domingo, 11 de septiembre de 2016

BANCALES Y ATERRAZAMIENTOS EN LOS PAISAJES AGRÍCOLAS DE LA SIERRA DE LAS NIEVES




La adaptación y transformación del medio natural por el ser humano para satisfacer sus necesidades es asombrosa. Además de la acción de los agentes naturales que dan forma a los paisajes, como la lluvia, la nieve, el viento… hemos de sumar el papel que ejerce el ser humano a lo largo del tiempo como escultor, como modelador último de los mismos según sus necesidades, dotándoles de paso de memoria y de un profundo acervo cultural. 




En una región tan áspera y montañosa como es la Reserva de la Biosfera de la Sierra de las Nieves, la creación de espacio cultivable ha generado numerosos paisajes rurales abancalados, aterrazados, tanto para albergar cultivos de secano como para los de regadío. En el segundo de los casos, además de para ganar espacio cultivable, también para conducir el agua a las parcelas con la ayuda de la fuerza de la gravedad y para mover los molinos harineros, muchos de los cuales se convertirían transitoriamente en estaciones de generación eléctrica. En el primero, para ganarle al terruño, a las laderas y pie de montes de esta escarpadas y poco fértiles tierras, superficie cultivable suficiente para ganarse la vida, para proveer de un mínimo sustento a las familias campesinas, es donde campan mayormente olivos y almendros.






De este modo y desde tiempos remotos se ha modelado cerros, laderas, colinas… construyendo bancales a mano de una forma dura, laboriosa pero sencilla y efectiva: a base de colocar rocas a hueso, trabadas sin argamasa, pero no al azar sino de una forma atentamente estudiada para crear el máximo de superficie cultivable sujetando el terreno. Mediante esta sencilla pero ardua técnica los campesinos y campesinas de estas tierras han logrado engañar el hambre y ganarse humildemente la vida durante generaciones. De esta manera los primeros plantones tuvieron un espacio donde crecer y echar sus raíces, unas raíces que se sumergieron abrazando las entrañas de la tierra, aferrándose a ella y sujetándola, evitando que se desgranase y que se perdiese por efecto de los agentes erosivos.






El aspecto escalonado y característico de muchos de los paisajes de este paraíso que cada vez está más cerca de adquirir su declaración como Parque Nacional, no sólo ha combatido resueltamente la erosión provocada por un régimen de lluvias mediterráneo de carácter normalmente torrencial, sino que nos ha legado todo una gran obra cultural colectiva, unos paisajes culturales en los que confluyen tradiciones, antiguos saberes, oficios tradicionales, memoria, historia, diferentes cultivos que se suman a la biodiversidad de estos entornos… toda una liturgia del espacio agrícola de extraordinario valor y belleza. 




En ellos, como se ha señalado, se han aplicado ancestrales técnicas constructivas como la de los bancales; técnicas y trabajos específicos de laboreo y arado de la tierra para que la oxigenen y eviten su erosión; técnicas de injerto y poda de los árboles para favorecer los brotes nuevos y mejorar la productividad; quema de ramones in situ para limpiar el espacio cultivable y beneficiar a la tierra; aprovechamiento de esos ramones para hacer picón al objeto de calentar la casa con copas o braseros, o para la elaboración de carbón vegetal con la misma finalidad; aprovechamiento(¡¿Cómo no?!), de los frutos, especialmente de aceitunas (que aliñadas o transformadas en aceite forman parte de nuestra gastronomía desde hace milenios), por ser el olivo el cultivo más desarrollado (aunque anteriormente y durante muchos siglos, lo fuera la vid) mediante el vareo y la recogida, normalmente de carácter familiar, y que fomentaba otro de los valores culturales más destacados del mundo rural: la gastronomía, pues en las largas jornadas agrícolas las sopas de pan, primordialmente, ayudaban a engañar el hambre (sopas de pan que hoy día son la bases de importantes fiestas gastronómicas: la burgueña Sopa de los Siete Ramales, la mondeña Sopa Poncima o las Sopas Perotas en Álora); la introducción de cultivos y el abandono de otros, como ocurrió con la vid, transformó la epidermis de estos paisajes, su aspecto visual, las técnicas de trabajo y laboreo…








Pero el peor momento de nuestros paisajes agrícolas se ha vivido en  las últimas décadas con el abandono de muchas de las explotaciones agrarias por su escasa o nula rentabilidad. La difícil mecanización de los procesos productivos en una tierra tan abrupta como ésta y la introducción de otros productos procedentes de otros países merced a la pertenencia al mercado de la UE, entre otras cosas, están detrás de esa bajada de rentabilidad y abandono paulatino. Tampoco ayuda que mucha de las propiedades sean de pequeñas dimensiones. Ya en los años 60 del siglo XX se empezó a acusar ese abandono: los agricultores cambiaron los azadones por el palustre en la construcción o la bandeja en un chiringuito de la emergente Costa del Sol mientras otros muchos buscaron fortuna en algunos países de Europa como Francia o Alemania, cuyas industrias y economías despegaban fuertemente tras la ralentización producida en la posguerra mundial. Miles de años de tradición agrícola ahogados por los intereses económicos supranacionales…



Cuando miramos a este pequeño cosmos agrícola construido por hombres y mujeres que es la Sierra de las Nieves nos encontramos unos paisajes dotados no sólo de unos fuertes valores patrimoniales, culturales, etnográficos y antropológicos, sino también dotados de una potente memoria campesina y sublimados por una poderosa carga emocional y sentimental si te has criado en ellos, si has trabajado en ellos, si te has ganado la vida en ellos, si has convivido con ellos… Tengamos presente esto cuando practiquemos senderismo, cuando paseemos por el campo o cuando vayamos a trabajar en él… porque estamos ante una de las mayores señas de identidad de estos paisajes agrícolas.

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