sábado, 4 de mayo de 2019

ANTONIO TRIGO ORTEGA, UN ARDALEÑO EN LAS FAUCES DEL NAZISMO.


Esta entrada está dedicada a la memoria de Antonio Trigo Ortega, a la de los otros tres ardaleños que perdieron la vida en idénticas circunstancias (Joaquín Cantalejo Sánchez, Juan Rodríguez Naranjo y Pedro Sánchez Muñoz) y, por extensión, a la de los miles de deportados españoles a los campos de concentración nazis, tanto a los que acabaron siendo vomitados por la chimenea del crematorio como a los que lograron sobrevivir.

Quiero mostrar mi agradecimiento a la famila de Antonio el que me haya proporcionado diversas fotos, cartas y la memoria de su recuerdo para poder componer esta breve biografía sobre su persona.


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Antonio Trigo Ortega vino al mundo un frío miércoles 14 de enero de 1920 en la población malagueña de Almargen, un pueblecito de interior situado en las lindes con la provincia de Sevilla que vivía esencialmente de la agricultura. Nacido en el seno de una familia humilde que trabajaba la tierra, su madre murió al año escaso de traerlo a la vida, por lo que su padre se mudó al cercano pueblo de Ardales, donde fundó una nueva familia de la que nacerían sus tres hermanos pequeños: Juan, José y Encarna. Antonio tuvo un hermano más del primer matrimonio de su padre, que se llamaba Felipe. Del segundo matrimonio de su progenitor tuvo otros hermanos que murieron a edad temprana, Juan y Andrés. Eran otros tiempos...

Un joven Antonio Trigo posa con su uniforme de carabinero

Antonio creció en una España convulsa, agitada social, política y económicamente, en la que la clase obrera había depositado ciertas esperanzas de cambio con el advenimiento de la II República. El golpe de Estado que perpetraron las clases conservadoras y reaccionarias, que dio al traste con todas las reformas que quería implementar el gobierno republicano y con un esperanzador futuro, le pilló en Ardales a la edad de 16 años. Ante el avance del frente de guerra y su instalación en las cercanas poblaciones de Teba y Campillos, se unió a las milicias republicanas junto con su amigo Rafael Bravo Páez. Antonio, al igual que miles de jóvenes españoles y contraviniendo los deseos de su padre, mintió en su fecha de nacimiento para poder ser admitido en el Batallón de Milicias Antifascistas de Málaga, más conocido como Batallón México, de orientación comunista y formado a finales de octubre de 1936.

Milicianos en el frente de El Chorro


Trincheras de la Guerra Civil junto a la necrópolis de las Aguilillas,
 en el T. M. de Campillos

Tras meses de pequeñas escaramuzas, el día tres de febrero de 1937 comenzó la batalla de Málaga. Los golpistas abrieron varios frentes en los que avanzaron rápidamente gracias a su superioridad táctica y técnica y, sobre todo, gracias al apoyo del Cuerpo de Tropas Voluntarias formado por miles de soldados italianos muy bien pertrechados y con material bélico de última generación. Antonio combatió a los golpistas desde determinadas posiciones en la zona de El Chorro y en el puerto del Viento, junto a la carretera de Ronda, entre otros lugares, pero la superioridad de los rebeldes era incontestable ante unos milicianos mal armados, mal pertrechados, mal organizados, con escasa formación y experiencia militares y abandonados a su suerte por las autoridades malagueñas y por el gobierno de la II República.  Antonio hubo de retirarse junto con su batallón y otros miles de milicianos tomando el camino de la carretera de Málaga a Almería, por donde huían desesperadamente más de dos centenares de miles de personas mientras eran bombardeadas desde la costa por varios destructores rebeldes y acribillada por la aviación fascista desde el aire. Hablamos de la Desbandá, uno de los episodios más salvajes y despiadados de la Guerra Civil española perpetrado por los golpistas donde murieron miles de personas sin que hasta la fecha se tenga certeza absoluta de cuántas. Los batallones México y Metralla cubrieron como pudieron la retirada de los que huían hacia Almería, adonde llegaría exhausto Antonio.

Imagen de la Desbandá

Nada claro sabemos de él hasta que descubrimos que ingresó en el Cuerpo de Carabineros en febrero de 1938 en Valencia, al igual que su inseparable amigo Rafael Bravo Páez. A ellos se les une otro personaje, Juan Padilla Niebla, del que no tenemos más datos y que aparece en una foto-postal minutera con el sello de TARJETAS CARCELLER-Rápidas abrazado a un sonriente Antonio de aspecto prematuramente envejecido. Es muy posible que esta foto se tomara en la ciudad del Turia y fuese enviada a su familia, haciendo constar el nombre de su madre de adopción: Mariana, con el siguiente mensaje en el reverso:

Camarada Antonio Trigo Ortega
MR MARIANA
Juan Padilla Niebla

En el anverso, a pie de foto, quedan restos de escritura, pero está tan estropeada que desgraciadamente no se puede apreciar el contenido del mensaje. 


Antonio Trigo y su amigo Juan Padilla, posiblemente en Valencia

Imaginamos que Antonio y sus compañeros debieron participar en distintas batallas y acciones de guerra, pero al no saber en las brigadas en las que estaban integrados, es imposible conocer de forma certera cuales fueron los frentes en los que prestaron servicio.

Lo que sí sabemos es que, a primeros de febrero de 1939 y tras el colapso de la II República, Antonio y su amigo Rafael atravesaron la frontera con Francia junto a más de medio millón de personas que buscaban refugio en el país vecino. Juan Padilla Niebla no iba con ellos. Lo más posible es que cayera en combate, fuera tomado como prisionero o fuese a parar a otro campo de concentración francés. Hasta el momento presente desconocemos cual fue la suerte que corrió este hombre. En la frontera gala a Antonio, al igual que a los otros miles de combatientes, le despojaron de sus armas y de algunos efectos personales y lo condujeron, muy probablemente, a La Tour de Carol y poco más tarde al fuerte de Mont Louis. Desde ese lugar sería enviado al campo de Le Vernet d´Ariège, entre las poblaciones de Le Vernet y Saverdun. Se trataba de un campo levantado durante la Gran Guerra para alojar militares coloniales del ejército francés y, más tarde, prisioneros alemanes. Durante el período de entreguerras funcionó como almacén militar y tras la Guerra Civil Española, como centro de internamiento de miles de combatientes de la División Durruti y de las Brigadas Internacionales.


