miércoles, 4 de abril de 2012

EXALTACIÓN DE LA SAETA. MONDA. SEMANA SANTA 2012.



   El pasado sábado 31 de marzo se ha celebrado en Monda, en la Parroquia de Santiago Apóstol, un evento que el próximo año cumplirá sus bodas de plata. Se trata de la Exaltación de la Saeta. En este acto, emotivo y cálido, se cuenta con la colaboración de varios saeteros mondeños, ligados a Monda o de algún pueblo vecino que comparten su arte y contagian su emoción a todos los asistentes en el precioso marco que representa nuestra iglesia, construcción que tiene casi medio milenio y que a su arte renacentista y barroco se le suma también el de la herencia mudéjar, adquiriendo de tal manera una dimensión más amplia al convertirse en copela de fe y de culturas.

   Previo al cante de los saeteros se hace una alocución sobre la saeta y nuestra Semana Santa. Este año el Concejo Parroquial me ha brindado el honor de ser yo quien lo haga. Y este es el resultado:




Mondeños y mondeñas. Vecinos todos. Muy buenas noches.

   Para mí es un honor el encontrarnos reunidos hoy en nuestro templo, crisol de culturas, para hacer la ya tradicional Exaltación de la Saeta y dar paso, así, a nuestra querida Semana Santa. Pero lo primero que quiero expresar en este momento es mi más sincero agradecimiento al Concejo Parroquial por haber sido invitado este año a realizarla. La verdad, es un traje que me queda un poco grande y ni me sentía ni me siento preparado para hacerlo con el rigor suficiente, pero no podía negarme a ello ya que es para mí y para mi familia un motivo de gran orgullo. Gracias, nuevamente, por haber pensado en mí tanto para este entrañable acto como para otros venideros.

   Gracias, también, a todas aquellas personas que hacen posible nuestra Semana Santa ya que sin ellas esta celebración no tendría lugar y nuestra primavera sería harto diferente, mucho menos colorida y mucho menos olorosa. Nada pasionaria. Me refiero a la Hermandad Sacramental y Penitencial de Monda, a los Hermanos Mayores, a los Nazarenos, a las Camareras, a las Mantillas, a los Horquilleros y Capataces de Tronos, a los Penitentes, a nuestro Párroco, a nuestros vecinos y a todos aquellos que colaboran y participan desde la devoción, la ilusión y el interés compartido por mantener esta tradición ya tan antigua que forma parte imponderable de nuestra identidad cultural. Porque la Semana Santa es, ante todo, una celebración de personas y un especial lugar de encuentro de familiares, amigos y seres queridos.

   Y no. No he olvidado a nuestros saeteros. Además de ser el motivo de más peso por el que estamos compartiendo estos momentos, ¿qué sería la Semana Santa sin ellos? Todos aguardamos su sentencia desgarradora e hiriente con emoción y espera contenida, ese momento fugaz e intenso como el primaveral aroma del azahar y que puede abordarnos en cualquier momento del trayecto procesional, cuando todo el mundo para y calla mientras el tiempo se detiene en un momento cuasi mágico de especial expectación bañada de devoción popular.



José García "Platito"

   Aún pecando de reiterativo, voy a comenzar hablando un poco sobre la saeta, que todos ustedes conocerán mucho mejor que yo porque es un mundo por el que he andado poco o nada y porque ya han sido 23 los exaltadores que me han precedido y que han abundado en ello, entre ellas mi madre.

   Según nuestra Real Academia Española, la palabra saeta procede del latín sagitta y, entre sus numerosas acepciones, en primer lugar la describe como: Arma arrojadiza compuesta de un asta delgada con una punta afilada en uno de sus extremos y en el opuesto algunas plumas cortas que sirven para que mantenga la dirección al ser disparada. Otro de sus significados, el que mejor nos viene al caso, reza de la siguiente forma: Copla breve y sentenciosa que para excitar a la devoción o a la penitencia se canta en las iglesias o en las calles durante ciertas solemnidades religiosas. Ambas tienen en común el que, cuando calan, lo suelen hacer muy hondo. Como recogía en sus memorias Abd Allah, el último rey zirí de Granada, sólo las palabras que salen del corazón, van derechas al corazón ajeno, pues igualmente ocurre con las saetas, que salen del corazón del saetero y llegan a nuestros corazones como dardos, de tal forma que con su cante, al pretender ganarse a Dios, de paso, nos gana a todos los demás.



Miguel "Panchito"

   La saeta moderna que conocemos, la que se encuentra vestida y llena de flamenco, es reciente en el tiempo y cuenta con algo más de un siglo. Pero al igual que nos pasa a nosotros, tiene sus ancestros, tiene sus antepasados. Arranca de una saeta mucho más antigua que hunde sus raíces en la oscura noche de los tiempos.

   Lo verdadero y cierto es que no está claro su origen. Algunos autores lo atribuyen a los judíos sefardíes, que tras el bautizo al que se vieron forzados por los Reyes Católicos para evitar ser expulsados, fueron buscando el perdón de Dios entonándolas para que les anulase el juramento prestado a la Iglesia Católica, mientras que para otros, era un cante secreto que empleaba el pueblo hebreo para burlar a la Inquisición.

   Otros investigadores atribuyen a la saeta vieja un origen hispano-musulmán, buscando al almúedano o muecín, el personaje que llamaba a la oración desde el alminar de las mezquitas, a su más viejo precursor. En los años veinte de la pasada centuria el emir Rahman Jizari Ibn-Kutayar señalaba esta posibilidad: el origen de la música y del metro de estos sentimentales cantares, hay que buscarlos en los almúedanos de las mezquitas de Córdoba, Granada y Málaga, especialmente en las de Granada y Málaga, que a sus pregones convocando a la oración, ya expresados con estilo, añadieron oraciones y lamentaciones versificadas, en las que cifraban y hacían conocer sus cualidades de cantantes, cualidades que había de poseer a la perfección para desempeñar el cargo de almúedano, entonces muy bien retribuidos, y que era motivo de orgullo del barrio el que poseía el mejor, entablándose competencias y rivalidades que han llegado hasta nosotros traducidas al cristianismo.



Juan Gómez

   Pero más numerosos son los autores que encuentran en ella un origen religioso cristiano. Unos se amparan en las coplas religiosas que los misioneros franciscanos entonaban por las calles para excitar a los fieles a la piedad y el arrepentimiento ya en los siglos XVI y XVII. Otros creen que puede tener su origen en determinados cantos litúrgicos o ciertas jaculatorias medievales de la Iglesia que coreaba el pueblo y que, con el tiempo, se fue introduciendo la costumbre de hacerlo de forma individual. O, como recoge el investigador Rafael Lafuente: la saeta fue originariamente canto litúrgico colectivo. Antiguamente el desfile de las procesiones de Semana Santa era acompañado por el canto coral de los propios fieles, que entonaban salmos. De aquellos salmos debió desprenderse la saeta antigua, la cual recuerda todavía el pueblo andaluz en el área no flamenca, especialmente en la provincia de Granada. La antigua saeta tenía un profundo sabor litúrgico y no estaba contaminada por el jondo.

   Es de esa saeta vieja de donde sale la moderna, la flamenca. ¿Cómo se dio el proceso? No está del todo claro; Luis Melgar y Ángel Marín afirman que las saetas aflamencadas nacen cuando el cantaor flamenco se dirige públicamente a Dios cantando la antigua tonada, la saeta vieja, pero revistiéndola inconscientemente de perfiles y expresiones propias del flamenco. Y se hace totalmente flamenca cuando con el tiempo se fue acoplando al espíritu y las formas de la emotividad flamenca. Nacen de ir introduciendo tercios flamencos en la saeta antigua, de ir despojándola de su vieja musicalidad hasta lograr una forma completamente distinta y novedosa, desde donde surge la moderna saeta flamenca.



Francisco Fernández

 
   Muchos son los que señalan las raíces de las saetas flamencas en tierras gaditanas así como también son muchos los que nombran al gaditano Enrique el Mellizo como el inventor de la saeta por siguiriyas. El caso es que hacia finales del siglo XIX o principios del XX llega a Sevilla, donde va adquiriendo su máxima dimensión artística y flamenca. Como señalaba Antonio Mairena: En principio de siglo (XX) llegó a Sevilla una sencilla forma jerezana que se empezó a llamar saeta por siguiriyas, las que una vez dentro de la catedral de Sevilla se convirtió en un gran cante, con tanta o más dificultad y duende con el mejor cante por siguiriyas y, por los años treinta, el cante por saetas había llegado a ser de máxima altura, de gran desarrollo, duendes flamencos y gitano-andaluz.

   Ha habido grandes saeteros como Manuel Torre, Antonio Chacón, El Niño Gloria, Manuel Centeno, La Niña de los Peines, Antonio Mairena, pero no olvidemos que la saeta andaluza es un canto popular en la boca y el corazón de numerosos saeteros anónimos, con un fuerte carácter religioso y la religiosidad del pueblo andaluz ha hecho de ella una oración cantada con verdadera devoción. De tal forma el flamencólogo Manuel Ríos afirmaba de esta oración cantada que forma en el ambiente un colectivo recogimiento, pese a que es una sola voz la que fervorosamente se eleva en plegaria, en loor, en impulso de consuelo hacia la aflicción divina, porque no es oración para pedir: la saeta es oración para dar, para patentizar al Cristo o a su Madre la consolidarización humana en su dolor, dentro de los rituales costumbristas. Sus letras suelen versar sobre la Pasión de Jesús, el Dolor de la Virgen, las escenas que se representan o simples piropos. Toda la Pasión de Cristo está contenida en las saetas y hay quien afirma que la saeta es la Pasión de Cristo según la siente y canta el pueblo andaluz.



