidar aquello (testimonio de Juan Romero extraído del libro Los últimos españoles de Mauthausen, de Carlos Hernández).

Los que llevaron la peor parte fueron los prisioneros soviéticos, que a duras penas lograron salvar sus vidas. Tuvieron una suerte muy negra pues acabaron incluso peor que los españoles. Muchos eran prisioneros de guerra que se habían jugado la vida defendiendo la URSS y que habían aguantado la dureza de los campos nazis. Sus torturadores y carceleros, por comunistas, los habían tratado con especial saña y crueldad. Tras la liberación no les esperaba la ansiada libertad sino un nuevo calvario ya que el camarada Stalin consideraba que los que habían sobrevivido, lo habían hecho por colaborar con los alemanes. De regreso a casa, los condenó a los gulags, los campos de concentración soviéticos, tan duros o más que los de los nazis… de la sartén a las brasas.

Los supervivientes señalan que entre ellos ha existido siempre, aunque sea extraño decirlo, cierto sentimiento de culpabilidad por haber sobrevivido a aquel infierno. Sobre todo cuando echan la vista atrás y recuerdan cuantos inocentes, cuantos amigos y compañeros no lograron contarlo…  Y son muchas las víctimas e incluso historiadores e investigadores que señalan que el horror de los campos podría haberse acortado, que podría haber sobrevivido muchísimas más personas si los aliados hubieran intervenido antes. Son muchas las voces que denuncian que no intervinieron más rápidamente porque apenas si había americanos o ingleses en los campos…

En la actualidad Mauthausen se ha convertido en un museo-memorial que visitan decenas de miles de personas todos los  años donde incluso se puede solicitar información sobre las víctimas. Sin embargo el campo de Gusen fue privatizado hacia los años cincuenta de la pasada centuria y sus instalaciones transformadas en viviendas, granjas, criaderos de champiñones... muy pocas infraestructuras se han conservado, entre ellas el crematorio, gracias a la iniciativa privada de antiguos supervivientes y donaciones varias. 







 Hoy día los pocos supervivientes que quedan y sus familias se integran, junto a otras muchas personas, en asociaciones como L´Amicale de Mauthausen (Francia)  y la Amical de Mauthausen y otros campos y de todas las víctimas del nazismo en España (España) que buscan perpetuar el recuerdo y la memoria de las víctimas y de aquellos tristes acontecimientos para que las generaciones venideras lo conozcan y no cometan ni permitan  que se produzcan semejantes horrores. 



Placa que rememora a los españoles que 
perdieron la vida en Mauthausen


Los jóvenes han de seguir este combate para evitar que no se produzca esto más. Nunca más. Es la juventud quién tiene que continuar. A nosotros ya nos queda poco. Esquivamos a la muerte en los campos, porque no nos tocaba, pero ya la vemos venir de lejos. 


Alejandro Bermejo Mateo (del libro Historia de los 
españoles en la II Guerra Mundial,
de Alfonso Domingo)



Para saber más:

Libros recomendados:

Los últimos españoles de Mauthausen. La historia de nuestros deportados, sus verdugos y sus cómplices. Carlos Hernández de Miguel. Ediciones B. Barcelona, 2015.

Andaluces en los campos de Mauthausen. Sandra Checa, Ángel del Río, Ricardo Martín. Centro de Estudios Andaluces. Sevilla, 2006.

Españoles en el Holocausto. Vida y muerte de los republicanos en Mauthausen. David Wingeate Pike. Debolsillo. Barcelona, 2004.

Vivos en el averno nazi. En busca de los últimos supervivientes españoles de los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial. Montserrat Llor Serra. Editorial Planeta. Barcelona, 2014.

Historia de los españoles en la II Guerra Mundial. Sus peripecias en todos los frentes y bajo todas las banderas. Alfonso Domingo Álvaro. Editorial Almuzara. Barcelona, 2011.

J´ai survécu à l´enfer nazi. Graveurs de mémoire. José Marfil Peralta.               L´Harmattan. París, 2003.

Españoles deportados a los campos nazis (libro memorial). Benito Bermejo y Sandra Checa. Ministerio de Cultura, 2006.




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Documentales

Memoria de las cenizas






© Diego Javier Sánchez Guerra


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