Red de campos de refugiados españoles en suelo galo


El Campo de Le Vernet

Desde Le Vernet, en unas condiciones inhumanas y deplorables, torturados por el frío, el hambre, la falta de higiene y los malos tratos de los guardias franceses, Antonio y Rafael escribieron el dos de junio de 1939 a sus familias en Ardales en el mismo papel, por ambas caras y con tinta roja, para ahorrar tanto en papel como en sello. Reconocemos la caligrafía de Antonio en ambos textos epistolares, aunque algunas palabras han quedado desdibujadas e ilegibles por el paso del tiempo:

Texto dirigido a la familia de Antonio Trigo

Vernet de Arrieque (sic) 2 – 6 – 39
Queridos padres al ser esta en su poder se encuentre bien en unión de mis hermanos yo hasta la presente sin nobedad. Papa despues de pasar largo tiempo sin saber nada de ustede cosas que tengo un disjusto bastante grande papa tambien le digo que me diga usted argo de mis hermanos y de mi primo Juan y tam pronto como usted resiba esta querida carta contestara. Papa de los papeles no le digo nada por que mi amigo Bravo lla sabe usted lo que le dice a sus padres que estan saliendo muchos indibiduos del campo y no mas que desirle mucho besos y abrasos para mis ermano y primos y abuelos y ustedes mis queridos padres resiben un fuerte abrazo de este su querido hijo que lo es Antonio Trigo Ortega.
Papa me mandara uste una foto suyo que escriba uste pronto
Adios

Texto dirigido a la familia de Rafael Bravo

Vernet de Arrieque (sic) 2 – 6 – 39
Queridos padres: al ver esta en su poder se encuentre bien en unió de mis hermanos yo hasta el presente sin novedad. Papa despues de esta largo teimpo sin saber nada de ustede cosa que tengo un disjusto bastante grande, deseo que tan pronto como reciba esta me contestara usted lo mas rapido posible contándome al mismo tiempo muchas cosas de mis hermanas y mayormente de Juan; ¿hasta cuando boy a estar separado de ustede? (ilegible) pero me parese oro (ilegible) y de encontrarme en esa al lado de ustedes, de este campo esta saliendo mucho individuo que reciben los papeles de sus familiare garantizandolo las Autoridades de sus respectivas localidades, supongo que usted ará las oportunas diligencias y nada mas por el momento abrazos para mis hermanas y sobrino recuerdos para los cuñados y becinos Rafael (ilegible) y ustedes mis queridos padres recibe esta carta de este su hijo Rafael Bravo Paes
firma

Carta de Antonio Trigo dirigida a su familia desde el campo de Le Vernet


De sus letras se desprende, además de la desesperada situación en la que vivían, el dolor por la larga y traumática separación de sus familiares. Aún en esos trágicos momentos, ambos guardaban la esperanza de volver a España y de reunirse con sus familias. Sin embargo, por lo que sabemos, el día 30 de junio de ese mismo año ambos se integraron más o menos voluntariamente en una Compañía de Trabajadores Españoles y fueron enviados al campamento militar de Camp de Mailly, en la región de Champaña-Árdenas, no muy lejos de París ni de la frontera alemana. Por algún medio debieron saber que el regreso a España supondría su muerte, de ahí que optasen por quedarse en Francia. 

 
Vista aerea de Camp de Mailly

Las Compañías de Trabajadores Españoles (CTE) eran unidades formadas por unos 250 hombres que estaban encuadradas en el ejército francés y que realizaban una serie trabajos encaminados a la defensa de Francia frente a los alemanes, como la construcción de carreteras, puentes, fortines, el reforzamiento de la línea Maginot...

En Camp de Mailly le perdemos la pista a Rafael Bravo Páez. Aquí se evapora su buen e inseparable amigo ardaleño. Posiblemente perdiera la vida en los enfrentamientos con los alemanes tras la rápida invasión de Francia. No lo sabemos. Pero a Antonio le hemos podido seguir la pista; nos lo volvemos a encontrar en el fronstalag nº 180 de Amboise, población muy cercana a la ciudad de Tours, donde debió recalar en el verano de 1940 tras la invasión alemana. Un frontstalag no era más que un campo de prisioneros de guerra en suelo no alemán. Sabemos, por el listado de prisioneros de guerra nº 34 publicado en octubre de 1940 por el gobierno francés y donde aparece Antonio Trigo, que este ardaleño estuvo en el frontstalag 211 de Saaburg antes de que recalara en el 180 de Amboise, tal y como aparece en el listado de prisioneros de ocho de abril de 1941.

En el frontstalg 180 de Amboise, en este campo de tránsito hacia el infierno concentracionario nazi, pasó varios meses padeciendo frío, hambre y necesidad. Sin embargo su estancia debió hacerse algo más llevadera gracias a la complicidad de la población de Amboise, que ayudaba a los prisioneros proporcionándoles comida y ropa de forma clandestina. El campo de Amboise se cerró en marzo de 1941, pero la Wermacht lo volvió a abrir en 1943 dándole el uso de almacén de víveres y suministros para el ejército alemán. Tras la liberación de Francia, se empleó como campo de prisioneros de guerra alemanes. En 1947 fue desmantelado y de él sólo quedan viejos recuerdos, antiguas fotos y la memoria de muchos de sus prisioneros recogidas, por fortuna, en varias publicaciones. Una placa memorial ubicada en una zona donde estuvo el campo, sirve de recordatorio.

El frontstalag 180 de Amboise



En octubre de 1940 el Mariscal Pétain visitó el campo de Amboise 



Placa memorial del campo de Amboise


Tras la clausura de este frontstalag, Antonio fue llevado al stalag de Salzburgo (Wehrkreis XVIII), no sabemos en qué circunstancias, en enero de 1941. A veces los prisioneros, desde los frontstalags debían realizar unas largas marchas a pie que podían durar días o semanas, hasta llegar a su destino. Otras veces las marchas eran combinadas con traslados en tren. 