Lina Rojo


   En la Semana Santa se conmemora la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús, de Cristo, del Ungido, reviviéndose los momentos cúlmenes de la fundación del Cristianismo un año tras otro. Su origen hay que buscarlo en tiempos muy remotos, en los siglos medievales, donde se señala que en una fecha tan temprana como el siglo XV ya aparecen las procesiones a la manera en que las conocemos hoy. Pero es cierto que algo más antiguo es el teatro popular religioso, donde se interpretaba las escenas más dramáticas de la Pasión por actores surgidos del pueblo. En muchos lugares todavía mantienen esta costumbre y en nuestra propia celebración en tiempos pasados pero aún recientes en la memoria, teníamos un préstamo de aquel: los Pasos Hablaos, con sus apóstoles y otros personajes que participaban y actuaban en las procesiones. No obstante aún se conserva restos de la dramática gestualidad de ese teatro popular de carácter sacro cuando se producen las mecidas, las carrerillas o las reverencias entre las mismas figuras que son llevadas por los tronos.



Caretas de los apóstoles empleadas por los vecinos del pueblo hace ya algunas décadas.
Imagen procedente del blog Monda. Fe y Tradición.

   La Semana Santa tiene desde sus orígenes un fortísimo carácter popular. En estos días las calles de nuestro pueblo se convierten un escenario teatral cuyas calles se transustancian mágicamente en las del Jerusalén de la Pasión, nuestro Calvario en el siniestro Gólgota y nuestros vecinos en actores activos y pasivos de los hechos donde se recrea ese rito del que nace el Cristianismo. Es, para todos los mondeños, creyentes o no, la celebración que con más intensidad, pasión y veneración se vive y se disfruta. Y uno de los muchos caracteres de esta fiesta y que me gustaría destacar es el compartir; compartir un lugar, Monda, y compartir un tiempo, nuestra Semana Mayor porque es un espacio de encuentro de familiares y amigos que retornan a la patria chica, de hermanos, de vecinos…



El interior de la Iglesia de Santiago Apóstol

 
   Nuestra Semana Grande empieza ya a anunciarse cuando vemos, por aquí y por allá, a numerosas mujeres “inmaculando” de blanco sus casas mientras la banda de música municipal inicia sus vespertinos ensayos callejeros. Arriba esperadamente en la inquieta primavera, cuando el tiempo es indeciso y la meteorología, imprecisa; cuando las tempranas y zaínas golondrinas, con sus inconfundibles y recortados perfiles, horadan el aire con su vuelo grácil y tenaz; cuando las flores estallan en mil colores y en mil fragancias; cuando en el verde de los campos reverbera, juguetona, nuestra excepcional luz mediterránea; cuando los naranjos de la plaza, huérfanos de naranjas, expelen su aromático y seductor azahar, que es lo que a mí más me huele a Semana Santa incluso muy por encima del espeso olor de la cera de las velas o incluso del incienso. En definitiva, llega cuando florece la vida. Y no por casualidad. Ambas mantienen una íntima y secular relación: la primavera es el momento de la Vida así como lo es la Resurrección del Hijo.



Una escena con el Crucificado de fondo

 
   Mis recuerdos de infancia entorno a estas fechas son muy difusos y etéreos, caminan envueltos en un manto brumoso. A pesar de ello hay una cosa que se aferra a mi memoria y que todos los años renace con añoranza cuando llega este tiempo sacro.

   Cuando era un zagalillo, los niños del Barrio La Paja emulábamos a los mayores realizando nuestras propias procesiones, al igual que hacían los niños de otros barrios. Costumbre que ya casi se ha perdido. Al menos en su espontaneidad. Con unos ásperos y astillados palets de ladrillos, con unos cuantos maderos o con unas mesas viejas, improvisábamos unos majestuosos y deslumbrantes tronos que portaban alguna ajada figurilla sagrada o cruces formadas por dos trozos de madera malamente claveteados. El pulgar de algunos de los que éramos niños entonces recordará la férrea caricia del martillo. Éstos se acompañaban, a veces, con cuatro efímeras velas repartidas por sus esquinas y que los niños sisábamos de nuestras casas aún a riesgo de recibir la siempre temida reprimenda materna. Adornábase el sagrado paso más por la imaginación infantil que por las hierbas y flores que recogíamos a los pies del Castillo, que enseguida perdían su vitalidad, su luz y su color. Un trozo de lata y una pequeña barra de madera o de metal eran los instrumentos de nuestro singular Capataz de Trono.

   Cuatro eran los chiquillos que con solemne orgullo lo portaban mientras una banda de música formada por otros niños del barrio ejercía una marcial compaña. Era bastante singular; el instrumento musical más usado era el tambor, pero no uno cualquiera, sino el tambor de detergente de lavadora de la marca Luzil o Colón, según recuerdo, que con dos palillos de madera los hacíamos sufrir arrancándole estruendosos compases hasta que los acabábamos rompiendo. Aunque a algunos les alargábamos el suplicio remachándolos con esparadrapo o cinta aislante, pero ya no sonaban igual.

   Había años en que hasta disponíamos de todo un escuadrón de fusileros improvisando con palos de escoba. Y mientras esta peculiar comitiva se abría paso por las calles, muchos otros niños se iban sumando para acompañar la procesión e incluso numerosas madres se asomaban a la puerta y a los balcones.

   Aquello, ahora me doy cuenta, era mucho más que un juego. Era un vivero de nuevos horquilleros, nazarenos, penitentes… era la cantera de nuestra Semana Santa. Savia nueva.

   Pero no quiero seguir hablando de recuerdos y restando más tiempo a los auténticos protagonistas de la noche porque ya es el momento de dejar paso a nuestros saeteros.

   Les deseo que disfruten de su arte y de su contagiosa emotividad así como también les deseo que vivan nuestra Semana Santa con intensidad y con la compañía de los amigos y de la familia.


Muchas gracias.


                                                                 Diego Sánchez.

sábado, 17 de marzo de 2012

LOS JUEGOS Y JUGUETES DE NUESTROS ABUELOS


   Esta entrada está inspirada en un trabajo que hice hace unos años sobre los juegos populares de la Sierra de las Nieves y cuyo fruto fue un entrañable libro editado por la AGDR Sierra de las Nieves titulado "Los juegos y juguetes de nuestros abuelos. Juegos populares y tradicionales en la Sierra de las Nieves". Para su realización contó con la colaboración de casi un centenar de vecinos de esta bella comarca que compartieron sus recuerdos lúdicos de infancia.

   Sin ellos, ese libro no hubiera podido haber visto la luz.


   Los juegos populares y tradicionales forman una parte muy importante de nuestro patrimonio cultural (al igual que nuestras fiestas, nuestros monumentos, nuestra gastronomía,…). Se trata de una expresión cultural de carácter inmaterial que nos caracteriza y que ha pasado de padres a hijos a través de numerosas generaciones. Nuestra herencia lúdica representa una de las manifestaciones culturales más ricas e interesantes en los pueblos de la Sierra de las Nieves y, siendo la cultura una firme portadora de nuestras tradiciones, la recuperación, difusión y práctica de estos juegos en nuestros pueblos contribuye a fomentar entre nuestra población nuestra personalidad cultural. Si dejamos que se pierdan, irremisiblemente perderíamos un poco (o mucho) de nosotros mismos.

   Muchos de los juegos de los que vamos a hablar no han desaparecido y, quizás, nunca lo hagan, pero si es cierto que van en franco retroceso, ya que compiten en desventaja con otras nuevas formas de juego, otras nuevas formas lúdicas que emplean en gran medida las nuevas tecnologías como base y que tienen en las consolas de juego su más directo competidor.

   A lo largo de la historia de la Humanidad podemos encontrar indicios y testimonios de la existencia de antiguos juegos y juguetes en las desaparecidas civilizaciones del Próximo Oriente, en el Egipto faraónico, en las culturas griega y romana e incluso en las antiguas poblaciones de la América precolombina, así como de África y de Asia. No se tiene constancia de ninguna cultura o civilización donde no aparezca de una u otra manera el juego o el juguete, ya que el espíritu lúdico no se puede disociar del ser humano. Muchos de estos juegos y juguetes han surcado océanos de tiempo logrando arribar hasta las orillas de nuestros días.






   El ser humano es el único ser en la naturaleza que juega por diversión, que juega por entretenimiento y, además, lo hace durante toda su vida. El resto de los animales tienen en el juego solamente un vehículo de aprendizaje, de formación para la vida, para la supervivencia, no para pasar el tiempo.

   Se sabe que multitud de elementos de juegos y juguetes del mundo lúdico infantil proceden de los ritos y ceremonias que se desarrollaban en las prácticas adivinatorias, en los antiguos ritos de fecundidad, de fertilidad,… y sólo llegaron a manos de los niños a través de su abandono por los adultos. Por ejemplo, mediante el lanzamiento de huesos y objetos al aire y tras ver en que posición caían, sacerdotes y augures de la Antigüedad lo interpretaban tratando de adivinar el futuro u otras cuestiones. Los niños, por imitación, empleaban elementos similares, emulando a los mayores. Cuando con el tiempo desaparecen las prácticas adivinatorias, el juego que se ha desprendido de ellas se mantiene vivo. Este es el origen de las bolas, las tabas o las chinitas.



   Los juegos populares son aquellos juegos conocidos y practicados de forma cotidiana y que se transmiten de generación en generación por vía oral. Cuando estos juegos tienen su origen en un determinado lugar son denominados juegos autóctonos. Cuando entran a formar parte de la identidad cultural de un pueblo, de su idiosincrasia, se habla de juegos tradicionales. Algunos aparecen y desaparecen en determinadas épocas del año porque en su origen estaban vinculados a las estaciones del año y asociados a aspectos como el clima, la dinámica de las cosechas y cultivos, las prácticas ganaderas, como muestra de su antigua relación con las distintas etapas vitales y productivas o con los ciclos de la vida.


   Una característica fundamental del juego es que resulta especialmente vital en el niño puesto que es mediante éste como realiza el aprendizaje y a través del cual consigue cierto desarrollo físico, psíquico y social. A través de los juegos y desde su más tierna infancia los niños imitan, descubren, aprenden, se relacionan,… se contextualizan y se integran en su comunidad socio-cultural.

   La práctica de muchos de estos juegos no necesitaba normalmente de elementos materiales específicos para su realización, pero otros juegos sí que los requerían. En estos casos eran los mismos niños quienes, ante la falta de medios y con las siempre omnipresentes limitaciones económicas, elaboraban sus propios juguetes ayudados por su desbordante e infatigable imaginación iniciándose, por otra parte, en ciertas labores artesanas y adquiriendo un práctico aprendizaje manual. Es el caso, por ejemplo, de las muñecas de trapo, que con toda suerte de retales, recortes de tela, trozos de sábanas viejas… eran elaboradas primorosamente por las niñas, ayudadas en esta tarea por sus madres o abuelas, iniciándose de este modo en el femenino arte de la costura que iba aprendiendo mediante el juego mientras se introducía en el papel que como mujer y madre le iba tocar desempeñar en el futuro. En el caso de los niños, el regalo de su primera navaja a temprana edad les posibilitaría contar con una herramienta con la que poder actuar sobre diferentes soportes como la madera, el corcho, la caña,… Decenas de entrañables testimonios recogen cómo los niños se hacían sus pelotas de trapo y cómo las niñas se hacían sus muñecas, rellenándolas de otros trapitos o de afrecho, elaborándole laboriosamente la melena y pintándoles delicadamente su carita.



   En el mundo rural tradicional ha existido una fuerte división en cuanto a género en numerosos aspectos sociales, laborales, religiosos… El mundo del juego y de los entretenimientos no escapa a esta división que se va a manifestar en una serie de diferencias en cuanto a tipos de juegos practicados, lugares de juego, tiempo de juego… Está claro que en el ámbito rural tradicional se ha venido potenciando una educación sexista que inculcaba, tanto a niños como a niñas, una serie de valores y normas sociales definidos para cada sexo acorde con el rol social que les iba a tocar interpretar en el futuro. De esta forma y desde la más tierna infancia se juega a emular y asimilar todo lo que se ve en el entorno social, y así las niñas han jugado a las casitas, a las muñecas, a las cocinitas,… comenzando a inculcarle ya desde la infancia el lugar social que ocuparán en el futuro como esposas, madres y amas de casa.


   Pero no sólo por cuestiones de género se va a establecer una diferenciación entre los tipos de juegos y prácticas lúdicas. También la edad o la etapa del ciclo vital por el que se esté pasando (lactancia, infancia, juventud, adultez) van a determinar muchos aspectos de la vida, entre ellos los tipos de juegos. Por este motivo hay que destacar tanto los diferentes juegos empleados por uno y otro colectivo como los distintos lugares y las distintas horas de juego de los mismos. Por ejemplo, normalmente las chicas han jugado en el interior o cerca de casa, a la vista de la madre o abuela, sin ir más allá de los límites del casco urbano del pueblo. Pero los chicos lo han hecho habitualmente al aire libre, alejándose más del pueblo en cuanto han tenido más edad, empezando en calles, en plazas, en las afueras del municipio, en los ríos… Pero esta separación tiene su encuentro conforme avanza la edad ya que es en la adolescencia, al amparo de la revolución hormonal, el momento en que ambos sexos empiezan a tener más contacto a través de juegos como las ruedas o los carros.




   Otro factor importante a tener en cuenta es que el carácter de la mayoría de estos juegos, al ser colectivo y grupal en la mayor parte de los casos, es socialmente muy beneficioso ya que prima el sentido de equipo donde se hacen actividades que requieren de coordinación y organización entre los participantes, donde se necesita el consenso a la hora de dictar y respetar las reglas de los juegos. Así se fomentan y transmiten a los jugadores una serie de valores sociales y de conductas morales que los actuales juegos individuales no desarrollan plenamente y que se manifiestan en aspectos tan necesarios de trabajar en niños y jóvenes como la integración sociocultural, el trabajo en grupo, la cooperación, el respeto por las normas y los valores, el respeto hacia otras formas de expresión cultural, hacia otras culturas, … a la vez que se desarrollan acciones motoras y psicomotoras que favorecen la salud física y mental de quien los practica.


   Por otra parte es de destacar el significativo y abundante patrimonio oral compuesto por una gran variedad de coplillas, nanas, canciones, estrofillas, versos,… que se recitaban y entonaban mientras se practicaban muchos de los juegos (algunas se recogen en el libro de los juegos). Esta riquísima herencia oral se manifiesta saltando a la comba, jugando a la rueda o al carro, bailando jeringosas,… conformando uno de los más valiosos tesoros culturales de los pueblos de la Sierra de las Nieves. Algunas de ellas son muy conocidas y populares en todo nuestro país pero otras, que vienen de muy antiguo y han sido transmitidas de generación en generación, parecen tener un carácter más localista y han cohabitado con otras más recientes en el tiempo. Es tan sumamente rica esa tradición oral asociada a los juegos que sería necesario hacer un estudio aparte sobre este aspecto.

   Para desentrañar los juegos populares y tradicionales debemos apoyarnos en la división por etapas del desarrollo humano que realizó el psicólogo evolucionista y filósofo Jean Piaget, que analiza los diferentes momentos de maduración por los que pasa el ser humano describiendo, entre otras cosas, los tipos de juegos que se realizaban en cada una de estas etapas. A pesar de ello debemos tener muy presente que muchos juegos pueden iniciarse en ciertas etapas de la vida y prolongarse durante otras, como ocurre con el juego del trompo, las bolas o el salto de la comba, el tocatrés,…

Lactante y bebé. El juego, en este momento de la vida, se caracteriza por ser un juego de ejercicio o sensomotor, que se desarrolla durante los dos primeros años de vida y donde el bebé aprende a ejercitar las funciones de su cuerpo moviéndose, agitándose, tratando de coger cosas mientras va asimilando el conocimiento del mundo exterior. Son las nanas, los mecimientos, los juegos de manos (cinco lobitos), el empleo de las sonajas hechas con calabacitas o chapitas,… que ponen al niño en contacto con el mundo de los sonidos y el movimiento de su propio cuerpo. Mediante estos juegos y juguetes el niño va tomando conciencia de sí mismo y de su entorno social más inmediato


   Durante los primeros años de infancia. Aproximadamente de los dos a los siete años los niños desarrollan lo que él denominó período de pensamiento preoperacional, donde tiene su aparición el juego simbólico. En esta etapa los niños y niñas en el juego toman como referencia a los mayores jugando a “como si fuera el otro”. De esta forma imitan a los mayores en sus labores diarias, en el campo o en la casa, trabajando la tierra o cuidando de los hijos, arando el campo,… Niñas y niños imitan los modelos sociales que ven y aprenden mediante el juego “lo que serán en el futuro”. La mayoría de estos juegos van a tener como soporte algún tipo de juguete, normalmente elaborado por los mismos chiquillos. Es el tiempo de las muñecas de trapo, de los araditos, de las figuritas de barro, de los carritos de corcho,…





   Durante la niñez. Piaget habla del período de operaciones concretas, que va aproximadamente de los siete a los doce años. Es en esta etapa donde se desarrollan las actividades de grupos y cooperación basadas en los juegos de reglas y donde se han recogido el mayor número de juegos que hemos plasmado en el libro. Trompo, bolas, aro, la pelota,… juegos de persecución y caza: civiles y ladrones; bandoleros; el marro, el pañuelo. Otros como el escondite; churro, media manga, mangonero; la piola; el hilo; el columpio; la gallinita ciega; el escondite; los cromos; las mariquitas recortables; la patarra; la comba; las chinitas; el yo-yo,…









   De la adolescencia a la adultez. El último estadio del desarrollo que propone Piaget es el de las operaciones formales, que empieza en la adolescencia y continúa a lo largo de la vida adulta. Es en esta etapa donde se empieza a mostrar interés por el sexo opuesto, cosa que en la materia que tratamos, los juegos, vemos su plasmación en los juegos de ruedas y carros. Es el momento en que chicos y chicas se aproximan más y, con el tiempo, empezarán a jugar a “otros juegos”.