Distritos militares del III Reich
 

En este stalag controlado por el ejército germano, permaneció varios meses bajo el estatus de prisionero de guerra en unas duras condiciones, recibiendo un número de prisionero: el 3474. Sabemos que los prisioneros de este campo eran llevados a trabajar en la agricultura, en granjas y en ciertas industrias, y suponemos que Antonio, trabajador del campo como era, debió desempeñar determinadas faenas en la agricultura durante sus meses de cautiverio en este lugar. También sospechamos que quizás pudiera mandar alguna carta a sus familiares, porque ellos tenían constancia de que se encontraba cautivo de los alemanes. En este campo de prisioneros permaneció hasta el día 9 de septiembre de 1941, en el que, junto con otros 39 compañeros más procedentes del mismo stalag y tras dos días de ajetreado viaje en tren, fue llevado a Mauthausen. Entre esos compañeros, casualmente, se encontraba el tebeño Pedro Giménez Ostio. En ese infierno controlado por los nazis de las SS y no por el ejército alemán, le permutaron su nombre por el número 5222, iniciando un camino de explotación, deshumanización y malos tratos que culminaría con su muerte y transformación en cenizas en un breve lapso de tiempo. 


Fragmento del listado de prisioneros del día  11/09/1941,
donde vemos el nombre de Antonio Trigo

Imaginamos que en Mauthausen debió trabajar duramente en su tristemente famosa cantera y realizar otras arduas tareas soportando malos tratos, una alimentación escasa e inadecuada y una nula atención higiénico-sanitaria. Alguna alegría o sorpresa se llevaría cuando en Mauthausen se encontró con otro ardaleño, Juan Rodríguez Naranjo, que se encontraba allí desde enero de 1941. Pensamos que Antonio debió llegar muy debilitado y con la salud bastante quebrada porque poco después, en octubre de ese mismo año, fue transferido al subcampo de Gusen, el “matadero” de españoles, donde le asignaron un nuevo nombre, el 14.032. No iba sólo, junto a él se encontraba también Juan Rodríguez Naranjo. 


Entrada al campo de concentración de Mauthausen 

Prisioneros trabajando en el campo de concentración de Mauthausen

Suponemos que en Gusen también debió trabajar en la cantera y quizás, en los cimientos del famoso molino de triturar piedra, lugar donde no sobrevivió casi ningún español. Según los documentos del campo, Antonio perdió la vida un gélido miércoles, casualmente, 19 de noviembre de 1941. Tenía 21 años. En el registro de defunciones se apuntó la hora de su deceso, las 14:50 horas, y la supuesta causa de la muerte, nefritis, si bien no podemos estar seguros de que sea verdad, dado que en la mayoría de las ocasiones la muerte podía haber sido causada de forma violenta a pesar de que se registrara por alguna enfermedad. El día cinco de ese mismo mes había perecido Juan Rodríguez, que tenía tan sólo cuatro años más que Antonio. 

Entrada al subcampo de Gusen

Poco más de dos meses soportó Antonio Trigo ese infierno antes de ser devorado por el siempre hambriento horno del crematorio y es que en el invierno de 1941 a 1942 perdieron la vida la mayoría de los deportados españoles a Mauthausen y su subcampo de Gusen. En estas fechas las condiciones fueron excepcionalmente duras, con una siniestra combinación de varios factores: frío extremo, malos tratos brutales, intensa explotación laboral y una muy escasa alimentación, que buscaban como objetivo final la eliminación de los prisioneros. Su misma suerte corrieron otros vecinos de su pueblo: Joaquín Cantalejo Sánchez, el ya mencionado Juan Rodríguez Naranjo y Pedro Sánchez Muñoz. Algunos de éstos también llegaron a coincidir en Mauthausen y Gusen con otros de los siete prisioneros del malagueño municipio de Teba, muy cercano a Ardales.


Gráfico que ilustra las muertes de los deportados españoles

La familia de Antonio se enteró de su muerte un día indeterminado de un año impreciso de la década de los años cuarenta, según se esfuerza en recordar su hemano Juan. Al parecer un superviviente del campo de concentración de Mauthausen llegó a la casa familiar a llevar la triste noticia. Su padre, Andrés Trigo, después de tantos años sin saber de él y teniendo constancia de que había caído en manos de los alemanes, no guardaba esperanza alguna de volver a verlo con vida... Todo apunta a que esa persona que informó a la familia del triste final de Antonio fue uno de los supervivientes del vecino pueblo de Teba, Félix Fontalba Fuentes. No es aventurado pensar que los ardaleños y los tebeños que se hallaron en tal infierno acordaran que, si alguno sobrevivía a aquella pesadilla y pudiera alcanzar la tan ansiada libertad, informaría a las familias de la suerte del resto. Y es cierto que el Estado francés, en los años cincuenta, remitió a España los certificados de defunción de miles de deportados, entre ellos el de Antonio Trigo Ortega, para que las familias fueran informadas. En el caso de Antonio, como en el de tantos otros, el gobierno español no comunicó nada a las familias... 

Certificado de defunción de Antonio emitido por las autoridades francesas

Los hermanos de Antonio que viven a día de hoy, Juan y Encarna, no dejan pasar un día sin que su presencia acuda a sus corazones, al igual que sus padres y su hermano José hasta el fin de sus días. Y no han sido los únicos en estos años; Antonio tenía una novia en Ardales y aunque la guerra los separó, ella nunca pudo olvidarlo. A pesar de que acabó emigrando a Barcelona y emprendiendo una nueva vida creando una nueva familia, ella jamás dejó de quererlo y de recordarlo. No perdió el contacto con la familia de Antonio hasta que murió hace pocos años, ya a una edad muy avanzada.





Epílogo
Los grandes olvidados de España


Recuérdalo tú y recuérdalo a otros
cuando asqueados de la bajeza humana,
cuando iracundos de la dureza humana:
Este hombres solo, este acto solo, esta fe sola.
Recuérdalo tú y recuérdalo a otros.


                                                         Luis Cernuda, 1936


En nuestro país, tanto a los españoles que fueron asesinados como a los que sobrevivieron al horror de Mauthausen y otros campos, se les ha negado su lugar en la historia y en la memoria. Durante la Dictadura franquista (por motivos evidentes) y durante la Transición (por motivos también evidentes) fueron completamente postergados y alejados de los libros de historia. Más difícil explicación y ninguna excusa tiene el haberse mantenido su ignorancia durante las cuatro décadas de democracia en España cuando en países como nuestra vecina Francia, su patria de adopción, se les rindió (y se les rinde) numerosos homenajes y se les profesa un gran respeto. Los españoles que sufrieron los campos nazis han sido víctimas dobles, por parte del nazismo y sus aliados y por parte de la historia. El no recordarlos supone volverlos a mandar nuevamente de cabeza al averno de Mauthausen a manos de sus sanguinarios verdugos y torturadores; a sus mortíferas canteras; a los afilados colmillos de los perros guardianes;  a sus gélidas y piojosas yacijas; a sus asfixiantes cámaras de gas; a sus hambrientos crematorios… El no rememorarlos supone condenarlos nuevamente a la más infame de las muertes. 