   El juego es un vehículo de aprendizaje de primer orden. Mediante él aprenden los niños por lo que, jugando, no pierden el tiempo, sino que lo aprovechan. Los beneficios de los juegos populares para los más pequeños son muy positivos (y también para los adultos) al fomentarse la agilidad física y mental y ser un insustituible vehículo de integración social y cultural.

   No pienso que haya que obviar o rechazar los nuevos juegos digitales, sino que no dejemos de practicar los de toda la vida porque aportan algunos valores insustituibles para el desarrollo humano y personal.

   Hasta la próxima


  ©  Diego J. Sánchez.


miércoles, 25 de enero de 2012

LA LEYENDA DE LA BUENA VILLETA

   En una entrada anterior cuando hablaba del castillo de Monda, hice referencia a la existencia del fantasma que lo habita y que tiene su carta de naturaleza en una de las leyendas que tenemos en el pueblo: la de la Buena Villeta. Y en estos días en los que tenemos presentes la floración de los almendros, bella antesala de lo que nos depara la primavera que aguardamos con impaciencia, es el momento adecuado para traerla a colación porque, como veremos, el destino de esta desdichada y joven doncella estuvo siempre muy vinculado a este árbol, especialmente a sus marfíleas y rosadas flores. 


   Antes de que se me olvide, quiero dedicar esta entrada a otras dos flores, Wies y Clara, que se que disfrutarían como enanas viendo los almendros en flor.

   En los años cuarenta del siglo pasado Diego Vázquez de Otero, amén de otros trabajos, se dedicó a ir recabando una serie de leyendas de muchos pueblos malagueños, incluido Monda. Que se sepa, fue el primero en recoger nuestra leyenda por escrito. El registro por escrito es bueno porque no se pierde la leyenda por los vericuetos de la desmemoria, no se acaba olvidando con el tiempo pero, paradójicamente, es a la vez su propia “muerte” porque lo que mantiene viva y caracteriza su mutabilidad es precisamente su vehículo de transporte: la oralidad. La transmisión oral las hace pasar de boca en boca, de padres a hijos, haciéndolas vivir y revivir a través del tiempo, reconvirtiéndose, re-semantizándose, sumando elementos nuevos a la par que se despoja o convive con otros viejos, mezclando hechos verídicos con otros irreales… mientras mantiene lo que es esencial a la par que se va despojando de lo que tan sólo es accesorio, lo que la dota de ese particular carácter atemporal.


   Una vez transcrita la leyenda su dinamismo acaba tornándose en estatismo, hasta que se fosiliza en un momento y época determinados.

   Pues este es el tema que hoy traemos a colación, la leyenda de la Buena Villeta. Muchos ya la conocéis, pero otros a lo mejor no la recuerdan o no la conocen, por lo que es el mejor momento de rememorarla.

   Y es que esta historia está muy relacionada con el almendro, al que muchos señalan que fue traído por los fenicios en la Antigüedad, unos habitantes de la costa de lo que es hoy la zona Sirio-Palestina que tuvieron una importantísima vocación marinera y comercial debido al reducido tamaño de sus tierras, por lo que llegaron a convertirse en unos importantes comerciantes que establecieron puntos de venta y factorías (centros de comercio) a ambas orillas del Mediterráneo, muchas de las cuales acabaron siendo el origen de importantes ciudades, como es el caso de Málaga.

   Volviendo con nuestro habitante del paisaje de secano, el almendro es un árbol de hoja caduca que pertenece a la especie de las rosáceas. Su tronco, ajado y retorcido, ya parece viejo cuando el árbol aún es joven. Es su carácter. Su corteza, rugosa y ruda al tacto y a la vista, es de gran aspereza y en sus copas, durante los sofocantes meses estivales, se padece el torturador y taladrador cante de las chicharras, así como el inmisericorde picar de sus incómodos piojos.


   Su floración, prematura primavera, tiene lugar en el mes de enero cuando un bello espectáculo cromático envuelve los campos de labor. Su flor, de pétalos blancos y corazón encarnado, expide aromas fugaces e intensos y su fruto ha sido un producto comercial desde muy antiguo, siendo los musulmanes los que lo explotaron comercialmente con cierta intensidad junto con otros frutos que poseían el mismo carácter poco perecedero como el higo seco o la pasa, necesarios en aquellas épocas  que no había medios de conservación.

   Su fruto es la almendra (de las que hay muchas variedades), que sufridamente se recoge en verano. La almendra se encuentra protegida por una cáscara y ésta envuelta por una capota que hay que quitar tras su recogida en el denominado proceso del descapotado. Antaño se hacía a mano, ayudándose con navajas o barras metálicas, lo que suponía un arduo trabajo que realizaban varios miembros de la familia entorno a un cajón de madera. Desde hace años las máquinas de descapotar aliviaron y aligeraron esta pesada labor. Son numerosos los postres y dulces que se fabrican con la almendra y en nuestra zona merecen mención aparte las galletas y sopas de almendras de Guaro.

   Volviendo a nuestra legendaria historia de amores y desamores, Vázquez de Otero incluyó la leyenda de la Buena Villeta en su libro Leyendas y Tradiciones Malagueñas. Por su interés la he volcado íntegramente pero he de señalar que algunos de los datos históricos que se referencian están fuera de su marco cronológico -entre otras cosas- dada su naturaleza como leyenda:



   Cuando el Duque de Escalona y Marqués de Villena tomó posesión del señorío de Monda a fines del siglo XV, dejó por gobernador de la villa y los Castillos a Hurtado de Mendoza.

  Cuenta la leyenda que tenía Hurtado una hija, Beatriz, de extraordinaria belleza, reflejo de un alma sensible y compasiva, la cual era el “paño de lágrimas” de aquellas familias necesitadas del pueblo, a las que visitaba y cuidaba; a niños y mayores, enfermos o indigentes, hasta tal punto que fue llamada por todos con el sobrenombre de la Buena Villeta, nombre del lugar donde residía y que muchas personas creían era la Munda Bética de los romanos.

   Alzábase dicha residencia sobre la cima del cerro que todavía llaman “La Villeta”, modificación de villa, morada de un patricio romano, más tarde convertida en fortificación inexpugnable.

   Sucedió que Arturo, joven apuesto hijo del alcaide de la villa de Tolox don Sancho de Angulo, llegó a la Villeta con una misiva de su padre para el gobernador Hurtado; Arturo y Beatriz quedaron profundamente enamorados.


   Desde aquel momento y en sucesivas visitas, las flores y los senderoos maravillosos y entonces paradisíacos senderos de Alpujata, la Torrecilla, la Mojeda, Moratán, la Vega, la Villa y hasta la vieja calzada romana que conducía a Cartima, conocieron sus nombres y fueron testigos de sus promesas e ilusiones, pero la mayoría de las entrevistas tenían lugar a los pies de la “Virgen del Almendro”, pequeña imagen que recibía culto en hornacina excavada en el muro, junto a la puerta principal y a la sombra de un robusto almendro.

   Y aconteció que una tarde triste de enero Arturo, rota el alma, confesó a su amada Beatriz la obligación que le empujaba a embarcar con su padre hacia las recién descubiertas tierras americanas.

-No sé lo que podrá durar mi ausencia- dijo Arturo. - A mi regreso serás mi esposa. Te lo juro ante la Virgen que nos oye. Dicho esto, alzó la mano y de una de las ramas del almendro, a la sazón en plena esflorescencia, cortó una flor y presentándola a su amada señaló un pétalo y le dijo: este es mi corazón. La Buena Villeta acercó sus labios y lo selló con un beso. En seguida, colocando su índice sobre el inmediato dijo:

- Y este es el mío. Arturo abrasó con sus ardientes labios el sito donde había posado el índice su amada.


   La flor, cruzada por los besos de los enamorados fue ofrecida a la Virgen y depositada en su mano.

   Sucedió entonces una cosa extraordinaria. Tan pronto como la flor sintió el contacto con la divina mano, pareció esponjarse, cual si recobrase vida y sus hojas marfileñas tornáronse más tersas, más blancas; tomaron la blancura nítida de las nieves alpinas.

   Pasó mucho tiempo. Cada día iba la Buena Villeta a postrarse ante su Santa Patrona, y siempre, aun en medio de los calores estivales, hallaba la flor erguida y lozana cual si la mano que la sostenía fuera el árbol que daba jugo a la flor y alimentaba.

   Pero un día, también de invierno, no fue así. Al llegar la joven junto a la hornacina, reparó que la flor mustia y lánguida, caía como en desmayo sobre los dedos de la Virgen. Se acercó inmutada y presa de mortal zozobra. Del fondo de la flor brotaba una gota de sangre viva que iba tiñendo ligeramente de carmín los bordes de toda ella.

   Y más, más aún, creció su dolor cuando vio ocurrir lo propio a las flores de los muchos almendros que allí vegetaban, que desde entonces tomaron un leve matiz de sangre.



-¡Arturo ha muerto!- clamó la triste con grito supremo del alma. Y se desplomó a los pies de la imagen, exhalando su postrero aliento con el nombre de su amado en los labios. No tardó mucho en saberse que el día mismo de este suceso, Arturo había perecido a manos de los caníbales en una isla del mar de las Antillas.

   Y durante muchos años, la sombra de la Buena Villeta vagó por las ruinas de “Los Castillos”, apareciéndose en los atardeceres a las gentes de Monda, quienes todavía, durante las altas horas de la noche, en ciertas épocas del año, oyen, con terror, los quejidos y la voz plañidera de la doncella sin ventura que murió de mal de amores.


 
   Hay otra versión de la muerte de Arturo de la que no se hizo eco Vázquez de Otero. Ésta señalaba que este joven no había muerto en tierras americanas tras una indigesta experiencia gastronómica que le llevó a formar parte de la dieta proteínica de los amerindios antillanos, sino que otras interpretaciones apuntan que murió en tierras europeas luchando contra los temidos turcos.

   De cualquier forma, un final muy poco envidiable.

   Aprovecho esta entrada para informar que el próximo domingo 29 de enero se celebra en Guaro el Día del Almendro, donde se organizan varias rutas interpretadas por almendrales y una degustación de sopa de almendras.


   También quisiera comentar que el próximo sábado 4 de febrero se organiza una ruta interpretativa que nos llevará desde Monda hasta los molinos moriscos del envidiable paraje de Alpujata. Por el camino hablaremos del paisaje, de sus diferentes usos y de la relación del ser humano con este territorio a través de sus huellas (caleras, corrales, molinos, cultivos,…), disfrutando de su  vegetación y sus cultivos -especialmente de los almendros-. Para no perdérselo. En días venideros se subirá la información relacionada con esta actividad al apartado Noticias de la web oficial del Ayuntamiento de Monda.

Hasta la próxima entrada.


  © Diego Sánchez.






jueves, 24 de noviembre de 2011

EL PATRIMONIO NATURAL Y CULTURAL EN EL PARQUE NATURAL SIERRA DE LAS NIEVES. UNA OPORTUNIDAD PARA EL TURISMO

   Buenas tardes a todos.

   Esta entrada está basada en la ponencia que realicé el pasado día 22 de octubre en las Jornadas de turismo natural y cultural en el Parque Natural Sierra de las Nieves, que con el título El patrimonio histórico-cultural en la Sierra de las Nieves. Una oportunidad para el turismo pretendía mostrar, más allá del innegable y grandísimo valor socio-cultural de nuestro patrimonio, las posibilidades que para el sector turístico de nuestro ámbito rural posee.




   Ese día tuvieron lugar otras intervenciones que mostraron otros aspectos relacionados con el turismo en un espacio de tal riqueza ambiental como es el Parque Natural y su entorno. La siguiente jornada se realizó una visita interpretada al cercano paraje de Alpujata, donde se desentrañaron sus valores naturales y culturales en el marco de la relación Hombre-Medio Ambiente (enlace a la noticia).




   Para adaptarla al formato del blog he debido operar algunas modificaciones en la estructura de la ponencia que no afectan a su esencia ni a las cuestiones planteadas en aquellas jornadas.



   En mi alocución me voy a centrar sobre todo en la zona del Parque Natural y su entorno que se refiere a la comarca de la Sierra de las Nieves más que la zona rondeña por dos motivos: el primero, sinceramente, es porque la conozco mejor y el segundo es porque la Serranía de Ronda lleva una dinámica turística mucho más avanzada y más consolidada que camina ahora por la senda de obtener la catalogación como Parque Cultural.

 
   También quiero que se tenga presente que éste es un tema extensísimo y que he tratado de contenerlo lo más que he podido para encajarlo en el tiempo que dispongo, que no es mucho. En él, tras una breve introducción, voy a tratar sobre varias cuestiones como qué es el patrimonio histórico-cultural y que valores residen en él así como los tipos que lo integran; presentaré a vuelapluma el legado de la Sierra de las Nieves, materializado en su enorme patrimonio histórico-cultural que ilustraré con algunos ejemplos de puesta en valor; y, finalmente, plantearé una serie de posibles salidas a nuestros recursos culturales y una serie de conclusiones tras lo cual se abrirá un turno de preguntas para resolver posibles dudas.

   Todos sabemos sobradamente que en los últimos años el turismo se ha segmentado y se ha diversificado enormemente. El tradicional turismo de masas de carácter “fordista” que buscaba el sol y la playa, que se cocía vuelta y vuelta bajo los cancerígenos rayos solares, se ha visto ampliado con el turismo natural y cultural en sus más diversas facetas (geológico, ornitológico, faunístico…gastronómico, festivo, etnográfico…), entre otros. El primero sigue vigente pero, de forma general, sería recomendable una combinación de diferentes productos-servicios turísticos para diversificar la oferta, para romper con la estacionalidad y para dinamizar más y mejor la economía y el empleo apoyándose en todos los recursos disponibles. En tal sentido el turismo natural y cultural contribuye a la generación de empleo estable, es productor de riqueza y un agente de arrastre de otros sectores económicos tales como la artesanía, la gastronomía, los productos agro-ganaderos, etc…
 
 
   Y es en esta tesitura donde encaja de lleno el "nuevo turista". Digo nuevo, pero ya no es tan nuevo, se lleva hablando de turismo natural y cultural hace ya bastantes años. Este nuevo turista se encuentra motivado por la búsqueda de nuevas sensaciones y experiencias, de nuevas vivencias; por el descubrimiento de territorios, paisajes y expresiones culturales diferentes…se trata, en definitiva, de un “consumidor” de naturaleza y de cultura.



 
   Por otro lado nos encontramos con la Sierra de las Nieves, un singular territorio que se asienta en una abrupta zona al occidente de la provincia de Málaga incardinado en el arco montañoso de las Sierras Béticas. Su relativa proximidad al mar, su diversidad geológica, su caprichoso relieve, su biodiversidad, etc… han dado lugar a una significativa variabilidad de paisajes y ecosistemas habitados por diferentes especies animales y vegetales donde, a lo largo del tiempo, el ser humano ha explotado los numerosos y abundantes recursos que le ha brindado este medio, manteniendo un equilibrio donde se entrelazan y maceran los valores naturales y ecológicos con otros de carácter histórico, cultural y etnográfico.


    Y ese milenario equilibrio en la relación Hombre-Medio es la esencia que sustancia el espacio declarado como Reserva de la Biosfera de la Sierra de las Nieves, cuyo corazón lo ocupa el Parque Natural y que hace tan sólo unos años ha comenzado a formar parte de otra de mayor calibre, la Reserva de la Biosfera Intercontinental del Mediterráneo, que abarca tierras de las dos orillas del vinoso mar de Homero unidas por un puente de 14 kilómetros de revoltoso, acaracolado y azulado mar.

 

 
   Hago hincapié en la cuestión de la Reserva de la Biosfera porque es el contexto, el exclusivo escenario, donde se han desarrollado y se siguen desarrollando las relaciones humanas que han dado como resultado el rico legado histórico-cultural que tenemos. No es un espacio inmóvil y estático sino vivo y dinámico donde el patrimonio natural y el histórico-cultural están tan estrechamente relacionados que no podemos entender el uno sin el otro.

   Al igual que no podemos entender a Don Quijote sin Sancho Panza, al Gordo sin el Flaco o a Epi sin Blas, asimismo no podemos entender ni interpretar la herencia islámica de la “cultura del agua”, su adaptación ecológico-cultural materializada en las numerosas huertas, en la red arterial de acequias, en los azudes y albercas, en los molinos hidráulicos y los batanes… sin tener presente el contexto serrano de geología caliza que, absorbente cual esponja, permite el almacenaje de agua y su eclosión a través de numerosos nacimientos y manantiales permitiendo el funcionamiento vital de los espacios irrigados.



   Así que, resumiendo, por un lado tenemos una demanda cada vez más creciente de mano de nuevos turistas que buscan la naturaleza y cultura y por otro poseemos un gran potencial natural y cultural en el Parque Natural y en su entorno.


 
   Pero llevo hablando de patrimonio histórico-cultural un rato y antes de seguir me gustaría hacer una debida aclaración: la terminología patrimonio histórico y patrimonio cultural se suele usar indistintamente para designar los mismos sujetos, sólo que en los últimos años la tendencia es hablar de patrimonio histórico-cultural. Y ¿Qué es el patrimonio histórico o cultural? Hay muchas definiciones pero he tomado la que aparece en Ley de Patrimonio Histórico Andaluz (2007):

-En su Exposición de Motivos señala que: “El Patrimonio Histórico constituye la expresión relevante de la identidad del pueblo andaluz, testimonio de la trayectoria histórica de Andalucía y manifestación de la riqueza y diversidad cultural que nos caracteriza en el presente”.

-Y en el artículo 2 de las Disposiciones Generales señala que el Patrimonio Histórico Andaluz “se compone de todos los bienes de la cultura, tangibles o intangibles, en cuanto se encuentren en Andalucía y revelen un interés artístico, histórico, etnológico, documental, bibliográfico, científico o industrial para la Comunidad Autónoma”.