Aunque muchos miles murieron asesinados en los campos, exterminados por el trabajo, la violencia de la que eran víctimas y las condiciones infrahumanas, fueron decenas los que murieron años más tarde a consecuencia de las fatales secuelas físicas y psicológicas. Muchos fenecieron por las enfermedades que habían adquirido y las secuelas que arrastraban, otros no soportaron el seguir viviendo con esos recuerdos, con esas desgarradoras experiencias y acabaron con sus propias vidas mediante el suicidio. Otros, siete décadas después, todavía siguen padeciendo horripilantes pesadillas en los que los SS o los kapos vienen a buscarlos por las noches, cuando les alcanza el sueño, y sólo encuentran la libertad por las mañanas cuando la luz del amanecer los rescata. El testimonio al respecto que me resulta más espeluznante y extraordinariamente conmovedor es el del cordobés Juan Romero, que rememora una de las veces que los alemanes llevaban a un grupo de judíos para gasearlos: Una vez llegó un convoy de judíos en el que había hombres, mujeres y niños. Era un grupo de más de treinta o cuarenta personas. Pasaron delante de nosotros y una niña, pequeñita, me miró y sonrió… me sonrió un poquito. La pobre niña, ignorante, no sabía a dónde iba. Su cara y su sonrisa la sigo viendo por las noches, cuando me voy a la cama. Nunca he podido olvidar aquello (testimonio de Juan Romero extraído del libro Los últimos españoles de Mauthausen, de Carlos Hernández de Miguel).

Los que llevaron la peor parte fueron los prisioneros soviéticos, que a duras penas lograron salvar sus vidas. Tuvieron una suerte muy negra pues acabaron incluso peor que los españoles. Muchos eran prisioneros de guerra que se habían jugado la vida defendiendo la URSS y que habían aguantado la dureza de los campos nazis. Sus torturadores y carceleros, por comunistas, los habían tratado con especial saña y crueldad. Tras la liberación no les esperaba la ansiada libertad sino un nuevo calvario ya que el camarada Stalin consideraba que los que habían sobrevivido, lo habían hecho por colaborar con los alemanes. De regreso a casa, los condenó a los gulags, los campos de concentración soviéticos, tan duros o más que los de los nazis… de la sartén a las brasas.

Los supervivientes señalan que entre ellos ha existido siempre, aunque sea extraño decirlo, cierto sentimiento de culpabilidad por haber sobrevivido a aquel infierno. Sobre todo cuando echan la vista atrás y recuerdan cuantos inocentes, cuantos amigos y compañeros no lograron contarlo…  Y son muchas las víctimas e incluso historiadores e investigadores que señalan que el horror de los campos podría haberse acortado, que podría haber sobrevivido muchísimas más personas si los aliados hubieran intervenido antes. Son muchas las voces que denuncian que no intervinieron más rápidamente porque apenas si había americanos o ingleses en los campos…

En la actualidad Mauthausen se ha convertido en un museo-memorial que visitan decenas de miles de personas todos los  años donde incluso se puede solicitar información sobre las víctimas. Sin embargo el campo de Gusen fue privatizado hacia los años cincuenta de la pasada centuria y sus instalaciones transformadas en viviendas, granjas, criaderos de champiñones... muy pocas infraestructuras se han conservado, entre ellas el crematorio, gracias a la iniciativa privada de antiguos supervivientes y donaciones varias. 


La entrada a Mauthausen en la actualidad

Hoy día los pocos supervivientes que quedan y sus familias se integran, junto a otras muchas personas, en asociaciones como L´Amicale de Mauthausen (Francia)  y la Amical de Mauthausen y otros campos y de todas las víctimas del nazismo en España (España) que buscan perpetuar el recuerdo y la memoria de las víctimas y de aquellos tristes acontecimientos para que las generaciones venideras lo conozcan y no cometan ni permitan  que se produzcan semejantes horrores. 

Placa que rememoria a los españoles que perdieron la vida en Mauthausen

Los jóvenes han de seguir este combate para evitar que no se produzca esto más. Nunca más. Es la juventud quién tiene que continuar. A nosotros ya nos queda poco. Esquivamos a la muerte en los campos, porque no nos tocaba, pero ya la vemos venir de lejos.
Alejandro Bermejo Mateo (del libro Historia de los 
españoles en la II Guerra Mundial,
de Alfonso Domingo)

 (c) Diego Javier Sánchez Guerra.

jueves, 14 de febrero de 2019

GREGORIO DE SANTISTEBAN, ALFÉREZ Y SARGENTO MAYOR DE LA CIUDAD DE RONDA. MILITAR Y EMPRESARIO: EL PRIMER NEVERO DE LA SIERRA DE LAS NIEVES




En primer lugar y con relación a esta entrada, antes de entrar en materia quiero agradecer la ayuda prestada al profesor universitario y doctor en Historia del Arte, Sergio Ramírez González y al investigador Esteban López García, por sus informaciones e indicaciones. Igualmente quiero agradecer al personal del Archivo de la Real Maestranza de Caballería de Ronda su enorme profesionalidad y la ayuda dispensada en el trabajo que sobre los neveros y el comercio de la nieve estoy realizando en la Sierra de las Nieves.


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Desde hace algunos años vengo preparando un estudio sobre los pozos de nieve y el comercio del hielo en la Sierra de las Nieves y he tenido la oportunidad de hallar en multitud de archivos históricos, viejos libros y crónicas manuscritas, abundantes de datos de interés e incluso interesantes ilustraciones, algunas de ellas completamente inéditas relacionadas con la Sierra de las Nieves. Lo que inicialmente iba a ser una sencilla entrada más para mi blog, finalmente y dado el interés que ha despertado en mí este tema, la abundante bibliografía y material archivístico, así como mi insaciable curiosidad, está tomando poco a poco forma de libro, que aún tardará mucho en ver la luz.