 




   En definitiva, el patrimonio histórico-cultural se compone de aquellos elementos de relevancia histórica, artística o cultural que testimonian la trayectoria de un pueblo, de una comunidad, de una nación, de un país… y que contribuyen a crear la identidad de los herederos culturales de ese legado, sino ¿Qué sería de los burgueños sin su castillo o sin su fiesta del Judas? ¿Qué sería de los yunqueranos sin su Torre Vigía o sin su romería de Porticate? ¿Qué sería de los moriscos sin sus hornacinas y sin su fiesta de los Rondeles? ¿Qué sería de los pecheros sin su Arquería o sin sus fandangos de Jorox? ¿Qué sería de los toloxeños sin su Iglesia de San Miguel o sin su Cencerrá? ¿Qué sería de los guareños sin su molino de aceite o sin su romería de San Isidro? ¿Qué sería de los mondeños sin su lavadero de la Jaula o sin su Semana Santa? ¿Qué sería de los ojenetos sin su iglesia de la Encarnación o sin sus pasas en aguardiente? ¿Qué sería de los panochos sin sus molinos y huertas del río Molinos, sin sus fuentes, o sin su Semana Santa? ¿Qué sería de los malagueños sin su Alcazaba-Gibralfaro o sin su vinito dulce? ¿Qué sería de los andaluces sin su Alhambra de Granada o sin el flamenco?




   Como se ha señalado el patrimonio histórico-cultural es de dos tipos: material e inmaterial, o sea, tangible e intangible. Así tenemos, por un lado, los yacimientos arqueológicos, las construcciones religiosas, la arquitectura, el arte escultórico o pictórico, el arte mueble…como muestras del carácter material del patrimonio.


   Por otra parte la inmaterialidad reside en las manifestaciones festivas como las romerías, en los bailes populares…; en la tradición oral de fandangos, leyendas, refranes…; en los conocimientos de los antiguos oficios y culturas del trabajo, en la artesanía; en esa riquísima gastronomía…

   Lo cierto es que antes de ser un recurso turístico, nuestro patrimonio histórico-cultural va muchísimo más allá porque nos define, nos da nombre y nos pone los apellidos. Nos da nuestra identidad.


   Siguiendo con el tema, el legado patrimonial que tratamos se concreta en un marco territorial en el que ha surgido a través del Tiempo y de la mano del Hombre a lo largo de miles de años, por lo que es muy abundante y diverso al igual que poco conocido y tristemente todavía poco valorado.

   No pretendo dar una clase acelerada de Historia. Tampoco podría. Pero es necesario traer a colación las civilizaciones y culturas que han compartido este territorio -como hacemos nosotros ahora mismo, meros pasajeros del Tiempo- y las huellas que nos han dejado reflejadas en esa herencia histórico-cultural que pueda servir para dos cosas:

-por un lado para cubrir la demanda de los nuevos turistas como recurso a la hora de crear empleo y de dinamizar la economía y
-por otro lado que debiera servir para que los vecinos de esta comarca conozcamos mejor nuestro pasado, compartamos nuestra herencia cultural y nos encontremos con nuestra identidad.

   El territorio que tratamos se encuentra y se ha encontrado siempre entre tres áreas de singular importancia desde la Antigüedad:

-la zona costera mediterránea

-el valle del Guadalhorce y

-la zona rondeña.


    El encontrarnos en contacto con estas tres zonas de gran dinamismo humano ha motivado una intensa actividad antrópica que, como decía antes, desde hace milenios ha venido dejando su huella reflejada en distintos patrimonios.

   La Historia de la Sierra de las Nieves se pierde en la noche de los tiempos. Se sabe que hubo asentamientos prehistóricos a través de los vestigios dejados en las numerosas cuevas de sustrato calizo, algunas con pinturas rupestres como ocurre en Casarabonela; en los dólmenes o enterramientos colectivos que dejaron estas primitivas poblaciones, no tan monumentales como el de Menga, es cierto, pero no por ello carentes de interés y de importancia. Además existen numerosos hallazgos fortuitos de materiales líticos (hachas, azuelas, cuchillos, raspadores,…), cerámicos y, en menor medida, metálicos, especialmente en Alozaina y su entorno así como la zona de El Burgo. El patrimonio prehistórico está por estudiar y sólo se han realizado algunas investigaciones puntuales, por lo que todavía es muy desconocido.

 

   Cerca de nuestra comarca tenemos un buen ejemplo de la puesta del valor del patrimonio prehistórico, entre otros, en la comarca del Guadalteba. Concretamente en la Cueva de la Trinidiad (Ardales) donde se realizan rutas guiadas para dar a conocer la huella de nuestros ancestros concretada en pinturas, grabados y restos arqueológicos. Esa misma población alberga también un centro de interpretación sobre la Prehistoria que cuenta con miles de piezas de diferentes épocas y que es un buen reclamo para el turismo. Hay que destacar que la comarca del Guadalteba ha hecho una gran apuesta con la puesta en valor de su patrimonio cultural trabajando desde hace años en la recuperación de castillos y yacimientos arqueológicos junto con el establecimiento de una red de centros de interpretación gestionados por guías locales formados en patrimonio y turismo. En el momento presente están gestionando su declaración como Parque Cultural. Ojalá otros territorios sigan este cercano ejemplo.


 
   Pero un vehículo importante de dinamización de este tipo de patrimonio y una potencial actividad turística es la arqueología experimental, que lleva a la práctica en el presente cómo el hombre del pasado realizaba sus herramientas, sus utensilios y otros artefactos. Como ejemplo valen muy bien el del centro de interpretación del arte pictórico de la Fuente del Trucho en Colungo (Huesca) y, mucho más cerca y recomendable su visita, la Finca la Algaba de Ronda donde, entre otras actividades que se desarrollan se pasa el día en un poblado prehistórico construido al efecto con técnicas ancestrales y donde se realizan diferentes talleres: hacer fuego, hacer cerámica, pulir la piedra… Es una forma práctica, experiencial y dinámica de acercar el patrimonio cultural tanto a estudiantes como a turistas.

   Durante la Antigüedad la llegada de fenicios, griegos y cartagineses a la Península Ibérica estimularon a las poblaciones locales, que evolucionaron creando comunidades más complejas en el contexto de la cultura ibérica, de la que se conservan varios yacimientos arqueológicos en el territorio en el entorno de la cuenca del Río Grande, por ejemplo en Alozaina. Pero este tema carece de estudios globales, por lo que no se sabe que dimensión e importancia pueden llegar a tener. Es en este tiempo cuando llegan tres de los productos más importantes para la economía serrana durante milenios: el olivo, el almendro y la vid, (el cereal había llegado miles de años antes) y que han formado parte y forman todavía, de nuestros paisajes agrícolas, de unos paisajes a los que podríamos tildar de agro-culturales, dando sentido a los molinos y almazaras cuyo aceite, desde entonces, nos acompaña en nuestros desayunos.

 

   Dando sentido a los lagares y a una honda tradición pasera y vinícola cuyo último heredero lo tenemos en el vino mosto donde destacan Yunquera y Tolox. Pero hay que señalar la reciente creación de la Asociación de Vinos de la Garbía, cuya finalidad es potenciar este producto en la Sierra de las Nieves y que ejercerá en el futuro un fuerte tirón en el ámbito turístico.

 
   Decía, también dando sentido a la gastronomía y la repostería basada en la almendra, de la que Guaro puede ser uno de los ejemplos más claros con sus postres y sus sopas de almendras.

 

 

   En época romana, tras una guerra colonial de conquistas, los nuevos amos estructuran todos los territorios sometidos y los articulan mediante provincias y distritos, ciudades y poblaciones unidas por infraestructuras viarias con el objeto de explotar económicamente las riquezas agrícolas, ganaderas, forestales, minerales… de aquella tierra por donde el Sol se encaminaba a su diario ocaso y a la que llamaban Hispania. En nuestro caso conservamos algunos tramos de calzadas adscritas a la época romana en Monda y Casarabonela y se apunta que el puente de Málaga, en El Burgo, pueda tener ese mismo origen. Al menos sus cimientos. El tema de la calzada de Monda ha sido un bastante controvertido porque recientemente estuvo a punto de ser destruida por la construcción de una carretera. Como puede verse no sólo falta investigación, también falta una cosa que es muy importante: conciencia.


   Pero amén de estos restos hay que remarcar que existen numerosos vestigios arqueológicos de villas romanas en el entorno de Casarabonela y Alozaina. Se trata de antiguas explotaciones agrícolas que podríamos asemejar a los cortijos, por ilustrarlo de alguna manera, que suelen estar ricamente decorados con mosaicos, columnas, esculturas... Muy próximo al casco urbano de Guaro existen importantes restos romanos de una de esas construcciones y que podría tener un gran potencial. Pero este tema a nivel comarcal, otra vez, carece de estudios globales.

 

   No es de extrañar la cantidad de asentamientos de esta época en las zonas que dan de cara al Valle del Guadalhorce porque son tierras más gratas para el cultivo y cercanas al mercantil puerto de la antigua ciudad de Malaka, que en la Antigüedad daba salida a los productos de estas tierras.

   Y llegados a este punto me gustaría poner un ejemplo de puesta en valor de una villa romana: la Villa Romana de “El Ruedo” en Almedinilla (Córdoba), que forma parte de la Ruta Bética Romana que transcurre por varias provincias (Córdoba, Sevilla y Cádiz) siguiendo una antigua ruta, la Vía Augusta. En este pueblo se ha excavado y restaurado los restos de este yacimiento y se ha puesto en valor mediante la labor de guías-intérpretes; con la creación de un centro de interpretación y la organización de cenas romanas que tienen una gran aceptación de público. Hay que añadir que tienen puesto en valor varios patrimonios más que aumentan el atractivo del lugar: como el Ecomuseo del Río Caicena o el yacimiento ibérico del Cerro de la Cruz. Como puede verse ha habido un efecto de arrastre que ha recaído sobre otros recursos culturales y que ha incidido en la diversificación económica local, en el empleo y en la generación de riqueza. Tienen alrededor de cincuenta mil visitas al año.

 

   En la Sierra de las Nieves no tenemos menos posibilidades.



 
   Como muestra de la puesta en valor de este patrimonio hidráulico baste el ejemplo del Molino de Abajo de El Bosque, Cádiz, al menos en funcionamiento desde mediados del siglo XVIII y que se ha transformado en centro de interpretación por iniciativa privada. Se trata de un molino hidráulico donde el hijo del último molinero y panadero hace una visita guiada en este precioso lugar explicando todas las partes del molino y su funcionamiento, ilustrándolo con su puesta en marcha y la molienda de cereal. Pero, además, plantea la posibilidad de realizar un taller etnográfico de elaboración de pan. Ciertamente es una bonita, creativa y diferente experiencia que combina el patrimonio material, el molino, con el inmaterial, el saber ancestral del molinero y de la elaboración de pan artesanal.

 

   El gran valor de esta iniciativa no es el molino sino, Fran, su gestor, paradigma del emprendedor rural por su empeño, su convencimiento y su infatigable trabajo.
   Otro ejemplo singular y con potencial son los castillos o fortalezas que posee la Sierra de las Nieves, muestra de los convulsos siglos de luchas y guerras que sufrió este territorio en los años del Islam peninsular. De ellos los máximos exponentes son los de El Burgo, con sus torres y murallas deliciosamente integradas en el casco urbano y en la mejor conservada arquitectura popular de todos los pueblos de la Sierra de las Nieves; o el de Monda, que alberga un hotel y un restaurante. Pero siguen siendo un patrimonio histórico-cultural infrautilizado. En ninguno de los casos hay puesta en valor. En el primero no existe un Plan Director para la recuperación, integración y valorización de sus abundantes restos. Las construcciones nuevas, con su crecimiento, han ido ocultándolo en parte. Sólo hay que ver las fotos antiguas y las actuales para hallar las diferencias. Tampoco existe un museo local o un espacio interpretativo que lo ponga en valor como antiguo castillo de frontera, que podría ser una temática muy adecuada. Aún así es una delicia pasear por las calles de El Burgo, perderse por sus rincones y encontrarse sorpresivamente con algunas murallas y torres.


   La llegada de los musulmanes, además de cambiar el latino término de Hispania por el más exótico de al-Andalus y del nacimiento de la cultura andalusí que residió en estas tierras unos ocho siglos, dejó numerosos vestigios de su existencia que son muy patentes hoy día. Aunque no hay un estudio integral sobre el territorio, son muy numerosos los yacimientos arqueológicos concretados en alquerías (aldeas), torres defensivas, fortalezas y castillos con sus murallas. Fueron ellos los que introdujeron las semillas que hicieron germinar a la mayoría de los cascos urbanos de nuestros pueblos y los que desarrollaron e innovaron la agricultura de regadío mediante la domesticación del agua que mana de estas abruptas sierras y que alimenta, a través de acequias y albercas, numerosos bancales y tablas de cultivos. Fueron los que, asociados al agua, introdujeron el sistema del molino hidráulico de rodezno, que ha estado funcionando en la Sierra de las Nieves durante casi mil años pasando el oficio y los conocimientos a través de casi cuarenta generaciones de molineros. El ejemplar más antiguo está en Río Grande, es el molino de Santisteban, que tiene más de quinientos años y hoy día es un coqueto alojamiento rural.

   El caso de Monda es también paradigmático. Aunque la construcción del hotel es relativamente reciente y se inspire en la arquitectura defensiva andalusí, realmente conserva numerosos vestigios de murallas, torres y otros elementos junto con todo el cerramiento murario de su cara norte, que envuelve un barrio de viviendas de época nazarí que se mantuvo habitado hasta 1568, en que fue destruido por sus propios pobladores moriscos. Este barrio se encuentra enterrado, por excavar. El patrimonio arqueológico que alberga, oculto y mudo, es un potencial atractivo para el turismo cultural. Si se excavara en parte, si se pusiera en valor un barrio de viviendas de campesinos, de trabajadores de la tierra de hace más de medio milenio, con sus rutas guiadas, con su sala interpretativa, con sus productos asociados (artesanos, gastronómicos, bibliográficos, audiovisuales…) y otras actividades que pudieran desprenderse, podría servir como un verdadero foco de atracción turística. Y no estar cerrado, como está ahora.

   De los siglos siguientes, de las épocas Moderna y Contemporánea, conservamos todo un legado patrimonial de carácter más artísticos-religioso y etnográfico. Es el momento en que eclosionan numerosas ermitas, los calvarios y las hornacinas con sus usos religiosos y sociales; las iglesias, construidas sobre las antiguas mezquitas (como la de Monda o la de Casarabonela) o aprovechando parte de ellas (como la de Ojén o posiblemente la de El Burgo), reciben en el siglo XVIII profundas transformaciones y ampliaciones a las que se les aplica un lenguaje artístico barroco de sabor rural al que suman, en algunos casos, elementos de tradición mudéjar o, de forma completamente excepcional, algunos elementos góticos, como es el caso de la iglesia de El Burgo.

 

    El patrimonio etnográfico fruto de la relación del Hombre con su medio, de las actividades agrícolas y ganaderas, de las labores y tareas diarias…se materializa en todo un legado de infraestructuras del trabajo productivas y de transformación y de los servicios, como fuentes y lavaderos, batanes, molinos de harina y de aceite, eras, lagares, caleras, neveros, corrales y parideras, cortijos…


   Y no sólo “aisladas”, sino que en el conjunto del casco urbano descubrimos una rica herencia en materia urbanística y arquitectónica que hoy todavía perdura en parte y cuya tradición andalusí adivinamos en las quebradas y laberínticas calles, en la presencia de las típicas albarradas y algorfas o en la irregularidad del viario, siempre invitando al despiste. Los usos sociales de los cascos urbanos son unos valores culturales que en sí mismos reflejan a la sociedad que los ha creado y que los vive.



   Ese patrimonio etnográfico material que hemos mencionado de soslayo se ve aún más enriquecido, más engrandecido y más vivo porque aún perdura la cultura que les ha dado vida. Conservamos muchas infraestructuras pero también lo más importante y algo que se va valorando cada día más, pero aún no lo bastante: conservamos la MEMORIA de las personas, ya en el crepúsculo de la vida, que han sido el alma y espíritu de esos espacios: lavanderas, molineros, bataneros, campesinos y campesinas, “calereros”, neveros, arrieros, herreros, ganaderos…en definitiva, vecinos y vecinas de la Sierra de las Nieves que son los que les han dado uso y sentido a esos espacios.

 


   Es de justicia reconocer la labor del antropólogo y amigo Francisco Llorente -Kisko para los que lo conocemos- que así lo supo ver y con la aportación de muchos vecinos de la Sierra de las Nieves sembró la primera semilla para su reconocimiento en su libro Atlas Etnográfico de la Sierra de las Nieves. No quedó ahí la cosa. Kisko y el periodista Jorge Peña, otro enamorado de la sierra, realizaron un completo y cálido documental sobre el patrimonio inmaterial y la memoria en en la Sierra de las Nieves en 2008 basado en numerosas entrevistas, Andar por el Aire. Su saber hacer profesional se vió recompensado institucionalmente en 2010, ya que obtuvieron el 2º premio en el certamen DOCURURAL por este trabajo. Pero nuestro reconociento social siempre lo tendrán.

   La memoria si es un “patrimonio” que está en serio riesgo de pérdida. Si no se recoge, se pierde para siempre. Un molino se puede restaurar, pero no se puede restaurar la memoria del molinero, no su experiencia ni sus vivencias... Una necesaria opción sería la de crear una biblioteca de la memoria: por un lado para recuperar la memoria asociada las tradiciones, a las culturas del trabajo, a las creencias y costumbres,… revalorizando y reconociendo al mismo tiempo al denostado colectivo de la Tercera Edad para con ello, dotar de vida al patrimonio etnográfico cuando se ponga en valor, tanto para usos turísticos como para los más que necesarios usos socio-culturales.


   Pero vivimos en una tierra maravillosa donde la relación del Hombre con su medio va mucho más allá de la construcción de ciertas infraestructuras. Esa relación se materializa en lenguaje, en una liturgia paisajística de carácter cultural; así no sólo e individualmente la pieza arqueológica, no sólo la casa señorial o la iglesia, no sólo la era o la almazara, no sólo la acequia y el molino…estos elementos se incrustan como piezas de un puzzle en un contexto territorial formando parte de un paisaje construido y vivido por los seres humanos donde residen unos importantes valores culturales que normalmente tienden a permanecer un tanto ocultos y en la Sierra de las Nieves, los paisajes culturales son per se auténticos patrimonios. Sólo hay que descubrirlos y disfrutarlos.