En ese incansable indagar, en esa dedicada labor investigadora en la que he podido perderme por apergaminados y raídos documentos y por los vericuetos de las caligrafías cuasi indescifrables de ciertos escribanos (¡Y nos quejamos de cómo escriben los médicos!), me he encontrado con multitud de anécdotas, curiosidades y ciertos personajes, como el que trata esta entrada: Gregorio de Santisteban, el primer nevero de la Sierra de las Nieves, al menos oficialmente reconocido.

La primera vez que leí su nombre fue en el libro del editor rondeño de ascendencia italiana Juan José Moreti: Historia de la muy noble y muy leal Ciudad de Ronda, publicado en 1860. A pesar de ser un libro en el que se plasma la historia y multitud de aspectos de la ciudad de Ronda, en él tan sólo se recogía una minúscula referencia a la explotación económica de la nieve en una breve nota a pie de página que completaba parte de la descripción del entorno montañoso rondeño:

El terreno de esta encrespada sierra es sumamente escabroso, quebrado y frío, por cuya razón aún en el verano se hallan algunos sitios cubiertos de nieve (1)). La nota a pie de página recoge que:

El primero que tuvo la propiedad de la nieve de esta sierra, lo fue el valeroso soldado natural de Ronda, Gregorio de Santistevan, Alférez y Sargento mayor. Privilejio que obtuvo en pago de sus servicios; y después continuó en su sobrino D. Gaspar Vázquez de Mondragón; hasta que vinieron a ser propios de esta Ciudad.




La referencia de Moreti ha sido empleada por otros investigadores y estudiosos en diversas obras, como es el caso de Rafael Flores Domínguez, uno de los mayores amantes de la Sierra de las Nieves y uno de sus grandes conocedores, que, junto con Andrés Rodríguez González, firma Sierra de las Nieves. Guía del Excursionista, de Editorial La Serranía, un fascinante libro sobre las rutas de la Sierra de las Nieves pero que también incluye su historia, a personajes ilustres, antiguos oficios y labores, leyendas... entre otros muchos datos de interés.

Moreti ya nos informaba hace más de siglo y medio de quién fue la primera persona que tuvo el privilegio de explotar las nieves de la sierra. Una preciosa información porque, a pesar de que no se establezca el marco cronológico, el dato de los nombres de Gregorio de Santisteban y de Gaspar Vázquez de Mondragón que nos traslada este escritor, eran suficientes para seguir la pista de estos personajes en esta apasionante aventura que es la investigación histórica, en esta fabulosa labor de detective del tiempo.




El editor rondeño señalaba a Gaspar Vázquez de Mondragón como sobrino de Gregorio de Santisteban, pero lo cierto es que este personaje no obtendría la licencia para la explotación de las nieves hasta los primeros años del siglo XVII; fue un antecesor suyo, Gaspar de Mondragón, -sobrino del referido Alférez y Sargento Mayor- como aparece en los documentos del siglo XVI, el que tomó el relevo de su tío en lo que a explotación de las nieves se refiere. Es posible que Moreti consultara algunos documentos archivísticos o algunas crónicas anteriores sobre la historia de Ronda donde hallara esos datos. Con esos nombres y apellidos busqué en distintos archivos y no fue difícil encontrar referencias a Gregorio de Santisteban, aunque no demasiado abundantes. De Gaspar de Mondragón poca cosa he encontrado, al contrario que de sus descendientes, los Vázquez Mondragón, importante saga familiar rondeña cuyo palacio es hoy sede del Museode Ronda. Como es natural en cualquier investigación de esta índole, debía contrastar la autenticidad de la información que plasmaba Moreti en su obra, como tuve la suerte de poder hacer. 





Estando en estas mimbres, en el Archivo de la Real Chancillería de Granada tropecé con un documento fechado en el año 1586, el Pleito entre Gaspar de Mondragón, Ronda, con Isabel de Aguilera, sobre la posesión y derecho de encerrar, beneficiar y vender la nieve de dicha ciudad de Ronda, y que el Concejo de Tolox no vendiese nieve de Sierra Blanquilla por estar dentro del término de Ronda





Se trata de un extenso documento de más de 400 páginas manuscritas compuesto por diferentes informes, autos... de manos de múltiples escribanos, cada uno con su propia y particular caligrafía, lo que ha exigido una labor de atención máxima tratar de poder leerlos. Entre la jugosa información que nos proporciona este grueso expediente, aparece un documento donde se hace referencia al primer concesionario de la explotación de las nieves en lo que ahora es la Sierra de las Nieves. Lo presenta como alegación Gaspar de Mondragón ante la intención de Isabel de Aguilera de beneficiar la nieve del término de Tolox. En él se señala que fue el militar Gregorio de Santisteban, con grado de Alférez y Sargento Mayor, quién obtuvo en 1565 los derechos de explotación de la nieve del término de Ronda y dos leguas a su alrededor, así como permiso para construir algunas casas en que se pudiese conservar la nieve. Este personaje había observado que nadie se ocupaba de recoger, encerrar y vender la nieve de las sierras, por lo que solicitó al monarca Felipe II la autorización para su aprovechamiento durante 15 años, cosa que obtuvo a través de una Real Cédula el referido año de 1565. Más tarde y tras su muerte, su sobrino Gaspar de Mondragón obtendría los mismos derechos de explotación que su tío, entrando en conflicto con los aprovechamientos de la nieve que en el término de Tolox se venían haciendo y que dieron lugar al mencionado litigio y a otros posteriores. En ese documento, entre otros muchos datos de interés, se recoge que:

El Rey por cuanto habiéndonos hecho relación por parte de Gregorio de Santisteban, mío Alférez de la ciudad de Ronda, que algunos años acaecía nevar en aquella ciudad y que la nieve que ansí caía ninguna persona la había acostumbrado a guardar y suplicándonos que porque quería edificar algunas casas en que se pudiese conservar para que se aprovechasen de ella en verano los que quisiesen de que se (ilegible) a beneficio a la dicha ciudad y a los demás de la comarca, le diésemos licencia para que él y no otras personas por algún tiempo pudiese guardar la dicha nieve y venderla a la dicha ciudad y su tierra y dos leguas alrededor. Por una mía cédula firmada de mi mano fecha en Madrid a seis de marzo del año pasado de mil y quinientos y sesenta y cinco le dimos la dicha licencia por tiempo y espacio de quince años, con que si alguna la quisiese guardar y beneficiar para su casa, lo pudiese hacer…




En este pleito hallamos la referencia más antigua que tenemos sobre la explotación y aprovechamiento de la nieve en la sierra de las Nieves; se habla de encerrar, beneficiar y vender la nieve, por lo que el negocio de la nieve ya estaba estructurado, organizados los procesos de acopio, almacenaje, distribución y venta y, por supuesto, sometido al control y gravámenes fiscales de las autoridades. Además, como señala el documento, esa nieve era para su aprovechamiento en los meses estivales, ...para que se aprovechasen de ella en verano..., durante los meses de más calor y para combatir los rigores del estío. También se habla de las primeras estructuras para almacenar y conservar la nieve, las casas para el encierro de la nieve; se trata de los primeros pozos de nieve de la Sierra de las Nieves, o ventisqueros, más correctamente dicho porque esa es su tipología, que se construyeron en la jurisdicción de Ronda en una fecha tan temprana como 1565, época en la que todavía la mayor parte de la población era morisca.

Teniendo presente el documento citado, estamos en posición de afirmar que es en la Sierra de las Nieves el primer lugar del territorio malagueño -y de gran parte de Andalucía, a excepción de Granada- donde comenzó la explotación comercial de la nieve, siendo su promotor el militar Gregorio de Santisteban.

Y no sólo de la nieve se habla en ese documento. En él también se recoge una de las más antiguas referencias de cómo los castellanos denominaban a la sierra de las Nieves: sierra Blanquilla, a diferencia de cómo la llamaban los andalusíes, sierra Pynerla o sierra de Xenar, según recoge el Libro de Apeo de Tolox de 1572. Efectivamente, esta denominación aparece en otros documentos y en otras fuentes de la época, como en la Historia del rebelión y castigo de los moriscos del reino de Granada, obra del cronista Luis del Mármol Carvajal publicada en 1600, que compuso a raíz de la rebelión de los moriscos de 1570. En esta obra describe brevemente nuestra sierra destacando su notable altura, comparándola con Sierra Nevada, y haciendo constar los tres ríos principales que nacen en ella, el Grande, el Verde y el Turón:

Tomando pues a la parte de levante de Ronda, donde llaman la Jarquía, encima de la villa de Tolox, que es de la joya de Málaga, cuatro leguas de la mar, está Sierra Blanquilla, más alta que otra del reino de Granada, fuera de la Sierra Nevada; en la cual están las fuentes de tres ríos. El uno es Río Verde (...) El otro llaman Río Grande, sale entre Tolox y Yunquera (...) El tercero río, que baja de Sierra Blanquilla, nace a la parte del Burgo; y pasando junto a la villa, va al castillo de Turón, fortaleza importante cuando la tierra estaba por los moros...

Sobre los diferentes nombres que ha tenido la Sierra de las Nieves, ya hemos tratado en este blog.




Pero ¿Quién era Gregorio de Santisteban? ¿Quién era este escurridizo personaje del que ha sido harto complicado hallar más información en los archivos? ¿De dónde sacó la idea del aprovechamiento comercial de la nieve? ¿Es posible que su periplo como militar en diferentes destinos le llevara a conocer otros lugares de España y Europa donde se aprovechaba este blanco meteoro y quiso sacar provecho? Gracias a un documento que obra en el Archivo de la Real Maestranza de Caballería de Ronda podemos conocer un poco más sobre la vida de este singular y emprendedor personaje e indagar más sobre su entorno familiar. Se trata del traslado de un testamento suyo fechado el día tres de enero de 1564 y realizado en Bruselas.




Nos encontramos ante un documento sumamente interesante donde hallamos numerosos apellidos de las familias rondeñas más notables y distinguidas que llegaron a ocupar numerosos cargos públicos como el de regidor o el de escribano: Mondragón, Vázquez, Treviño, Suero, Ahumada, Morejón... con los que Gregorio de Santisteban estaba directa o indirectamente emparentado. En su testamento incluso hace mención a Álvaro de Bazán, el famoso regidor de la ciudad de Marbella que dio nombre a un hospital en esa localidad, con el que al parecer mantenía un pleito.

No sabemos en qué fecha nació, pero debió de ser a principios del siglo XVI, y que lo hizo en Ronda, como refiere en su testamento:
Ytem Mando que este mi testamento se ynbie a Hespaña, a la Çiudad de Ronda porque se cumpla en la dha Çiudad donde soi natural...

Era militar de oficio con cargo de Alférez y Sargento Mayor, seguramente siguiendo con la tradición familiar dado que descendía de familias rondeñas muy acomodadas y muy favorecidas en el reparto de la ciudad y sus tierras tras su conquista por parte de los castellanos.

Por parte de madre era nieto de Alonso de Treviño (pudiera ser que fuera descendiente de Silvestre de Treviño, personaje que aparece en la documentación castellana sobre el repartimiento de la ciudad de Ronda), personaje que pertenecía a una de las familias nobles al parecer procedentes de Ciudad Real y que había participado en la conquista de Ronda significándose en la toma de la ciudad; la hermana de éste, Doña Mayor de Torres y Treviño, había contraído nupcias con un noble cacereño, Benito Pérez Moñino y Ovando, que había destacado en la conquista de la ciudad, por lo que en recompensa recibió propiedades y haciendas tanto en la ciudad del tajo como en sus tierras. Alonso de Treviño había tenido varios hijos, a saber, Juana de Treviño, madre de Gregorio de Santisteban; María de Treviño, casada con un tal Juan de Espinosa; Francisca de Treviño, que acabó como monja en el convento de Santa Isabel; Antonio de Treviño, que fue beneficiado de varias iglesias; y Catalina de Treviño, que acabó casándose con Luis de Oropesa (viudo de María Morales), que fue regidor de Ronda.

El matrimonio de Luis de Oropesa y Catalina de Treviño, tíos de Gregorio de Santisteban, estaba muy bien situado social y económicamente, pues además de pertenecer a familias notables de Ronda, habían recibido en herencia diversas propiedades (tierras, haciendas, viviendas...) fruto del repartimiento de la ciudad de Ronda tras la conquista castellana, disfrutando asimismo de numerosas rentas y censos. En los terrenos que ocupaban las viviendas propiedad del matrimonio que se encontraban en lo que es hoy la plaza de la Duquesa de Parcent, junto a otros colindantes que fueron adquiriendo, fundaron hacia 1540 un monasterio para la Orden de Santa Clara con el título de Santa Isabel de los Ángeles, ubicado junto a la Colegiata de Santa María la Mayor y muy próximo al Ayuntamiento de Ronda. En los terrenos donde se levantó el convento, en época musulmana, está documentada la existencia de una cárcel para prisioneros cristianos y una gran alberca o aljibe de agua para el abastecimiento urbano. En el cenobio creado por este matrimonio, que no tuvo descendencia, ingresó una hermana de Gregorio, Leonor de Santisteban y, años más tarde, lo haría la misma Catalina de Treviño tras la muerte de su marido, acaecida en 1547. Este matrimonio, que exigió ser enterrado en la capilla mayor de la iglesia conventual con el hábito de San Francisco de Asís, como era costumbre en la época, no sólo aportó los terrenos y caudales para la erección del convento, también le asignaron numerosos censos y rentas además de proveerlo de diversos bienes muebles.