   Pero antes de continuar y plantear algunas posibilidades al patrimonio histórico-cultural serrano, me gustaría señalar las iniciativas más destacadas que están vigentes. La más antigua quizás sea la Casa Museo de Marigloria, en Monda, vivienda tradicional que su propietaria acondicionó como museo popular hace ya varias décadas y que alberga toda una colección de aperos de labranza y enseres tradicionales que la esta mondeña muestra y explica en primera persona. En Tolox existe una iniciativa municipal que se concretó hace años en la creación de un Museo de Artes y Tradiciones Populares, donde se recoge una gran variedad de enseres agrícolas y tradicionales. En Yunquera también existe una iniciativa privada centrada en la Casa Museo del Seminarista Duarte, donde igualmente se expone una vivienda tradicional de la primera mitad del siglo XX con todos sus elementos.






   Otras iniciativas municipales son el Museo del Agua de Istán y la Casa Museo Francisco Sola de Yunquera. Igualmente Casarabonela posee un Museo de Arte Sacro donde se muestran diferentes elementos litúrgicos (copones, reliquiarios, hostiarios…). Mencionar de este último pueblo el Museo del Cactus, aunque no vaya en la línea de esta ponencia no puede ser obviado.


   Pero hay tres pueblos que han puesto en valor tres molinos de aceite (¡tan fuerte es la tradición olivarera de la comarca!): Guaro, Casarabonela y Ojén. El primero lo ha asociado fundamentalmente al Festival de la Luna Mora, pero donde también organizan rutas interpretadas; visitar el segundo, el de Los Mizos, que es de propiedad privada, es una auténtica experiencia humana ya que el propietario, el octogenario Alfonso Rubio, es el que acompaña y guía la visita como sólo un molinero podría hacerlo. Una experiencia más que recomendable para aquellas personas que quieran conocer de primera mano cómo era el tradicional proceso, la ancestral alquimia que transformaba en oro licuado la aceituna.








   He querido dejar el Molino de Ojén el último porque sus gestoras, María y Karolina, están trabajando en una línea bastante completa ofreciendo una variada gama de productos y servicios: guía interpretada por el molino; catas de aceite; desayunos tradicionales; rutas guiadas por el pueblo; talleres etnográficos; exposiciones; venta de de productos artesanos y agroindustriales locales y de otros pueblos de la comarca, lo que está suponiendo un efecto tractor, un efecto de arrastre para la economía local muy importante.


   Algunos de los productos turístico-culturales que podrían plantearse se pueden relacionar con los siguientes planteamientos:


Arqueología de aventura integrando diferentes yacimientos de diferentes épocas; formando una red de yacimientos a nivel comarcal y buscando rutas que la integren a nivel provincial, nacional o internacional. Ahí está la RBIM. Pero seamos realistas y pensemos en una red comarcal y supracomarcal que nos una al valle del Guadalhorce y a la Serranía de Ronda (dos zonas con un gran patrimonio arqueológico), donde haya yacimientos excavados y puestos en valor para que sean visitables y en los cuales se pueda realizar diferentes actividades relacionadas, por ejemplo, con arqueología experimental y otros servicios.



Rutas tematizadas locales o de dimensión comarcal teniendo como recurso el urbanismo y arquitectura popular donde se integren también distintos elementos como los castillos, las fuentes, los lavaderos… La Sierra de las Nieves tiene todavía un patrimonio arquitectónico nada desdeñable y doy fe de ello porque recientemente he realizado un estudio de su urbanismo y su arquitectura tradicional.

Los paisajes culturales son tan diversos que a nivel comarcal se pueden establecer diferentes lugares: regadío, secano, paisajes de montaña, fluviales…donde se puede explicar su esencia, su morfogénesis, los cuidados que recibe y la relación ecológico-cultural que tiene el hombre con él a través de las huellas dejadas e, incluso, pudiendo interactuar con él llevando a cabo talleres de diferentes labores tradicionales relacionadas con la agricultura o la ganadería.

Y de ahí pasamos a los “productos” de carácter etnográfico: aquí estaríamos hablando de un turismo que integre “elementos culturales” vivos y activos: a las personas. Pero sin caer en el mercantilismo, teniendo siempre presente que se trata con seres humanos. Con ellos tendría cabida talleres de artesanías con diversas fibras vegetales (esparto, palma, caña, junco…), la participación en labores tradicionales relacionadas, por ejemplo, con cultivos como la vid, con cultivos de regadío y de secano (el olivo con el actual proyecto de conversión en ecológico a través del programa Olivar Ecológico de la Mancomunidad de Municipios de la Sierra de las Nieves y que ha recibido recientemente una mención especial en la IV Edición de los Premios CONAMA, tiene interesantes posibilidades), la ganadería…, los talleres de gastronomía tradicional, los talleres que impliquen la transformación de ciertos productos en instalaciones apícolas, en almazaras, en queserías…

Rutas relacionadas con el agua, tanto a niveles locales como si se planteara una ruta comarcal teniendo el agua como eje rector, donde se integraran fuentes, lavaderos, batanes, manantiales, paisajes del agua como las huertas con todos sus elementos, zonas de rivera, etc.

   No me quiero extender más, pero son muchos otros los productos y servicios turístico-culturales que podrían desarrollarse asociados, por ejemplo, a la interpretación estelar o a la puesta en valor del patrimonio morisco.

   Para finalizar me gustaría exponer una serie de conclusiones:

1º.- Potencialidad. En materia de puesta en valor del patrimonio la Sierra de las Nieves tiene muchas posibilidades: tiene, como hemos visto, un patrimonio extenso en el tiempo, abundante y variado. La Costa del Sol y Málaga con un aeropuerto internacional de los más importantes (que podría ponernos en contacto con un segmento turístico más apropiado y de forma directa) están a un tiro de piedra. Pero lo cierto es que sólo tenemos potencialidad porque después de muchos años hay escasos productos y servicios que se apoyen en el patrimonio cultural serrano, tan sólo algunas iniciativas dispersas en el territorio, pero no existe una necesaria unicidad ni coordinación que hagan prosperar en conjunto a esta querida comarca en materia turística. Esa potencialidad es grandísima en dos ámbitos que se complementan:

 
-Cultural: arqueología, urbanismo y arquitectura, etnografía, gastronomía, historia y tradiciones, paisajes culturales…
-Natural (y deportiva): senderismo, btt, escalada, espeleología, ornitología, flora y fauna, geología...

2º.- La puesta en valor tiene que venir de mano de proyectos integradores, de proyectos de conjunto y con visión de futuro donde se impliquen a diferentes colectivos: agroindustrias, voluntarios, empresas turísticas, administraciones, personas físicas, asociaciones, centros de enseñanza…como base de un desarrollo rural autocentrado y que nos coloque en un camino donde las subvenciones vayan perdiendo peso progresivamente.

3º.- Investigación, divulgación y promoción. Sin investigación no hay productos y sin divulgación ni promoción de los mismos, nos quedamos igual o peor. Es muy importante saber que sin valorar el patrimonio, no tenemos ni cultura ni turismo. Y ello no se puede hacer si no hay investigación de base y la posterior divulgación. La promoción hay que realizarla en la Costa del Sol, sí, claro, es nuestro “vivero” de turistas más cercano, pero también, y muy importante, en los lugares de origen. Hay que buscar a los consumidores del turismo que queremos ofrecer en su lugar de origen y no aguardar de brazos cruzados que vengan.


 4º.- Sería necesaria la creación de un órgano de gestión turístico-cultural/natural del territorio que oferte de forma organizada los productos en la comarca mostrando una imagen, una identidad; que esté en plena conexión y comprometido con las empresas del sector y que se apoye a través de una red de centros de interpretación que ofrezcan servicios y contenidos diversos, y que éstos pudieran aprovechar edificios históricos y antiguas fábricas como molinos, centrales hidroeléctricas, viviendas señoriales…hoy patrimonios infrautilizados en muchas ocasiones.-Natural (y deportiva): senderismo, btt, escalada, espeleología, ornitología, flora y fauna, geología,…




5º.- Otro de los ámbitos donde habría que trabajar sería en la formación en materia de atención turística, guías-intérpretes mediante la disciplina de la Interpretación del Patrimonio, idiomas, etc...


6º.- Atención empresas, especialmente de turismo para mejorar/diversificar/crear productos nuevos y ayudar a emprendedores que se quieran abrirse paso en el sector.


7º.- Por último, hace falta inversión económica y mucha conciencia. Todavía son muchos los que perciben el patrimonio cultural como simples “piedras viejas” e impedimentos para el “pogreso”. A esas personas les recomendaría primero, sensibilidad, y luego que viajaran un poco por el extranjero, especialmente por los parques nacionales ingleses, donde la gestión es bastante buena y donde se articula muy bien el patrimonio natural, el cultural, las comunidades rurales, las personas y asociaciones, los negocios, los productos…dando como resultado no sólo un desarrollo económico, sino también un DESARROLLO SOCAL Y HUMANO, aspecto que se suele dejar un poco olvidado.


   El patrimonio histórico-cultural es un agente creador identidad pero también es un insustituible agente de dinamización económica a través del turismo: ambas dimensiones no deben caminar desunidas porque la sociedad tiene que conocer, disfrutar y participar de su patrimonio cultural y éste, a la vez, tiene que ser productivo económicamente para que se pueda conservar, para ser sostenible, como se dice hoy en día.





Un saludo.


                                                                                                         © Diego Javier Sánchez Guerra.