Por línea paterna sabemos que Gregorio de Santisteban era hijo de Pedro de Santisteban y que tuvo varios hermanos, dos de ellos, Pedro y Diego, fallecidos antes de la redacción del testamento, y al menos dos hermanas, Leonor e Inés. Sus ascendentes fueron también personajes destacados en la conquista de la ciudad de Ronda, pero mucho más complicados de rastrear que la familia Treviño.




El testamento de Gregorio de Santisteban se redacta en los primeros días de 1654 en Bruselas (Flandes), donde se encontraba acuartelado con el grado de Alférez y Capitán de Caballeros de su Majestad en un momento político extremadamente delicado y a punto de estallar la Guerra de los 80 Años. Como testigos del mismo aparecen una serie de personajes, como el Capitán Alonso de Navarrete, que nos pone sobre la pista de la trayectoria militar de Gregorio. Hemos encontrado cierta información de un Alonso de Navarrete natural de Baeza, pero no podemos afirmar que sea la misma persona. Este Navarrete estuvo integrado en el Tercio Viejo de Sicilia, uno de los primeros tercios que se conformaron en una fecha tan temprana como 1534, por orden de Carlos I. Este tercio se componía inicialmente de 12 compañías (de 150 a 200 hombres cada una), integradas por arcabuceros, coseletes y picas. Dos años más tarde, en 1536, se completa su organización al aumentar sus efectivos en 300 hombres por Compañía, siendo dirigida por un Maestre de Campo. Todo apunta a que este personaje se formó militarmente en Orán y en 1544 ya se encontraba en Flandes como capitán de una compañía en el Tercio Viejo de Sicilia. Algunas fuentes sitúan a Alonso de Navarrete como Maestre de Campo del Tercio de Saboya años después, en la batalla de San Quintín (1557), en la que este tercio destacó notablemente en el choque bélico. Ese es el ambiente militar, en pleno cénit de la expansión imperial española cuando toda Europa temblaba al paso de los temibles tercios, que vive Gregorio de Santisteban, que pudo haber participado en algunas de las más señaladas batallas europeas de la época de Felipe II formando parte de alguno de los tercios españoles.

Otros de los testigos que aparecen en el testamento fueron el Licenciado Matheo de Dueñas, capellán Real en el hospital de Malinas, en Bélgica (entre Amberes y Bruselas) y el Alférez Juan Álvarez de Soto. Da fe del documento el escribano real, Juan Luis Venegas de Figueroa.

En el testamento no se menciona en qué unidad estaba encuadrado Gregorio de Santisteban, lo que habría sido de una gran ayuda para este estudio. no obstante, sí que se menciona su grado en el momento en que hace el testamento: Capitán de Caballos de su Majestad. Sin embargo, en Ronda, aparece como Alférez y Sargento Mayor, por lo que es posible que se licenciara en Flandes y recibiera ciertos ascensos.

Siguiendo con el análisis del testamento, de él extraemos que Gregorio de Santisteban no tenía hijos ya que en ningún momento lo menciona. Tampoco sabemos si era viudo y había tenido descendientes que después habían fallecido. Es por ello que Gregorio testa en sus hermanas Inés y Leonor principalmente, así como en numerosos familiares, la mayoría sobrinos y sobrinas, entre los que se encontraba García Benítez de Xerez, un primo segundo que estaba casado con Gaspara de Mondragón; ambos, según menciona el testamento, tenían un hijo llamado Juan de Mondragón. Pero el nombre de Gaspar de Mondragón no aparece por ningún lado en el documento.

Es posible que este no fuera el último testamento que realizara Gregorio de Santisteban, aunque sí que no fue el único dado que en este documento se recoge que ya hizo uno en Gibraltar unos veinte años antes y que quedaba invalidado con el nuevo documento. No sabemos en que fecha concreta nació ni en cual murió, pero su fallecimiento debió acaecer entre 1565 y 1585, data esta última en la que su sobrino ya detentaba los derechos de explotación de las nieves rondeñas. Gregorio pudo ser enterrado, al igual que algunos de sus parientes y familiares, en el interior del convento de Santa Isabel de Ronda que fundaran sus tíos. Es lo más probable.

Tampoco conocemos casi nada del negocio que tenía organizado Gregorio de Santisteban en torno al aprovechamiento de la nieve, pero es muy posible que ya estuviera organizada como ha venido siendo tradicional hasta su total desaparición en las primeras décadas del siglo XX: con un capataz y un manijero que dirigieran los trabajos, con peones que acercaran la nieve a los pozos, paleros que la introdujeran dentro mediante palas y pisoneros que hicieran las labores de compresión de la nieve para su transformación en hielo con los pisones. Más tarde, cuando se abrieran los pozos, entrarían en juego los arrieros, que llevarían el hielo a los destinos convenidos, donde se emplearía por médicos para combatir contusiones y enfermedades, y por botilleros y heladeros para hacer refrestos y helados, respectivamente. 





Y aunque tampoco sabemos adónde era llevada en esos primeros momentos, inferimos que es posible que la que recogiese tuviera como destino, principalmente, la que por aquellos tiempos era una populosa y poderosa urbe: Sevilla, sin que podamos descartar otras poblaciones destinatarias. Aunque no será hasta la siguiente centuria en que se generalice el uso de la nieve en la capital hispalense, en el siglo XVI su consumo era habitual entre las capas más acomodadas de la sociedad sevillana. El médico sevillano Monardes, en su Libro que trata de la nieve, y de sus propiedades: y del modo que se ha de tener, en el bever enfriado co ella: y de los otros modos que ay de enfriar, publicado en 1571, indicaba que la nieve:
 …que se trae a esta ciudad (Sevilla) la traen en paja, porque la conserva más que otra cosa y se derrite menos...

Sin embargo, Monardes no indica la procedencia de la misma. Por las fechas bien pudiera tratarse de la que procedía de la Sierra de las Nieves, pero a Sevilla también llegaba la de Sierra Nevada y Sierra Mágina, al menos en el XVII, así como la procedente de los sevillanos pozos de Constantina desde mediados de esa centuria.

Como he tenido oportunidad de comprobar, a pesar de que el negocio empieza en tierras rondeñas en 1565, al menos oficialmente, muy rápidamente la actividad se contagiaría a las tierras de Tolox, Yunquera e incluso El Burgo. En estas localidades no tenemos claro cuando empezó la explotación; en Tolox sabemos que ya había actividad a finales del siglo XVI por el pleito anteriormente citado y, mientras que en Yunquera los primeros datos aparecen a principios del XVII, la sorpresa nos la ha deparado el municipio de El Burgo, donde hemos encontrado algunas referencias a la explotación de la nieve en sus tierras en determinados documentos donde se cita expresamente la existencia de arrimadizos (acumulaciones de nieve artificiales) en el siglo XVIII, testimonios en ciertos archivos donde se solicita proveerse de la nieve de El Burgo también en esa misma centuria. Sin embargo, hacia fines del siglo XVI tenemos una referencia indirecta a la explotación de la nieve en El Burgo bastante curiosa, que la hallamos en una relación de procesados del Santo Oficio, de la Inquisición, en la que se recoge lo siguiente:

Diego Bueno, de 19 años de edad, nevero, vecino de El Burgo. Blasfemia, absuelto. 1594

Menuda suerte la de mi tocayo, tan blasfemo y maldicente como el que estas letras escribe, de haberse librado de los rigores de la Santa Inquisición… Lo bueno que nos proporciona esta breve información, recogida por Joaquín Gil Sanjuán y María Isabel Pérez de Colosía Rodríguez en la revista Jábega nº 38 de 1982, es que este burgueño ya a finales del siglo XVI, trabajaba en el negocio de la nieve. Por tanto, estamos en posición de afirmar que no sólo en los términos de Ronda, Tolox y Yunquera se llevó a cabo el trabajo de recogida y encierro de la nieve, sino también en El Burgo, aunque en mucha menor medida.

Otra cuestión más que es de una notable importancia es que antes de la iniciativa de Gregorio de Santisteban nadie se había ocupado de explotar comercialmente la nieve de la Sierra de las Nieves, tal y como se afirma en la documentación:

que algunos años acaecía nevar en aquella ciudad y que la nieve que ansí caía ninguna persona la había acostumbrado a guardar…

Por tanto, este emprendedor alférez hubo de buscar gente de no sabemos qué lugares que conocieran el oficio y que supieran construir pozos de nieve, pero no cualesquiera, sino aquellos que mejor se adaptaban a las condiciones climáticas, altitudinales y orogénicas del lugar: los ventisqueros, pozos de escasa profundidad (alrededor de dos metros) y de un diámetro variable, pero que ronda los 8 – 11 metros, sin cubierta, a diferencia de otros como los de Grazalema, más profundos y dotados de cubierta. La tecnología, los conocimientos técnicos para la construcción de los pozos, las herramientas, los procesos de trabajo… hubieron de ser forzosamente importados, pero lo cierto es que no sabemos desde donde. 



Tras la muerte de Gregorio de Santisteban los derechos de explotación de las nieves de Ronda y dos leguas alrededor, continuarían en su sobrino Gaspar de Mondragón y los descendientes de éste hasta que hacia 1631 esos derechos los adquiriera como propios la ciudad de Ronda en detrimento de esta poderosa familia, que no se quedó de brazos cruzados e intentó recuperarlos en muchas ocasiones, pero siempre infructuosamente. Una anécdota que he encontrado y he leído con gracia es aquella en que la ciudad de Ronda no encontraba escribano ni alguacil que se atreviera a notificar por escrito a Gaspar Vázquez de Mondragón, hombre muy poderoso, que se le retiraban los derechos para explotar la nieve por miedo a posibles represalias.

La concesión de las nieves de dos leguas alrededor de la ciudad del tajo trajo también graves consecuencias a lo largo de los siglos con las villas vecinas de Tolox y Yunquera (perteneciente a la poderosa ciudad de Málaga desde mediados del siglo XVII hasta los primeros lustros del siglo XIX) puesto que éstas también construyeron pozos para explotar la nieve de sus jurisdicciones, la que Ronda reclamaba como propia mostrando la Real Cédula de Felipe II. Además, desde la conquista feudal castellana a finales del siglo XV, en el reparto de las tierras no había quedado muy claro cuales eran las lindes entre las distintas poblaciones, lo que supuso un factor más de enfrentamientos. Esta circunstancia daría lugar a multitud de litigios entre estas villas, especialmente entre Ronda y Málaga, que generaría una abultadísima documentación archivística gracias a la cual no sólo conocemos la historia de los pozos de nieve, de su comercio, de sus trabajadores... también tenemos datos directos e indirectos sobre los paisajes de la Sierra de las Nieves y las gentes que explotaban sus múltiples recursos, sobre el impacto de las múltiples actividades económicas (ganadería, elaboración de carbón, obtención de leña, encierro de nieve...) sobre una diversa e interesante microtoponimia, sobre algunos de los nombres de algunos neveros, arrieros, capataces de la nieve y guardas de campo; incluso nos ofrece pistas para seguir el cambio climático durante la denominada Pequeña Edad del Hielo... en definitiva, sobre la historia de un espacio que ha estado en estrecha e íntima relación con los seres humanos desde hace miles de años.

En un futuro, y espero que no muy lejano, espero tropezarme nuevamente con este singular personaje a la vuelta de algún pliego o documento manuscrito acartonado por el paso de los siglos, raído por el tiempo, aguardando pacientemente durante cientos de años en alguno de los muchos archivos a ser rescatado de la oscura noche del olvido. Y espero, también, que la esperada y ansiada declaración del Parque Nacional Sierra de las Nieves, sirva para poner de relevanda la trayectoria histórica y el patrimonio cultural de un espacio natural tan sumamente singular como es la Sierra de las Nieves, una historia y un patrimonio, como no me cansaré de decir, tan fabulosos como desconocidos.

                                                                               (C) Diego Javier Sánchez Guerra.